David Gistau

“Él solo quería provocar, dar caña, cabrear al lector, joderle la hora del desayuno”.

Pedro Salinas
19 Feb 2020 | 7:23 h

“Temo morir. Pero más que morir, morir prematuramente. Y sobre todo, morir demasiado pronto para mis hijos”, comentó el periodista español David Gistau en una entrevista que vi hace poco en Youtube. Y nada. La mayor inquietud de Gistau se volvió realidad. El periodista madrileño falleció a los 49 años de una lesión cerebral de la cual no se pudo recuperar.

Alguna vez intercambiamos correos, ya no me acuerdo sobre qué, la verdad. Fue hacia finales de los noventas, cuando escribía en La Razón, diario que seguía por internet para leer a Tomás Cuesta, Alfonso Ussía, Luis María Anson, y a él. En particular a él. Gistau, más que un columnista irreverente era un francotirador. De pluma beligerante y aguerrida y divertida a la vez.

“Para ser columnista es necesaria cierta maldad, sí, hay que ser un poco cabrón, porque los biempensantes no son divertidos, la bondad es muy aburrida”, declaró en otro sitio.

Gistau no pretendía gustar a todos. En realidad, creo que a nadie. Él solo quería provocar, dar caña, cabrear al lector, joderle la hora del desayuno, zurrar a los políticos mediocres y demagogos. Y en cada una de sus columnas se esforzaba por lanzar al aire alguna frase relampagueante, como el aventador de cuchillos del circo.

Era, además, un disciplinado consumidor de articulistas de estirpe. Francisco Umbral. Eduardo Haro. Manuel Vicent. Antonio Burgos. Rosa Montero. Martín Prieto. Félix de Azúa. Arcadi Espada. Entre otros. Y siempre volvía al maestro César González-Ruano.

Después de La Razón emigró a El Mundo, y luego simplemente le perdí el rastro. Hasta que, de casualidad, me entero súbitamente por mi amigo Pablo Vásquez que Gistau se fue antes de cumplir los cincuenta años. Y por sus obituarios supe lo que hizo luego. Radio. Televisión. Escribir varios libros. Como A que no hay huevos, su primera publicación, que fue una novela que lanzó en el 2004, y que tengo acá, al lado de mi computadora, acompañándome como un fetiche al momento de escribir estas líneas de despedida a un periodista que se ha ido demasiado pronto, y al que le correspondería uno de esos formidables funerales vikingos, como una manera de rendirle homenaje al periodista de barba profética, aficionado al box, al fútbol y a la polémica. Adiós, Gistau.

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