Álvaro Vargas Llosa cuenta cuatro instantes con su padre

Cuatro instantes con mi padre

Tributo en el llamado “Universo Vargas Llosa”

La República
18 Jul 2019 | 6:16 h

Por: Álvaro Vargas Llosa

El hombre que desde su primer libro describió el poder; el de la infancia y adolescencia feliz en Cochabamba y Piura; el que sufrió una paternidad vertical que lo marcó en su vida; el del colegio militar que lo contactó con un Perú multirracial que desconocía; el que apenas trabajó tres meses en La Crónica pero que le sirvió para escribir una obra monumental; el de La Catedral, el Negro Negro, el Zela; el sanmarquino de las aventuras políticas y de los sueños de justicia; el creador infatigable de ficciones, ensayos, reportajes; el candidato a las elecciones de 1990; el luchador de la democracia y la libertad; el premio Cervantes 1994 y premio Nobel de Literatura 2010, el padre de tres hijos y abuelo devoto. Recibe en estos días un merecido tributo en el llamado “Universo Vargas Llosa”, en la Feria Internacional del Libro de Lima 2019. Aquí, algunas semblanzas.

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Mis amigos de La República me invitan a colaborar con su serie “Universo Mario Vargas Llosa”. Correspondo a esta hospitalidad eligiendo cuatro instantes, en la larga relación de padre e hijo que llevamos, que por alguna razón me siguen dando brincos en la cabeza.

El primero fue en Barranco, donde vivíamos. Yo estaba en la impaciente frontera de la adolescencia, estudiaba en el Franco-Peruano y mi pasión era el equipo de fútbol que un grupo de muchachos de mi barrio anterior habíamos formado con ínfulas de ganarlo todo. Mi padre –permisivo y liberal, sólo se permitía la severidad a la hora de asegurarse de que leyera– había fijado dos horas de lectura diarias. Para evitar que le contara el cuento, debía hacerlo cerca de él, mientras tecleaba su siguiente novela. Podía elegir libros de su biblioteca. No había libros prohibidos, sólo sugería que no leyera aquellos que todavía no entendería bien, incluyendo los suyos.

Por espíritu de contradicción (tengo sangre arequipeña por ambos lados), yo elegía los libros que, al hacerle la consulta, él desaconsejaba leer. Por ejemplo, me dijo que esperara un poco antes de leer “No una sino muchas muertes”, de Enrique Congrains, el autor peruano de la Generación del 50, y que esperara aún más para meterle el diente a “Trilce”, la obra maestra de Vallejo, y yo, claro, lo primero que hice fue zambullirme en ellos. Desarrollé el hábito de colocar revistas pornográficas dentro de los libros que supuestamente leía, lo que hacía que mi padre de tanto en tanto interrumpiera su trabajo para preguntarme por qué me reía, dónde estaba la gracia, si lo que estaba leyendo era grave y dramático…Hasta que un día, desoyendo su consejo (“es muy pronto, te vas a morir del aburrimiento, lee cosas que te vayan revelando el infinito placer de la lectura”), elegí el “Quijote”. Durante unas cuantas páginas alterné las andanzas del hidalgo caballero con los insertos eróticos, hasta que, en un momento dado, sojuzgado por el poder de Cervantes, me sorprendí a mí mismo leyendo párrafos seguidos, luego páginas enteras, después capítulos completos, sin sentir la tentación de cambiar de tercio. Recuerdo el instante en que alcé la vista, me levanté, boté la revista y seguí leyendo. “¿Entiendes algo?”, me preguntó mi padre esa noche, a la hora de la cena. “Creo que ahora sí entiendo a qué te dedicas”, le respondí. Se rió, mirándome con desconfianza.

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El segundo instante ocurrió cuando yo tenía 17 años. La Universidad de Princeton me había aceptado un año antes de lo normal y yo, que me creía grande y no quería estudiar sino quemar etapas, me escapé a los tres meses y aterricé en Lima una mañana de diciembre sin avisar a nadie. Llamé a mi padre, que estaba de viaje. Todavía oigo su colérica reacción: “Eres un irresponsable, te vas a joder la vida, te has vuelto loco. Ahora te vas y te buscas la vida como puedas”. Fue la única de dos broncas que hemos tenido (la otra fue política y muy posterior), lo cual es un récord sospechoso entre padres e hijos porque lo normal es andar a la greña con frecuencia. No nos vimos ni hablamos durante varios meses. Yo conseguí, a través de Elsa Arana Freire, un trabajo en el suplemento dominical del legendario diario “La Prensa” y logré encontrar una habitación a la altura de mi magro presupuesto por el centro de Lima, con lo cual no me resultaba difícil llegar a la altura de la cuadra 7 del Jirón de la Unión todas las mañanas.

La pregunta en la familia, especialmente de mi abuelo materno, que me chismeaba lo que sucedía en Barranco, era quién vencería su orgullo primero, si mi padre invitándome a volver a la casa o yo, con el rabo entre las piernas. Al final, lo hicimos los dos a medias porque le pedí una cita para pedirle disculpas por haber actuado como lo hice, pero él me dijo que le alegraba que le hubiera demostrado que podía arreglármelas solo, de manera que podía volver a la casa y seguir trabajando, pero bajo condiciones muy estrictas. Insistió en que era una bárbara irresponsabilidad no ir a la universidad.

Pasaron dos años y un día lo interrumpí (estaba en su escritorio dando los toques finales a “¿Quién mató a Palomino Molero”?) para decirle: “Tienes razón. He decidido volver a la universidad. Como no tengo cómo pagármela, págamela tú y yo sigo pagando todos mis gastos con mis trabajos, que voy a mantener de distintas formas”. “Acepto”, me dijo con una sonrisa de triunfo por goleada. “Tendrás que buscarte otra porque Princeton no querrá verte ni en pintura”.

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El tercer instante fue en el estadio de Alianza Lima, en Matute, en plena campaña por la segunda vuelta, en 1990. Él había ganado la primera vuelta por un margen muy estrecho y el tránsito a la segunda vuelta había sido accidentado, pues se había resistido a continuar, valorando la posibilidad de entregar la Presidencia a su contendor sin el “balotaje”. Dos personas, su amigo “Cartucho” Miró Quesada y yo, lo habíamos presionado para que se retirara, convencidos de que ya no tenía un mandato para hacer reformas liberales, incluso en el improbabilísimo caso de salir vencedor y superar el apoyo del Estado, el Apra y la izquierda a su rival. Pero, haciendo de tripas corazón, había cedido a la presión de mucha gente (entre ellos el Arzobispo de Lima), incluyendo algunos que sostenían que se podía crear un vacío constitucional muy peligroso.

Los asesores decidieron que en esa segunda vuelta mi padre sería el político que no había sido en la primera. Eso lo tuvo algunas semanas haciendo cosas que iban contra sus propios instintos. Como en la primera vuelta, en la segunda fuimos al estadio para que el candidato se diera un baño de multitudes (o escupitajos, nunca se sabía). Era una vieja costumbre, por lo demás. Desde pequeños, mi padre nos había llevado al fútbol, tanto al Camp Nou, en la Barcelona de 1974, para ver al Cholo Sotil como al Estadio Nacional y el de Matute para ver clásicos (él es “crema”, yo soy “grone”). Los asesores le habían dicho que cuando se le acercara la prensa no dijera qué equipo quería que ganara y mantuviera la más estricta neutralidad porque cada voto contaba. Yo estaba horrorizado: había crecido oyendo hablar a mi padre de la integridad intelectual y nos habíamos pasado la primera vuelta diciendo que no le ocultaríamos nada al pueblo peruano.

Recuerdo como algo revelador el momento en que, en el entretiempo, se le acercaron las cámaras y alguien le preguntó quién quería que ganara. Hubo una duda, un silencio, que me parecieron eternos. ¿Diría la “U” o haría caso a los asesores? Su impulso era decir la verdad, así se fuera al carajo la campaña; pero su disciplina, su compromiso de campaña, lo impulsaban en la otra dirección. Yo esperaba, ansioso, el desenlace de ese forcejeo entre Vargas Llosa, el de siempre, y Vargas llosa, el candidato. “Que gane el mejor, que gane el fútbol”, respondió. Me sentí remecido. “Te has vuelto un político”, le reproché. “Qué remedio, al menos para que no digan que no lo intenté”, me respondió, con una mueca de asco.

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El cuarto y último instante ocurrió el 7 de octubre de 2010. El 6 de octubre yo había regresado a Washington tras dar unas conferencias en México. Esa noche, por culpa del viaje, me acosté tarde, lo que no suelo hacer. Al alba, sonó mi celular. Lo dejé sonar y sonar en mi atontada duermevela, maldiciendo al cabrón que invadía mi descanso. “Ya se aburrirán”, pensé, “que no jodan”. No había acabado de desear que cayeran las siete plagas de Egipto sobre el impertinente, cuando un instinto me levantó como un resorte de la cama. “Nueva York” decía en el celular. Esa llamada sólo podía ser de mis padres: en esos días se estaban quedando en un apartamento neoyorquino porque mi padre había aceptado dar clases un semestre en Princeton (donde por lo visto habían perdonado a la familia). Sacudiéndome el atontamiento, pensé: “Alguien se ha muerto”. Pero el mismo instinto que me había disparado de la cama al celular me ofreció una alternativa a esa fúnebre hipótesis. La víspera, de regreso de México, yo había hecho escala en Texas y el corresponsal de Televisión Española, que también esperaba un avión, me había abordado. “Álvaro, mañana le dan el Nobel a tu padre. Seguro”. Yo, que en el ajetreo de México ni siquiera me había enterado de que se daba el Nobel por esos días, me burlé a carcajadas. “Sólo tú te crees el cuento”, respondí. Mientras levantaba el celular, recordé esa anécdota. “Alvarín”, oí la voz venir del otro lado del hilo (lo de hilo es un decir). Si se hubiera muerto alguien, la llamada habría sido de mi madre, no de él. “Me acaba de llamar el Secretario Permanente de la Academia Sueca para decirme que me han concedido el Premio Nobel. Todavía es un secreto, pero lo harán público en media hora”.

“Qué gran noticia, qué alegría”, estallé. Luego, no sé de dónde, se me salió esta frase definitiva: “Y no sabes cuánto te agradezco que nos hayas librado para siempre de la maldita pregunta: ‘¿Por qué no le dieron el Nobel a Mario Vargas Llosa este año?’”. Nos reímos a carcajadas y me dijo: “Carajo, yo también me he librado de eso”.

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