¿Día de qué?

“Las mujeres peruanas hemos avanzado tanto, pero tanto, que ahora hacemos el doble. Ocupamos el lugar de los antiguos proveedores masculinos, pero no trasladamos la carga de la crianza y la vida doméstica”.

Rosa Palacios
08 Mar 2020 | 3:42 h

Hoy se conmemora la lucha de miles de mujeres en el mundo que, con conciencia de la situación de injusticia en la que vivían, reclamaron lo que les correspondía por derecho: votar, ser elegidas, trabajar en igualdad de condiciones y remuneraciones, ser madres cuando quisieran (si lo querían), tener una vida sexual con quien querían, hablar, asociarse y opinar libremente. En suma, ser libres y ser iguales. O si quieren, ser igualmente libres a un hombre.

¿Lo lograron? En algunos casos, los avances son enormes, en otros, no. En el caso peruano, buenas y malas noticias se juntan. Las mujeres votan desde 1956. Sin embargo, pese a medidas temporales como cuotas, la participación de las mujeres en el parlamento no supera el 30%. Hay un acceso paritario a la educación universitaria pero la brecha en las remuneraciones puede llegar al 30%. Hay mucha más conciencia social del derecho a no ser agredida física o sexualmente. El hogar ya no es un espacio protegido para el abusador. Se denuncia más, pero la prevalencia del feminicidio no cae año a año. Tampoco la violación sexual a niñas y mujeres.

Hoy, hombres y mujeres se pueden horrorizar por el acoso y asesinato de una joven. Pero hoy también, se los aseguró, preguntarán: “¿por qué no hay un día del hombre?”. Hoy pueden estar muy de acuerdo en que su hija juegue futbol, pero les parecerá fantástico que su colegio “celebre” el día de la mujer haciendo caminar a las niñas en tacos, para que “sean mujercitas”. Hoy pueden salir a defender a su vecina del hombre que le pega, pero la juzgarán y condenarán si es que ella no es lo que se espera de “una buena madre”.

Hoy celebrarán al amigo que “ayuda” en la casa, pero condenarán a su pareja por no tener todo limpio como “le corresponde”. Hoy felicitarán a su amiga por el aumento, pero le aconsejarán mantenerlo en secreto para que los hombres de la oficina no se enteren y reclamen. Hoy una mujer mirará su cuerpo en el espejo y se condenará, pero si no lo hace, tenga por seguro que la condenarán por no responder a un estereotipo de cuerpo que está obligada a tener para satisfacer patrones estéticos de una sociedad brutal con los cuerpos femeninos. Las mujeres peruanas hemos avanzado tanto, pero tanto, que ahora hacemos el doble. Ocupamos el lugar de los antiguos proveedores masculinos, pero no trasladamos la carga de la crianza y la vida doméstica. Tareas que seguimos haciendo y, muchas veces, solas. Un trabajo no remunerado, mal distribuido y peor reconocido en donde además se exige perfección. Una perfección en todo (trabajo, casa, maternidad, cuerpo) que jamás se exige a un hombre.

Para las mujeres, ni sociedad, ni Estado, ni política, han caminado al mismo ritmo en los últimos 50 años. Casi siempre, la sociedad va por delante. Pero a veces, sin el ingreso del Estado ese avance se frustra. Sin educación y salud públicas, sin seguridad y justicia, actividades donde el Estado define políticas públicas, no hay posibilidad alguna de cambio permanente.

El feminismo peruano, al que me adscribo de una forma intelectual (aquí el activismo es un club cerrado con trámites de ingreso para los que no creo ser digna), ha conseguido mucho en los últimos 50 años. Pese al paso lento, merecen este día para hacer un alto y volver a hacer las necesarias cuentas: ¿Dónde estamos? ¿Dónde vamos? Por ahora, solo a mitad de camino.

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