Camaradas en la frontera

Mirko Lauer
16 Aug. 2019 | 07:08h

Luego de casi tres meses de protestas en las calles, Beijing ha empezado a mover tropas en dirección de Hong Kong. Por el momento la represión es por cortesía de la policía local, y nadie está pronosticando una incursión armada, todavía. Pero el mensaje a su “región administrativa especial” es claro: si la agitación sigue, las cosas se van a endurecer.

En lo sustantivo la protesta es contra el punto al cual ha llegado la creciente presión autoritaria de Beijing en la colonia inglesa recuperada en 1997, y mantenida como una zona de liberalismo occidentalizado, con una autonomía limitada. No es la primera vez que la población pone a prueba los límites de esa soberanía.

El Hong Kong que regresó fue bienvenido como un refuerzo de los planes capitalistas de China. El enclave fue desde entonces para Beijing un importante socio económico y financiero, y una de sus mejores puertas hacia el resto del mundo. Dos decenios de crecimiento han cambiado las cosas, y China se siente cada vez más libre de las hipotecas originales del traspaso.

En efecto, el cambio ha sido drástico. En 1993 el PBI de Hong Kong equivalía al 27% del de China; en el 2017 se había reducido a menos del 3%. Sin embargo, los analistas coinciden en que un avasallamiento de Beijing a Hong Kong sería catastrófico para las dos partes, con efectos que se sentirían en más áreas que la exclusiva medición económica. No le gustaría ver a Washington apoyando el descontento en el patio trasero de China continental.

Las multitudes de estos meses formalmente no protestan contra China, sino contra su propio gobierno de Hong Kong. Pero este a su vez está sometido a la presión de Beijing, y obligado a practicar variadas formas de realismo político. Cada vez más la política de Hong Kong está trufada de abiertos partidarios de China, en conflicto con los partidos democráticos.

Desde su retorno a la esfera china, Hong Kong ha vivido en una permanente negociación de sus libertades ciudadanas, a la sombra del sistema de “un país, dos sistemas” usado por Beijing para explicarse sobre todo la autonomía nacional de Taiwán. A ninguna de las partes le ha ido del todo mal con esa fórmula, y a China le conviene respetarla.