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Un espacio de paz en el Cercado

Atacada recientemente por el grupo radical La Resistencia, la Biblioteca Miguelina Acosta es un proyecto social que está cambiando para bien las vidas de los niños y las niñas del centro de Lima.

Fundadoras. Activistas Ana Karina Barandiarán y Verónica Ferrari. Foto: Marco Cotrina/LR.
Fundadoras. Activistas Ana Karina Barandiarán y Verónica Ferrari. Foto: Marco Cotrina/LR.
Óscar Miranda

La tarde del sábado 14, después de haber participado en una marcha contra el gobierno en el centro de Lima, la banda de extrema derecha La Resistencia estaba gritando sus arengas por el jirón Lino Cornejo cuando en la esquina con Contumazá se percató de que se desarrollaba un show cultural.

El evento era la Divertiferia Feminista, organizada por los niños y niñas de la Biblioteca Miguelina Acosta, ubicada cerca de esa esquina. A los extremistas los sacó de sus casillas la temática feminista del acto y, como suelen hacer, confiados en su impunidad, atacaron. Con empujones, patadas, insultos. Los menores huyeron asustados y se refugiaron en la biblioteca. Los atacantes se fueron, pero al rato volvieron con mayor vehemencia, al punto de que las promotoras del festival, Ana Karina Barandiarán y Verónica Ferrari, tuvieron que darlo por terminado anticipadamente.

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Los fanáticos de La Resistencia desconocían que en ese evento participaban niñas y niños que hasta antes de llegar a la Biblioteca Miguelina Acosta habían vivido en condiciones de extrema vulnerabilidad. Muchos sin asistir a clases nunca, sin saber leer ni escribir. Muchos acostumbrados a la violencia doméstica, que los hacía agresivos o retraídos y tímidos. Muchos, pasando buena parte de sus días en la calle. En esa misma calle, Contumazá, tan problemática, con sus alcohólicos callejeros, sus drogadictos y sus trabajadoras sexuales.

Los extremistas ignoraban que desde diciembre de 2019, cuando fue creada por Barandiarán y Ferrari, vecinas del barrio, la Biblioteca Miguelina Acosta –que toma su nombre de la abogada pionera del feminismo en el Perú– se ha constituido en un remanso de paz y cultura para los niños y niñas que viven en este, uno de los barrios más socialmente complejos que hay dentro del Damero de Pizarro.

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Conocimiento e igualdad

La idea original de las fundadoras era que la biblioteca sirviera para prestarles libros a los chicos del barrio, pero pronto se dieron cuenta de que muchos de ellos no sabían leer ni escribir. Como primera misión, se abocaron a enseñarles, y a ayudar a las mamás a matricular a aquellos que estaban fuera del sistema escolar.

Oro problema era que varios no podían conectarse a sus clases virtuales por falta de internet: ellas lo resolvieron instalando el servicio en la biblioteca y brindándolo gratuitamente. Hoy día, con los colegios abiertos, los niños y niñas usan la computadora y el Internet para hacer sus tareas y ver sus películas favoritas.

–Seguimos enseñando a leer y escribir a los niños que están aprendiendo –dice Ferrari–. Los acompañamos en sus tareas. Les damos talleres de arte, de ciencia, de música, les enseñamos inglés y francés. Y transversal a todo, la idea de la igualdad, de la democracia. Hacerlos conscientes de que tienen derechos que exigir.

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En un barrio, en una ciudad, con familias fracturadas, donde abundan los peligros para las niñas, las directoras de la biblioteca también se preocupan de darles información para prevenir y manejar situaciones de acoso o abuso sexual.

Los padres de estos pequeños –la mayoría, madres solteras, ambulantes, algunas trabajadoras sexuales– los dejan todas las tardes en la puerta del local con la confianza de que allí estarán seguros.

La Biblioteca Miguelina Acosta sobrevive con los ingresos personales de sus directoras y la colaboración de algunos amigos y amigas. Pero nunca es suficiente. La Divertiferia Feminista tenía como finalidad recaudar fondos para comprar uniformes y útiles escolares para los chicos. Aunque el ataque complicó esos planes, Barandiarán y Ferrari son optimistas. Su espacio cultural tiene para rato.

Cómo ayudar

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