Brutalidad que duele

Gabriela Wiener
2019 M04 19 | 05:28 h

“La sensación es, pues, la de haber sido otra vez victimizados. Por eso él se iba rodeado de honor y homenaje, mientras los fiscales eran denunciados”.

Quiero intentar centrarme en esa desazón que desde ayer sentimos las peruanas y peruanos sin saber cómo nombrarla. Es un estado que no se resuelve ni siquiera estando a un extremo o al otro del escenario polarizado. Ni vítores, ni tres días de duelo nacional. Nada que celebrar, nada que llorar.

Conmoción: Pensar en mi abuelo aprista que creía que Alan haría la revolución. Pensar en mi padre que se pasó la vida denunciando que lo que había hecho Alan era la contrarrevolución.

Rocío Silva Santisteban lo llamaba ayer “el desconcierto”. Hoy García es para la política nacional como ese brazo gangrenado que nos tenían que quitar pero que aún creemos sigue ahí, es el miembro fantasma: los casos que se quedan eternamente abiertos como las heridas; las investigaciones, los testigos, las víctimas. Todo ese trabajo, ¿dónde queda? ¿A dónde se van las miles de horas de lucha contra la impunidad? ¿Qué vamos a hacer hasta con nuestra propia rabia?

Estamos como si nos hubiéramos quedado peleando solos, dando puñetazos en el aire. Pero es algo más que el golpe de incredulidad lo que nos queda.

Su suicidio es, creo, el punto culminante de la violencia, de toda la que ejerció García contra este país y su gente, en diversos momentos y en distintas formas. Haberlo hecho contra sí mismo, y que eso sea trágico, no le resta un ápice a la verdadera dimensión brutal de su acto: nos lo ha hecho a todos nosotros, ha descerrajado su desprecio infinito por el sistema democrático y de justicia.

La sensación es, pues, la de haber sido otra vez victimizados. Por eso él se iba rodeado de honor y homenaje, mientras los fiscales eran denunciados. Por eso él se entrega a la posteridad y al mito, mientras nosotros nos quedamos con la casa destrozada, la democracia revuelta y cuestionada, el país enfrentado, la impunidad campante.