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Naciones abigarradas en andinoamérica

“José Carlos Mariátegui -reconocido teórico del marxismo indigenista- advirtió contra la tendencia a pasar del prejuicio de la inferioridad de las etnias originarias, al ingenuo misticismo del ‘racismo inverso’”.

“No es realista pensar que la concreta ‘cuestión indígena‘ pueda resolverse, en mi sur, mediante la simple dación de normas constitucionales”. Foto: composición LR.
“No es realista pensar que la concreta ‘cuestión indígena‘ pueda resolverse, en mi sur, mediante la simple dación de normas constitucionales”. Foto: composición LR.
Domingo LR

Escribe José Rodríguez Elizondo

Repasando columnas, compruebo que el tema de la plurinacionalidad ha copado mis neuronas quincenales. Para liberarme de ese fantasma andino que nos recorre, me permito ahora algunas reflexiones un pelín académicas.

Comienzo con una tesis en construcción: la plurinacionalidad, concebida como la incorporación constitucional de los pueblos originarios a la estadidad, es un pariente raro de la revolución continental castrista y un pariente subversivo de los proyectos de integración institucionalizados, que quisieron ejecutarse a golpe de tratados.

Es que no son las cosmovisiones jurídicas, ideológicas o antropológicas, las que definen a las naciones. Ortega y Gasset lo dijo hace un siglo en su España invertebrada: “La identidad de raza no trae consigo la incorporación en un organismo nacional (…) es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre”. En el Perú, José Carlos Mariátegui -reconocido teórico del marxismo indigenista- advirtió contra la tendencia a pasar del prejuicio de la inferioridad de las etnias originarias, al ingenuo misticismo del “racismo inverso”. Esa idealización del pasado que Jorge Basadre definiera como nostalgia del “paraíso destruido”.

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Lo decisivo no es la constitucionalización, entonces, sino el proceso histórico que ha instalado a los pueblos indígenas en su situación actual y concreta. En Bolivia y Ecuador, donde tienen amplia densidad demográfica, pudo ser plausible incorporarlos como naciones del Estado. Pero otro tema es que esa invención haya contribuido a su mejor desarrollo.

En Chile, donde la densidad demográfica de los originarios es comparativamente mínima, la utopía plurinacional fue alimentada por cuatro macrofenómenos, que confluyeron hacia el gobierno de Sebastián Piñera: la clásica “cuestión social”, la exasperación de la “cuestión mapuche”, la dificultosa relación político-militar-policial y la “asonada de la revuelta”, de 2019. En ese marco, políticos juveniles e ideólogos neomarxistas comenzaron a construir una estrategia “refundacional”, con eje en la ingobernabilidad de facto y en la presunta seducción de los comuneros mapuche.

Sincerando el fenómeno, aquello configuraba una revolución contra el Estado unitario, concebido como “la nación jurídicamente organizada”. Ese ente singular y bicentenario, compatible con la multiculturalidad y la descentralización del poder, que -bien o mal- ha venido encuadrando la diversidad social interna.

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Revisionismo marxista

La Historia dice que el desborde del imperioplurinacional de los zares estuvo en la agenda estratégica de los revolucionarios bolcheviques. Sinópticamente, lo apoyaban o rechazaban según fuera “el interés de la clase obrera”. En 1914, Stalin trató el tema como una contraposición simple entre el internacionalismo proletario y “la ofuscación nacionalista” de la burguesía, que se debía solucionar “según las circunstancias históricas concretas que rodeen a la nación de que se trate”. Lenin pulió esa tesis un año después, planteando que a) “Estados abigarrados” son los que contienen más de una nación, b) que autodeterminación significa “el derecho a la separación” y c) que “sin jugar a las definiciones jurídicas” (…) separación es la formación de un Estado nacional independiente”.

Tal información permite decodifi car las tesis marxista-indigenistas que hoy nos vienen desde Bolivia. Vistas en su propio mérito, nacieron como “revisionistas” pues, tras convertir a los pueblos indígenas en naciones, dictaminaron que estas eran la fuerza motriz de un proyecto de revolución continental, en reemplazo de la ortodoxa clase obrera industrial. Vistas desde la realpolitik, ignoran las especificidades de cada país, con una lógica similar a la del fracasado “foco guerrillero” que impulsara Fidel Castro el siglo pasado. Vistas desde la estrategia del poder, contienen un paradójico interés mononacional y hasta personal. La denuncia peruana de Runasur -ya comentada en columnas anteriores sugiere que son una vía para mejorar la condición marítima de Bolivia y la condición política del expresidente Evo Morales.

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Problema bicentenario

En Chile es muy difícil que el marxismo-indigenista-regionalista pueda encarnar en el pueblo mapuche realmente existente. En lo principal, porque contradice su ethos histórico, épicamente descrito por los conquistadores. En La Araucana, Alonso de Ercilla contó que “a ningún rey obedecen” y que jefes guerreros como Lautaro instrumentalizaron a quienes presumían ser sus protectores. Por ello, siempre plantearon sus demandas como de autonomía respecto a Chile republicano y no como afán de asimilarse a la nacionalidad ni, menos, a la estadidad. Ese talante hoy se manifiesta en las diferencias que muestran sus comunidades -en especial las de acción armada- entre ellas y respecto a los constituyentes mapuches.

Por lo dicho, no es realista pensar que la concreta “cuestión indígena” pueda resolverse, en mi sur, mediante la simple dación de normas constitucionales. En 1818, Bernardo O’Higgins dispuso, por decreto, que respecto a los indígenas “no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos chilenos”. En 1819, en su discurso ante el Congreso de Angostura, Simón Bolívar dijo que “disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer” era el tema “más extraordinario y complicado”. Cuesta mucho, por tanto, asumir que ese conflicto bicentenario pueda resolverse por la magia de una plurinacionalidad indefi nida e inserta en una Constitución sin consenso.

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Aliados inseguros

Las historias y leyendas de líderes indígenas como Lautaro y Túpac Amaru dan cuenta del dilema básico de los conquistadores: hasta qué punto podían contar con los autóctonos para asimilarlos al criollaje en formación. Correlato, por cierto, del dilema de esos autóctonos: hasta qué punto podían colaborar con los españoles, sin ser asimilados por su imperio.

Siglos después, como en una narrativa de García Márquez, el dilema se reproduce en lo fundamental. En el Perú, ya hay señales de que la estrategia constitucionalista está agendada. En Chile, gobernantes, convencionales e ideólogos dan todo tipo de señales cariñosas a los mapuches, para incorporarlos a su proyecto político. Por otra parte, jefes, convencionales y machis de las distintas comunidades mapuches, fieles a su tradición, rechazan los símbolos nacionales de Chile. Algunos hasta recurren al terrorismo.

En resumidas cuentas, “abigarrar” de naciones nuestros Estados unitarios hoy luce como una mezcla de indigenismo desinformado, revolucionarismo romántico y talante autoritario. Un constructo que, so pretexto de rectificar la historia, pretende instalarnos en una variable inédita del socialismo. Todo lo cual planea una pregunta de apariencia elemental: ¿quién está tratando de instrumentalizar a quién?

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