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Aún guardan las marcas del horror de Auschwitz

1. Sobreviven. Szmul Icek, Malka Zaken, Shmuel Blumenfeld; abajo: Saul Oren, Batcheva Dagan y Menahem Haberman.
1. Sobreviven. Szmul Icek, Malka Zaken, Shmuel Blumenfeld; abajo: Saul Oren, Batcheva Dagan y Menahem Haberman.

Holocausto. Tres cuartos de siglo después de la liberación, los últimos supervivientes viven, pese a su edad, con la marca física y mental de su número de prisionero tatuado en el antebrazo.

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AFP

Unos doscientos exprisioneros del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, símbolo del Holocausto judío, se darán cita mañana en el mayor centro de la muerte creado por los nazis alemanes durante la Segunda Guerra Mundial para celebrar el 75 aniversario de su liberación.

El exterminio de los judíos por el régimen nazi comenzó en 1939 y se recrudeció en el verano de 1941 con la invasión de la URSS y después la creación de campos de exterminio, que causaron seis millones de muertes, un millón de los cuales eran judíos. Las otras víctimas fueron sobre todo polacos no judíos, gitanos y prisioneros soviéticos.

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El campo de Auschwitz, situado en la ciudad polaca de Oswiecim, 50 km al oeste de Cracovia (sur), construido a partir de 1941, se convirtió a partir de 1942 en el principal lugar de exterminio de judíos en el marco de la “solución final” nazi.

Los judíos, que llegaban a Auschwitz en trenes de vagones de animales, eran dirigidos en su mayor parte a las cámaras de gas tras una “selección” que se llevaba a cabo en la rampa de entrada donde se reservaba el derecho a seguir con vida provisionalmente a quienes tenían las condiciones físicas para trabajar como esclavos.

Libertad y venganza

El 27 de enero de 1945, 7.500 prisioneros que quedaban todavía en el campo fueron liberados por el Ejército Rojo.

Antes de escapar, los nazis se encargaron de destruir su siniestra fábrica y varios edificios de ese complejo de 42 km² que incluía tres campos y que fue, en parte, construido por los propios prisioneros.

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Desde 1947 este lugar, símbolo de la máxima barbarie humana, está clasificado como monumento nacional polaco, alberga un museo –Auschwitz-Birkenau–, gestionado por un comité internacional y en 1979 fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Testigos del horror

Durante estas últimas semanas, se recogió el testimonio de una decena de supervivientes del más conocido de los campos nazis de exterminio.

Cuando su mirada se posa en las fotos de sus padres y sus hermanas asesinados por los nazis, Szmul Icek siente un escalofrío. Su cuerpo tiembla, sus ojos se humedecen, 75 años después de haber escapado del infierno de Auschwitz.

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Tres cuartos de siglo después de la liberación de ese lugar del horror, los últimos supervivientes viven, pese a su avanzada edad, con la marca física y mental de su número de prisionero tatuado en el antebrazo izquierdo. Con los años, la tinta ha ido perdiendo color, la piel está arrugada, los tatuajes se camuflan entre los pliegues del tiempo, al igual que la memoria colectiva del Holocausto del que son los últimos testigos, las últimas voces de un infierno que pone en duda alguna retórica antisemita.

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Algunos supervivientes han aprendido su historia de memoria para convertirse en la imagen viva, multiplicando las conferencias y los viajes a los lugares del genocidio. Sin inmutarse cuentan la historia del Holocausto con todo detalle, su propia historia.

Otros están tan deteriorados que ya no tienen fuerzas para hablar; a algunos el Alzheimer les ha borrado la memoria; y otros todavía recuerdan pero nunca quisieron estar bajo la luz de los proyectores, y vivieron incluso con “vergüenza” el haber sido víctimas de Hitler.

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Szmul Icek, después de haber escondido su tatuaje de Auschwitz toda su vida, disimulado bajo las mangas largas de las camisas ha empezado a mostrarlo estos últimos años.

“Era como si fuera vergonzoso... Le dije: ‘tú estuviste en un campo, debes estar contento de haber vuelto’”, dice Sonia, su esposa, que también tuvo que esconderse durante la guerra, para no ser llevada a los campos de la muerte.

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Al lado de su esposa, Szmul consigue pronunciar dos palabras antes de empezar a llorar: “he ganado”.”Él perdió a sus hermanas, a sus padres. Hemos instruido a nuestros nietos para que comprendan lo que ocurrió”, dice ella. Además, para que el mundo entienda y que no se repita.