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Domingo

Gerardo Chávez: “Un 90 por ciento de mi arte viene de recuerdos sufrientes”

París, Florencia, Trujillo, los amores, las pasiones y el aprendizaje. El reconocido artista plástico cuenta su historia de vida en unas memorias que acaban de publicarse y de las que conversamos en estas líneas.

El Perú, que era Lima, no era como la provincia, no era como Trujillo, era una capital hasta racista. Foto: John Reyes/La República
El Perú, que era Lima, no era como la provincia, no era como Trujillo, era una capital hasta racista. Foto: John Reyes/La República
Emilio Camacho

Dedos de metal, como garras, cabeza fálica, y articulaciones atornilladas en una madera oscura, que va tomando el color del petróleo que le pasan cada cierto tiempo, para evitar el deterioro. El maniquí del siglo XVIII que Gerardo Chávez tiene en su taller de San Isidro ha sido uno de sus fieles compañeros durante cinco décadas.

Se quedó con el artista debido a que nadie quiso comprárselo, cuando vivía con cierta estrechez en París. Parecía algo siniestro. Quienes preguntaban por este artilugio, creían que había sido usado para hacer brujería. Pero su función real había sido más inocente. Era el modelo que usaban viejos pintores para sustituir la anatomía de clientes ausentes. Alguna vez, el artista trujillano lo llamo “mi amor”, pero en Lima, una ciudad más discreta que la capital francesa, prefiere decirle “mi mascota”.

El muñeco ha visto a Chávez entusiasmarse por las manifestaciones de Mayo del 68, lo vio también en su etapa surrealista, en los momentos de duda, y en sus romances, cuando volvió al Perú, con la idea de abrir no uno, sino dos museos, uno dedicado a los juguetes y el otro al arte moderno. Lo acompañó hace 10 años, cuando empezó a escribir sus memorias, y lo ha visto publicar estos recuerdos en un volumen al que han llamado “Antes del olvido” (Alfaguara, 2022). El dueño de este noble monigote habla de lo que ha sido contar su propia historia en 140 páginas.

¿Usted tiene temor de ser olvidado?

No. Yo sé que si se olvidan las cosas que yo hice, sí me daría mucha pena. Pero a uno no, pues uno está de pasada, y, bueno, nos ha tocado decir cosas, hablar del arte.

¿Le dolería mucho, entonces, que su obra no sea conservada?

Claro, mira que estamos en un país rarísimo donde las cosas, muchas de ellas, se pierden, muchas de ellas terminan, no sé dónde, pero terminan mal. Yo tengo la enseñanza de algunos maestros, pintores, artistas que ya han pasado. Pienso en el mismo Sabogal, sus cuadros están por aquí, por allá. Yo me voy mañana, sí, seguro, y no sé qué fin irán a tomar mis cosas, por eso es que yo creo que hay que acercarse lo más posible a lo mejor, a lo más inquietante y bello, a lo que pueda sorprender al hombre nuevo. Y hay que continuar, porque el camino, dicen, tiene espinas, pero yo creo que cuando uno piensa en la virtud puede ir abriendo el camino. ¿No es cierto? Es una ilusión, un sueño. El hombre tiene que saber que no es un animal solamente. Y que debe aferrarse un poco a buscar la belleza.

Usted tiene 84 años, ¿hasta cuándo seguirá haciendo arte?

Mira, es curioso lo que tú dices, yo lo hago jugando, lo hago como un juego. He aprendido, hace unos 15 años que estuve por México, y allí me preguntaba por qué tiene que ser necesariamente un trabajo desarrollar mis ideas, cuando es un placer. Puede ser un juego, así hay que tomarlo.

Vamos a algunos datos de sus memorias: usted cuenta que de chico trabajaba con el carpintero de su pueblo y que pintaba los nombres de los difuntos en los cajones que hacía...

Así es.

Y que también le gustaba pintar las matrículas de los camiones en Paiján. ¿Esa fue la semilla de lo que vendría después?

Yo creo que fue efectivamente una semilla, fue la iniciación del contacto con los olores de la pintura. Recuerdo que había por ahí una pintura que se llamaba Sapolín, eran unos tarritos chiquititos y alcanzaba a comprarme eso para retocar algunos paisajitos en restaurantes. Y también aprendí un poco a retocar los números de los taxis. Y, bueno, el trabajo también era un juego, era ensuciarse con la pintura.

Hay un dato que me ha llamado la atención: ¿por qué dice que su hermana Teresa, a la que usted le ha dedicado su libro, le salvó la vida dos veces?

Bueno, la primera vez fue en una acequia amplia, grande, en Paiján. Había una orillita donde jugábamos los niños pequeños. Y, entonces, hubo un descargue de corriente de agua, porque habían regado los campos de azúcar, y vino un repunte y me llevó… Yo escuchaba todavía “tu hermano se ahoga, se ahoga” y vi que mi hermana se aventó, tenía sus 18 años, con todo y vestido. Felizmente hubo en ese sequión un sauce y ella logró agarrarse.

¿Esa fue la primera vez?

No, fue la segunda. La primera vez dicen que me dio la tos ferina, que era una epidemia y se llevaba a muchos. Y me dicen que ella -y ella lo recalcaba siempre-, me llevaba a la iglesia, le pedía a Dios. Esa acción yo no la vi, era muy chico, pero me la han contado tanto que terminé por sentirla.

Publicación. Gerardo Chávez, de 84 años, empezó a escribir sus memorias hace 10 años. Foto: Librería Sur

¿Fue muy cercano a su madre?

Con cuatro o cinco años uno no tiene mucha conciencia, la verdad. Pero a mí me encantaba. Mi madre tenía las uñas fuertes, tenía el pelo hasta debajo de la cintura, y yo me agarraba de sus trenzas. Murió muy joven.

Ella fue muy amiga de Haya de la Torre, por lo tanto, era aprista.

Muy aprista.

¿Usted también se quedó con eso?

Bueno, yo creo que es un sello que marca. Yo creo que Trujillo tuvo una sociedad que fue muy marcada por el APRA. No recuerdo qué porcentaje, pero a excepción de la Plaza de Armas, todos eran apristas. Y era una lucha que en ese momento parece que fue la lucha más importante. Te hablo de la revolución con el cuartel, el año 32.

Usted llegó a Lima en los 50.

El 51.

Lima era en esa época una ciudad muy chica, con poca población, pero con una actividad prostibularia muy grande, ¿no? ¿Usted llegó a conocer el jirón Huatica?

Claro (se ríe) Efectivamente era un barrio, yo no diría tanto de prostitutas, sino más bien de marineros y…

De aventura.

Y de soldaditos, que venían a pasar su sábado, su domingo. Y, bueno, uno se perdía entre eso, con damas que se mostraban por una ventana muy estrecha y que de su cuerpo ancho hacían una cosa muy sensual.

Esa Lima de los 50 también es muy interesante porque en esa ciudad reinaban Sérvulo Gutiérrez y Víctor humareda, que eran los dos expresionistas más importantes de la época. Usted los conoció a los dos…

Sí, sí…

¿Cuál de ellos era más divertido?

Yo creo que el más completo era Sérvulo.

¿Compartió más con él que con Humareda?

Bueno, con Víctor Humareda era más fácil encontrarse porque siempre estaba en el bar, buscando gente para tomarse su vaso de leche o cosas por el estilo…

Era como un niño.

Como un niño, sí. Pero físicamente tenía características muy fuertes y dibujaba a todo el mundo. Y, bueno, le dábamos una propina, porque sabíamos la situación apremiante por la que pasaba. El otro no. Sérvulo era más dinámico. No iba de mesa en mesa, él tenía su mesa. Yo creo que por ahí estaba la diferencia. Uno jugaba más, te hablaba de cosas más interesantes. Humareda no hablaba mucho, pero de vez en cuando soltaba una cosa de gran pensador.

Eran tiempos distintos, donde había que llevar corbata para entrar a los bares lujosos, donde se presentaban Betty di Roma o Fetiche, o alguien de esa generación. Eran buena gente. Yo tuve oportunidad de conocer a Betty, porque vivía en Balconcillo, en una quinta, donde yo también vivía.

¿Betty di Roma era su vecina?

No vivía ahí, pero venía todos los días.

Bueno.

Algo pasaba ahí. Pero no conmigo, qué pena. (se ríe).

¿Y por qué dejó esa Lima? ¿Por qué emprendió la aventura hacia Europa?

Mira. Yo tenía un sentido de ser pintor, o de alcanzar a ser pintor, como mi hermano, que ya era un tipo de éxito acá. Entre Ángel y yo había casi 10 años de diferencia. Él era más que mi hermano, era mi padre, yo le tuve un afecto muy grande. Y, bueno, llegó un momento que dije “yo no puedo ser la sombra de mi hermano”.

En la Escuela de Bellas Artes yo era un pintor bien movido, ya tenía mi éxito, becas, qué se yo. Entonces le pedí al director que me dejara salir de Bellas Artes, porque yo quería irme a Europa. Pero era muy difícil. El Perú, que era Lima, no era como la provincia, no era como Trujillo, era una capital hasta racista. Te preguntaban: “¿Cómo te llamas?”. Respondías: “Chávez”, y te decían cualquier cosa…

Y era mejor escapar de eso.

Claro, a mí me daba mucha angustia eso: tener que pintar para vivir. Me acordaré toda la vida de una reflexión que hice. Me decía: Yo no voy a pintar para vivir, para comer y esas cosas. Yo quiero comer para pintar. Así que dije: Vamos a Europa. A mí me encantaba leer historias sobre el renacimiento italiano. Era un poco mi fuerte.

Y para allá fue, para Florencia.

Para Florencia, sí. Me iba a Francia, porque la idea era ir con Tilsa (Tsuchiya) y Basurco, que era el novio de Tilsa, hasta allá. Pero me quedé en Florencia, con 10 dólares.

En Italia tuvo diferentes oficios, uno que me ha llamado la atención fue el de extra en películas de vaqueros, los spaguetti western.

Bueno, sí.

¿Cómo fue aquello?

Bueno, los peruanos íbamos a almorzar, a comer a un restaurante que se llamaba Don Vito. Y pasaron por ahí unos señores buscando tipos medios raros para una película que se llamaba “América de noche”. Todavía me acuerdo. Entonces comenzaron: “A ver, qué les parece, son cinco mil liras por día y comida. Pero hay que partir temprano, y ya nosotros les diremos hasta qué hora”.

Había que ir a un lugar que se llamaba Cinecittà, donde hacían las películas. Y, bueno, cayó muy bien. Se hizo una faena linda, porque hacía tiempo que no teníamos un billete de diez dólares. Estuve en dos películas. En la segunda me mataron a los pocos segundos. Yo feliz, porque pude descansar más.

Usted estuvo en Francia cuando empezó el llamado Boom Latinoamericano.

Sí, sí.

¿Diría usted que este fenómeno, que es básicamente literario, también impulsó las otras artes, las artes plásticas?

Yo creo que eso vino con el fenómeno de Fidel Castro y la revolución cubana. El latinoamericano tenía un lugar en el mundo, se le respetaba. Y París, que es muy acogedor de estas cosas intelectuales, nos adoptó.

El artista no la pasaba mal, uno tenía muchas cosas. Primero, las compañeras, las amigas, el amor; era un festín, todo muy lindo. Yo creo que la única dificultad que había era que París estaba en guerra en esos tiempos con Argelia. Y eso era una gran dificultad para nosotros, que andábamos deambulando y tratando de comprar una baguette.

¿Cómo vivió los eventos de mayo del 68? ¿Dónde estaba usted?

Yo estaba muy muchacho. Eso fue tomado por los estudiantes del mundo y por los franceses especialmente. Era una batalla que comenzaba a las seis de la tarde y terminaba como a las seis de la mañana. A mí me tocó tener que trabajar en Bellas Artes. Ese fue mi rol. Éramos ayudantes de la prefabricación de afiches, y, claro, también salíamos a pegarlos en los árboles. También hacíamos de ayayero de los chicos que marchaban. Y claro que vi cosas atroces, como que algún compañero recibía el disparo de una bomba lacrimógena en el ojo.

¿Fue muy amigo de Manuel Scorza?

Sí, hubo una amistad muy cercana.

¿Qué sintió cuando él falleció?

Algo que no se podía reemplazar con la tristeza. Era una ausencia, alguien a quien uno estimaba, admiraba, y de pronto desaparecía, de la manera más terrible, en ese accidente.

Scorza decía de usted: “Gerardo Chávez es uno de los más inquietantes, luciferinos y notables surrealistas latinoamericanos. ¿Le gusta esa definición?

Bueno, me guste o no me guste, la gente tiene que ser libre de pensar o escribir sobre el artista. Hace cuatro años hice una exposición, mostré todos los cuadros que había dejado en el Perú. Era una exposición donde habían más de 200 obras, en el Museo de la Nación. Y, bueno, me quedé asombrado un poco porque ningún crítico de arte habló. Nadie dijo: “Yo pienso esto o lo otro”. Y me dio mucha pena que nadie haya tenido la visión de criticar, para mal o para bien, pero algo tenía que haber, porque Chávez no es perfecto.

¿Usted espera eso? ¿Usted espera que haya críticas a su trabajo?

Yo no espero, pero es muy interesante. Porque la crítica revela un poco lo que piensa la gente de uno. Y es importante que el mensaje que uno trae sea compartido. Uno quiere compartir sus etapas, sus momentos, porque la pintura para el pintor llega a ser su lenguaje, llega a ser su verbo, llega a ser su todo. Entonces, cuando uno transmite, uno espera que por lo menos alguien diga: “Bueno, yo encuentro que la pintura de Chávez está mala por acá, o tiene la virtud de hacer esto”.

¿Y qué siente cuando algunas personas dicen: “Chávez es un pintor erótico, muy inspirado en la sexualidad”?

Bueno, yo no estuve nunca contra el erotismo, para comenzar. El erotismo siempre lo sentí como una cosa viva, sinónimo de vida. Entonces, la verdad es que yo no presto atención a esos dichos, porque cuando hay una cosa de esas, voy a buscar un huaco de esos, maravillosos (se ríe) Es que eso es muy vital. Muy vital en el ser humano. Pero no es que uno haga las cosas pensando en el sexo. Para mí, por ejemplo, casi todas las formas son fálicas, porque las veo y las siento fálicas.

Es parte de su observación.

Sí, de las vivencias. Si eso fuese una condena, una cosa mala, bueno. El erotismo es algo natural, como lo veían nuestros antepasados, que hacían sus huacos de chicha, pero en forma de falo. Y lo hacían sin pretensión, sin firmar, sin decir esto lo hizo Juan o lo hizo Chávez. No, era una acción colectiva.

¿Diría que el arte sana heridas? ¿A usted, por ejemplo, lo ayudó con su pasado, con la pérdida de su madre?

Yo creo que hay mucho de eso. Yo comencé a analizar eso cuando ya tuve mis veinte años, cuando estaba en el barco rumbo a Europa, cuando tenía dificultades. Se me presentaban una serie de recuerdos, comenzaba a sentir que estaba sufriendo por algo o por hambre, o por el pantaloncito que no tuve o por los zapatos. Uno todo lo retiene. Te voy a decir que yo no sabía utilizar eso, porque eso hace parte del dolor.

Y cuando me di cuenta de que la creación tenía mucho dolor, dependía de mucha fuerza, de sufrimiento, eso comenzó a ser una luz para mí. Hasta ahora siento que soy un hombre que esta sanando sus heridas. Y todo mi arte, la mayor parte, un 90 por ciento, proviene de recuerdos sufrientes.

Usted cuenta que el famoso terapeuta Saúl Peña le dijo alguna vez: “Gerardo, tú no necesitas psicoanálisis porque basta con las pinturas que has hecho”.

Me entendió muy bien, y como somos amigos me dijo eso. Entonces, mira, hace mucho que yo comencé a sentir, al interior de mí mismo, una serie de convulsiones maléficas que yo tenía que…

…expulsar.

No, hacerlas transparentes, sublimarlas, y en eso me he encontrado, estos 15 o 20 últimos años.

¿Usted se imagina un mundo sin juguetes?

Eso casi no lo he pensado, para mí un juguete podía ser una piedra simple, que uno tira a un río y hace que el agua forme ondas. Nunca me inquieté por los juguetes porque yo mismo hacía mis camioncitos, mis carritos.

¿Ahora mismo compra juguetes para su colección?

Bueno, es excepcional, sí, pero hay mucho… Por ejemplo, ahora mismo acaban de traerme unos juguetes, que ya no pertenecen a la idea del museo que tengo, porque son como de fábricas que se organizaron después de la guerra para hacer muchas piezas. Pero los de antes de la guerra son intervenidos a mano.

Son los que a usted le interesan.

Claro.

¿Cuál es el juguete más valioso de su colección?

Mira, no hay uno. Hay muchos, sí. Entre esos muchos prefiero sentir que todo es una masa. El otro día saqué un carrito que había comprado en París, en el mercado de pulgas. Pero ese carrito ya es una copia, porque después de la guerra sale la famosa Barbie y todas esas cosas, y ya se industrializa todo. Y hace que justamente el niño actual no conozca a los juguetes hechos a mano.

Usted es de Trujillo y el norte del país tiene esta predisposición por creer en chamanes, en curanderos, ¿qué piensa usted de ese universo, de ese mundo?

Sí, bueno, yo conocí a algunos curanderos, a don Pablito, a El Tuno. Hicimos una amistad muy bonita con El Tuno, era muy campechano.

¿Y usted cree en estas cosas? En esta idea de sanar con elementos de la tierra.

Te puedo decir que no. Pero tengo una gran admiración por la gente que se consigue una fe, para estar junto a estas cosas, que se hicieron, que sanaron, que esto, que el otro. Tienen una fe de seguir viviendo y entonces ellos se agarran de cualquier cosa. Pero yo no. Yo no, ¿por qué? Creo yo porque tenía en mí eso de ser artista.

Le pasa lo mismo con los ritos católicos, ¿no? Usted no es católico, pero le gustan las expresiones católicas, los ritos.

Sí, claro. Es muy curioso. Yo era hasta campanero del pueblo. Aprendí, por lo menos, que había tantas campanadas para cuando moría un niño, tantas campanadas para un adulto, tantas para una mujer, para una viejita.

¿Qué piensa de los museos actuales, de la gente que va a los museos en la actualidad?

Que son muy pocos.

Además de que la gente ya no ve los cuadros, ¿no?

Sí, pero los ve a través del celular, y ve por nombre, como una lista.

Vamos a terminar con una frase que usted pone en el libro. Dice “puedo ser egoísta con las personas que más amo porque vivo entregado a mi pintura. No hay nada más importante que eso”. ¿Su familia ha comprendido esa entrega incondicional a su trabajo?

Mi familia está bastante dispersa. Los hermanos de padre y madre ya fallecieron. Yo muchas veces me pregunté si tenía familia, y la familia mía es la gente que se comunica con mi pintura. Esa es mi familia. Y también están mis hijos, que hacen la familia de casa.

Hay una cosa muy linda en ellos, y es que jamás dicen “yo soy hijo de Gerardo Chávez”. No, ellos con mucha discreción llevan el éxito de su padre. Mire, es muy bello cómo un artista viene madurando, depurando cosas, como el odio, la envidia, los celos, uno se convierte en un hombre nuevo.

Vaya.

Sí, uno inconscientemente viene trabajando su alma. Yo, por ejemplo, ya no sé mentir.

¿No sabe?

No sé mentir. Yo llego a mi casa, bueno, y si he hecho algo por allí, siempre me descubren (se ríe). Así cambia uno, con el tiempo.

El erotismo según Chávez

El erotismo siempre lo sentí como una cosa viva, sinónimo de vida. Es que eso es muy vital. Muy vital en el ser humano. Pero no es que uno haga las cosas pensando en el sexo. Para mí, por ejemplo, casi todas las formas son fálicas, porque las veo y las siento fálicas (...) El erotismo es algo natural, como lo veían nuestros antepasados, que hacían sus huacos de chicha, pero en forma de falo.