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Hasta hace poco se podía cholear impunemente. Sostenía este agravio la conciencia compartida de que, como escribió Ribeyro, la piel del indio no costaba caro. Hoy el insulto no pasa fácilmente. Puede traer denuncias, repudio en redes, intervención de autoridades o la respuesta airada del agredido. El choleo ya no goza de consenso. Al menos no su expresión descarada.

Obviamente esto es positivo. Pero debemos aguzar nuestro entusiasmo. Lamentablemente no hay garantía de más bienestar en el empuje de las identidades antes disminuidas. Nuestro país no será mejor solo porque tenga en el uso del poder o del privilegio más colores de piel.

En los audios de los cuellos blancos hay una conversación clave. Un empresario “emergente” le pide a un juez poderoso que prepare un texto para el principal dirigente del fútbol nacional. Un discurso que destaque su éxito personal y colectivo. Que elogie el lugar simbólico que ocupan como una nueva clase provinciana dirigente.

Es nuestra época dicen. La era de los cholos.

Y estos infames, por lo menos en eso, no faltan a la verdad. Hace mucho vivimos ese tiempo. Pero no es la tierra de todas las sangres creativa imaginada por Arguedas. Es la de Acuñas y Lunas, la de municipios consumidos por mafias bien locales y bien cholas.

El emprendedor cholo que explota brutalmente en sus talleres no es mejor que el pituco blanco que lo hace en minas o restaurantes. Además del racismo, ojalá cambie el modo en que nuestras relaciones reproducen el abuso.

“Como en un rito mezcla goce con humillación, y transforma en fiesta la idea de abuso y violación”.

Con la orquesta sinfónica local. Agrupación dirigida por el maestro Theo Tupayachi tendrá como invitado al joven arequipeño, Pedro Rodríguez Chirinos, compositor del singular tema. Evento será en el Teatro de la Municipalidad de la Ciudad Imperial.

Pasión en la Fiesta del Sol. 46 personas dieron vida a la evocación incaica con sus quenas, phuñas, wankaras, pututos, vasijas silbadoras, etc. Tuvieron poco tiempo para ensayar, pero prevaleció su experiencia y su alta calidad.

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Nuestro país no es un gran destino, por más que lo desee Marca Perú. Es clasista, racista, desbordado obscenamente por la corrupción. Muchos de sus políticos y autoridades son grotescos jefes de mafia.

Pero hay paz. No es el Perú de 1980 o 1990 cuando millones se fueron para intentar vivir mejor. Colonias de peruanos por todo el mundo pueden contar lo duro que es el desarraigo. No se llega a un nuevo país a ser un privilegiado, se llega a ser el último de la fila. 

Nos ha pasado. Se supone que sabemos de esto. ¿No es para esto que existe la memoria?

Dice Manuel, joven venezolano, trabajador en una tienda. “No soñaba salir de mi país excepto para hacer turismo, pero lo hice para intentar vivir y no solo sobrevivir. Estoy aquí no por placer, soy un desplazado por la violencia, por la inflación, por la inseguridad…”.

Nadie sueña ser un migrante humanitario, ni es una vocación caminar horas vendiendo dulces en un país extraño o someterse a condiciones de trabajo abusivas. Pero igual es mejor acá que allá.

Dice Ariana, trabajadora de una feria. “Vine por cómo está mi país donde no se puede trabajar, por mi familia, para que puedan sobrevivir en Venezuela… Pero no ha sido fácil, no encuentro un trabajo estable por no tener quien me cuide a mi hija de tres años”.

La pasan mal pero agradecen haber llegado y la acogida. Y esperan que esta ruta no se cierre para otros. Una visa es hoy como un muro. ¿Nos cuesta tanto compartir nuestro paraíso?