Desfase empresarial

Mirko Lauer
10 Abr 2020 | 2:06 h

El empresariado local, sobre todo el grande, ha entrado en una situación complicada. Sus problemas son reales, pero les es inevitable representar el privilegio en medio de la crisis. El sector financiero es visto como un concentrador de todos los fondos disponibles, y las empresas que no pueden seguir empleando son vistas como aprovechadoras del momento.

La preocupación de las empresas por la siguiente etapa de la epidemia, es decir por el desplome económico, es un hándicap para el sector. Pues en un momento en que todo el mundo está fijado en los problemas inmediatos del virus, lo que se sale de ese marco parece opuesto a un interés común, aun cuando pueda no serlo.

El gobierno tiene una tarea que va en una dirección clara y única. Las explicaciones epidemiológicas en que se apoya son percibidas como suficientes por la mayoría, respaldadas además por similares políticas en casi todos los países afectados. El Estado ha acrecentado su prestigio en cuanto defensor de intereses universales.

Frente a lo anterior lo empresarial es percibido como una aglomeración de intereses particulares de distinto tamaño. En esta hora sus donaciones, o incluso su participación activa en la tarea común, se ven contrapesadas por sus exigencias. El problema de imagen se va acusando, con las previsibles consecuencias ideológicas.

En asuntos tan sensibles como prescindir de sueldos y salarios que no se pueden pagar, o subsidios adicionales a los que ya le da el Estado, o propuestas financieras varias, se viene produciendo un evidente déficit de explicaciones a la ciudadanía. Hay una confianza en que el comunicado mismo, generalmente escueto, basta.

Esto deja la explicación en manos de sus adversarios ideológicos, izquierdistas de ayer o populistas de hoy, y no va a ayudar a la reactivación. Con pocas excepciones, el Congreso ha demostrado que no es hoy el lugar para las decisiones de política económica. Los gremios empresariales tienen que justificar sus propias propuestas.

Hay, además, una crisis de liderazgo entre los propios empresarios, heredada de sus hábitos políticos y de los recientes escándalos en torno a Odebrecht. No es el mejor momento para resolver este punto, pero a la vez hay una urgencia de debates internos, conclusiones y vocería colectiva idóneos para este momento.

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