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Pedagogía de la ternura

La experiencia de dos colegios públicos de Lima enseña que sí se puede prevenir el grave problema del acoso escolar, involucrando a los padres, escuchando a los alumnos y enseñándoles desde muy chicos respeto y empatía.

Una maestra y sus alumnos jugando con títeres en la IE 558 Casa Montessori de Villa El Salvador. Foto: Marco Cotrina/LR.
Una maestra y sus alumnos jugando con títeres en la IE 558 Casa Montessori de Villa El Salvador. Foto: Marco Cotrina/LR.
Óscar Miranda

Sergio y Matías se ríen mientras les hacen fotos en el patio de su colegio. Tienen cinco años, pero se ven grandes y fuertes para su edad. Con la contextura que tendrán en el futuro, perfectamente podrían ser los abusadores de su salón de clases, si lo quisieran. Pero no. No tienen esa mentalidad. Por el contrario, hoy Sergio y Matías son miembros de la Brigada Cusi Chuy, que significa “Causar alegría” en quechua. Y su misión es asegurarse de que sus compañeritos estén bien. De que estén felices. Cuidar de los de tres y cuatro años. Protegerlos. Ayudarlos si tienen un problema.

Sergio y Matías estudian en la Institución Educativa 558 Casa Montessori, en Villa El Salvador. Este centro de educación inicial público es reconocido por miembros de la comunidad educativa como un modelo de promoción de la convivencia sana y de prevención de la violencia escolar. Aquí no se forman bullies. Aquí educan chicos para que lleguen bien preparados a la educación primaria y siendo respetuosos y empáticos con sus compañeros.

–Es una educación basada en la pedagogía de la ternura –dice la directora, Renee Tamariz–. En este colegio se imparte el buen trato. El autocuidado. El respeto. Y, sobre todo, un liderazgo compartido, desde los niños y las niñas, las maestras y los padres de familia.

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Estudiantes en el patio principal de la IE 7059 José Antonio Encinas, de Pamplona Alta. Foto: Marco Cotrina/LR.

En un momento en el que el acoso escolar vuelve a ser noticia, en el que vemos que entre setiembre de 2013 y abril de este año se han reportado más de 45 mil episodios de violencia en la plataforma Síseve, es necesario conocer experiencias que demuestran que la escuela pública –con sus limitaciones y carencias– puede enfrentar el problema del bullying con eficacia.

–Para evitar que los niños se conviertan en abusadores, lo más importante es el trabajo con las familias –dice Tamariz–. Lo primero es identificar a los niños que están teniendo este tipo de problemas. Cuando hay un episodio de este tipo, llevamos a los chicos al aula Montessori, les preguntamos qué pasó, por qué están actuando así. De inmediato nos reunimos con los padres, vemos qué problemas están habiendo en casa. Trabajamos con ellos, planteamos acciones y les hacemos seguimiento.

Para reducir la violencia en el hogar, las docentes desarrollan talleres de masculinidad con los papás, en los que les ayudan a entender sus conductas machistas y les explican cómo es que los niños copian esos modelos negativos.

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Con la Brigada Cusi Chuy, los pequeños van aprendiendo el valor de ayudar al prójimo. Las maestras propician que ellos resuelvan disputas en el recreo –intervienen cuando dos amiguitos se pelean por un juguete, por ejemplo– y solo si no pueden solos, les prestan ayuda.

En 2016 su estrategia “Con buen trato y con amor todo es mejor” ganó el Premio La Buena Escuela convocado por Latina y el Ministerio de Educación. Renee Tamariz cree que este modelo podría replicarse en el resto de escuelas del país. Solo hace falta compromiso de las autoridades, los docentes y los padres de familia.

Sana convivencia

En San Juan de Miraflores, la Institución Educativa 7059 José Antonio Encinas es el ejemplo de un colegio que pasó de ser un espacio problemático, de violencia expresada no solo entre estudiantes sino en las paredes pintadas, las ventanas rotas y la suciedad por doquier, a un escenario de estabilidad y sana convivencia.

El cambio comenzó allá por mediados de los noventa, cuando el Encinas, bajo el liderazgo de su hasta hace poco directora Ana Bertha Quiroz, adoptó el enfoque de salud integral, que involucraba desde programas de tutoría hasta mejorar la infraestructura y, sobre todo, comprometer a la comunidad con el cambio.

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Casi tres décadas después, sus autoridades se enorgullecen de que, a pesar de estar situado en una zona como Pamplona Alta, donde la gente sigue viviendo en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, dirigen una institución a la que los niños y niñas llegan hoy bien peinados, limpios y con los zapatos lustrados y transitan por pasillos y aulas llenas de orden y limpieza.

La sana convivencia entre estudiantes es un factor importantes para el desarrollo de sus capacidades. Foto: Marco Cotrina /LR

Maricris Toledo, la actual directora, y Mercedes Luján, la subdirectora, enfatizan que una de las claves para haber logrado un espacio de paz y tranquilidad es haber puesto a los alumnos en el centro de los intereses del colegio.

–Tenemos un enfoque de comportamiento positivo en el que todos damos un buen trato al estudiante –dice Luján–. Prestando una escucha activa a sus preocupaciones e intereses, manteniendo una comunicación muy asertiva.

–Cuando un alumno tiene un problema, nos llama y sabe que nosotros vamos a dejar lo que estamos haciendo para atenderlo –agrega, por su parte, la asistenta social Hortensia Núñez.

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Hace unos años se creó la Defensoría Escolar. Sus miembros, los propios alumnos, tienen la responsabilidad de intervenir cuando surge alguna situación en el aula. También informan a la asistenta social o a la psicóloga cuando ven a un compañero o compañera que está callado, triste y que podría estar teniendo problemas en casa. Las autoridades, de inmediato, tratan de resolver el tema con la familia.

Para Ana Bertha Quiroz, ha sido fundamental que las inquietudes e intereses de los chicos y chicas hayan sido recogidos, vía encuestas, e incorporados en el currículo. Por ejemplo, los alumnos demandaron que se les enseña educación sexual integral. Sobre las enfermedades de las que tenían que cuidarse. Y de las consecuencias de consumir drogas, entre otros temas.

El Encinas, cuenta Mercedes Luján, también ha incorporado el enfoque de género en su enseñanza, con el que han roto varios mitos sobre los roles de género tradicionales y les han ayudado a mejorar su autoestima.

–¿Cómo se puede ver que es una escuela sana? –responde Ana Bertha Quiroz–. Hay ver el trato que se dan entre ellos. Se piden las cosas por favor. No se agreden. Eso es algo lindo que se logró conseguir. Les enseñamos a dialogar, que pueden discrepar, pero sin hacerse daño. Cuando llega el momento de hacer deporte, donde podría haber conatos de violencia, aquí no, aquí no es ganar, aquí lo que queremos es divertirnos. Y lo mejor es que todo eso que aprenden acá lo aplicarán luego en su vida.

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