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Chile: cuando los partidos agonizan

La Republica
José Rodríguez Elizondo

Llamó mi atención el titular del diario español El País, el lunes pasado: “La ultraderecha y la izquierda se disputarán la presidencia de Chile”. No era muy ortodoxo. Pícara mente mezclaba la información con la discriminación, para decir que José Antonio Kast era un ultra y Gabriel Boric, un izquierdista común. Lo notable es que, según su Libro de Estilo, tal sesgo tenía legitimidad ideológica. En su glosario la voz ultra significa “extremista de derechas”. Otros medios fueron más ecuánimes. Para el Washington Post, Kast representaba la “extrema derecha” y Boric “la extrema izquierda”. Para The Economist, este era la “izquierda dura” y aquel la “derecha dura”. Ambos eran “extremistas” con referencia al sistema chileno de partidos.

Ilustración: Edward Andrade

Es la culminación de una decadencia democrática anunciada. Durante el gobierno de Ricardo Lagos, sostuve que las izquierdas renovadas estaban renunciando a la docencia social y que el país era “un caso de subdesarrollo exitoso”. Mal cayó ese análisis en el oficialismo. Pero, en el corto plazo, el legado transversal de Patricio Aylwin se desvaneció, Lagos firmó como nueva la muy reformada Constitución de Augusto Pinochet y emergió como su sucesora Michelle Bachelet, carismática admiradora de Fidel Castro.

Los refundadores

La irrelevancia de las izquierdas renovadas contagió a las derechas rocosas y ello cuajó en gobiernos repetidos y alternantes: dos para Bachelet y dos para Sebastián Piñera. En su decurso, el desarrollo económico fue opacado por nuevas desigualdades, con la protesta sonora de una nueva generación, que no conoció la tragedia de Salvador Allende, la dictadura de Augusto Pinochet ni el socialismo real.

Como efecto inmediato, los partidos perdieron sus anclajes sociales y fueron desbordados desde las fronteras del sistema. En ese proceso, el violento estallido de 2019 potenció el antes negado terrorismo en la Araucanía, el narcotráfico expandió sus redes, la pandemia llovió sobre mojado y el presidente Piñera perdió gobernabilidad estratégica.

Para salvar los muebles, el Ejecutivo y el Congreso abrieron paso a una Convención Constituyente que, liderada por antisistémicos variopintos, llegó para refundarlo todo. Como contrapunto, los ciudadanos moderados parecían personajes proustianos, en busca del centro perdido.

Extremista boric al trasluz

Gabriel Boric (35, diputado, sin título profesional, tatuajes varios) es un extremista de izquierda que insurgió como líder estudiantil. Libre, por tanto, de ese marxismo-leninismo que re quiere estudio y mucha fe.

Tiene el talante de los niños bien que se por tan mal y generan un Síndrome de Estocolmo en los izquierdistas envejecidos. Lo suyo es la simpatía juguetona, la asertividad de corto plazo, la agresividad en las redes sociales, la violencia de las “funas” y la buena relación con los periodistas predicadores.

Desde esa trinchera, más que tesis socioeconómicas, lo suyo es un conjunto de sentimientos. Está contra los “superricos”, los carabineros, el Estado de Israel y la abultada “dieta” de los parlamenta ríos. Está a favor de los “presos de la revuelta”, la paridad de género, la diversidad sexual, el retiro de fondos previsionales, el Estado plurinacional y la “democratización de las Fuerzas Armadas”.

De algún modo, es el líder-placebo de la aplastada transición al socialismo de Allende, con el apoyo de un Partido Comunista que ya no es el que fue. Es decir, el que entonces sostuvo la institucionalidad, en durísima lucha con el extremismo castrista.

Viraje hacia el centro

Hasta antes de las primarias, Boric asumía con altivez sus desplantes y errores, dado que la presidencia era una utopía. Podía excusar la violencia con la injusticia social, maltratar a los uniformados, ignorar a los expertos económicos, visitar terroristas en el extranjero, apoyar a los constituyentes refundadores y asumir como “presos políticos” a los vándalos, saqueadores e incendiarios del estallido.

La cosa cambió cuando su éxito en las primarias le saltó a la yugular. Como precandidato a jefe de Estado, debió proyectarse más allá de la tribu. Tras la primera vuelta, debió asumir que, para ganarle a Kast, tenía que moderar gestos y libreto. Así, hoy enarbola la bandera chilena, eliminó las banderas mapuches, pone distancia con los dictadores de la región y trata de soslayar la relevancia del Partido Comunista. Por cierto, ya sabe que las derechas resucitaron como Lázaro en el nuevo congreso, equilibrando la correlación de fuerzas que se da en la convención.

En este trance ha sumado el insólito apoyo de Roberto Thieme, exjerarca de la histórica y ultranacionalista Patria y Libertad. Además, cuenta con el apoyo, por default, de las humilladas izquierdas de la fenecida Concertación y con el complicadísimo respaldo del expresidente Lagos. Lo más complejo le será sugerir a Nicolás Maduro que no lo trate como “compañero” y reconocer que la plurinacionalidad retórica, que avala, atornilla contra el interés nacional.

Extremista Kast al trasluz

Kast (55, exdiputado, abogado, 9 hijos, cuello y corbata) es un extremista de derecha que no quiso asumir el pragmatismo de los partidos del sector. Fundó partido propio cuando aquellos dejaron de defender la dictadura de Pinochet, se resignaron a la prisión de los militares condenados por violación de derechos humanos y cedieron ante la fuerza laica de la revolución feminista.

En esa línea, y pese a los guiños del COVID-19, mantiene su fe en la subsidiariedad económica del Estado. Además, como católico militante, sigue estando contra el aborto, contra el matrimonio igualitario y prefiere que los hijos tengan padres de distinto sexo. Ha sido víctima de “funas”, con golpes y amenazas pero, gracias a su mezcla de sangre fría con buenos modales, suele desarmar a los periodistas predicadores.

Bajar el tono

Lo fundamental, en el éxito de Kast, ha sido su dura crítica a los izquierdistas que soslayan la violencia real y al gobierno, por no enfrentarla con la fuerza legítima del Estado.

Desde ese talante, supo decodificar tanto el rechazo a los partidos como el miedo imperante. Mientras Elisa Loncón, presidenta mapuche de la convención, celebraba el estallido de 2019 como una especie de Big Bang y decía que “la violencia es estructural”, Kast entendía que atentaba contra trabajadores y emprendedores, contra la mayoría social y contra los electores con reflejos democráticos.

Según los que saben, las cifras del domingo pasado le dieron la razón. Parece claro que Chile quiere seguir siendo Chile y que la mayoría refundadora de la convención perdió su trono de hierro. Por eso, a la inversa de Boric, no está obligado a cambiar su guion, sino a bajarle el tono. Concluyendo, lo que hay que refundar en este sur no es el país. Son los partidos políticos, que nos tienen a todos en modo “malmenorismo”, como hace poco en el Perú.

En lo personal, esto me obliga a lo que dijo mi profesora de pilates, mientras me torturaba: “Yo votaré por el menos peor”.