Descubre que osos le robaban su miel y decide ‘contratarlos’ como catadores [VIDEO]

18 Nov 2019 | 8:06 h
La variedad Anzer, una famosa miel de Turquía, pudo ser vendida gracias a los osos en más 275 euros el kilo.

Un ingenioso apicultor decidió aprovechar el refinado paladar de sus peludos visitantes y ahora tiene una de las granjas más prósperas de Turquía.

Turquía. Luego de incansables intentos por desalentar a un grupo de osos de siempre robar su miel, un apicultor optó por poner en práctica el lema “si no puedes con el enemigo, úneteles” y decidió aprovechar su insaciable paladar para convertirlos en sus catadores oficiales.

Ibrahim Sedef, un ingenioso apicultor turco, llegó un día a la conclusión que poner innumerables trampas o incluso cuencos con frutos para detener a los grandes mamíferos no tenía sentido, pues en el proceso podía hasta perjudicar el trabajo de sus abejas obreras.

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Fue en ese momento que decidió convertir su desventura en una oportunidad de negocios y pactar la paz con los pillos animales, a fin de aprovechar el excelente gusto que les proveyó la naturaleza para promocionar sus productos.

Para tal efecto, Ibrahim Sedef montó un peculiar sistema de cámaras con visión nocturna que le permitiera vislumbrar cuál de las cuatro muestras de miel que siempre dejaba sobre una mesa elegían los osos.

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Con la publicación de las imágenes el pequeño productor podía entonces demostrar a toda su clientela que los plantígrados tenían un gusto exquisito para distinguir entre la miel más cara y las demás. Tanto era así que por ejemplo dejaban de lado la miel de cerezo más barata.

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La singular publicidad gastronómica sentenció entonces que la variedad Anzer, una famosa miel de Turquía procedente de la llanura del mismo nombre en la provincia de Rize, era la favorita de los peludos visitantes y tenía el derecho de ser vendida por más 275 euros el kilo.

Desde luego, los clientes pagaron encantados y siempre que lo visitaban pedían revisar las imágenes de las cámaras de seguridad como garantía de su compra. Y es que, ¿Quién podría saber más que la propia madre naturaleza?

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