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Domingo

Hockey femenino: corazón ganador

A inicios de octubre, las jugadoras de la selección femenina de hockey lograron la primera medalla de toda su historia. Mientras se alistan para la Copa Panamericana que se realizará en 2022, conversamos sobre el camino que las condujo hasta ese oro memorable y de las barreras que sortearon.

La Republica
En la gran final, Perú venció 2 - 0 a Trinidad y Tobago, con anotaciones de Alonso y Montes. Foto: difusión
Luis  Paucar

Mucho tiempo antes de que lograran la histórica presea de oro del Panam Challenge 2021, las jugadoras de la selección femenina de hockey salpicaban entre canchas de fútbol y lozas improvisadas en busca de un espacio de entrenamiento. Lo recuerdan este mediodía de miércoles, a través de una videollamada por Zoom. Había momentos en que se ejercitaban en una plataforma de la Costa Verde o en las instalaciones del colegio Markham, pero el stick –ese utensilio para ejecutar las jugadas– se desviaba al aire, la pelota se trababa, y algunas de ellas incluso terminaban lesionadas o ensangrentadas.

El hockey era una disciplina sin protagonismo al punto que, tras varias décadas de ausencia, recién en 2013 se había vuelto a convocar a un cuadro femenino. Entonces, también, se implementó una primera cancha de arena que, ubicada en Chiclayo, facilitó la preparación para los Juegos Bolivarianos y la planificación de microciclos de entrenamiento cada verano. Dos veces por año, además, las jugadoras viajaban al norte para los certámenes nacionales que se jugaban allí. Coincidían con sus respectivos clubes: el San Silvestre Sport, el Lima Cricket, el OMA Hockey y el Mater Admirabilis. Conquistar esos avances fue casi un movimiento.

—Antes de eso, nuestra apuesta partía por puro amor a la disciplina— dice Camila Méndez, graduada en Administración y negocios internacionales, y capitana del equipo.

—Era demasiado demandante— matiza Gretell Mejía, seleccionada y licenciada en Marketing—, pero creo que, por la perseverancia de todas, el hockey femenino se puso en agenda y ahora voltean a mirarlo. En 2019, tres meses antes de que iniciaran los Juegos Panamericanos, las jugadoras empezaron a entrenar en canchas oficiales para su deporte, construidas en el Complejo Deportivo Manuel Avelino Cáceres de Villa María del Triunfo (VMT). Allí perfeccionaron su técnica para alcanzar esa hazaña de inicios de octubre. Y allí, dirigidas por Patricio Martínez, se preparan tres veces por semana para la Copa Panamericana 2022 que se realizará en Chile y en la que buscan acortar brechas.

—Por eso decimos que este es un momento clave para masificar el hockey y, sobre todo, para volverlo más accesible a los jóvenes —sigue la capitana—, este deporte ya ha dejado de ser ‘exclusivo’ de algunos colegios. Es momento de dejar esa mirada separatista. Desde hace mucho, en silencio, las campeonas vienen dictando clases en La Victoria, San Juan de Lurigancho y VMT, junto con el Instituto Peruano del Deporte (IPD). Quieren romper el prejuicio en torno a una disciplina que, por su tradición, ha sido catalogada como elitista, descubrir a nuevos talentos para encausar su preparación y ratificar con ello que el deporte es una potente herramienta de transformación social y una actividad formadora.

“La idea de realizar clínicas en estos distritos va también por transmitir que en el país no solamente existe fútbol y vóley —apunta Mafer Jiménez, seleccionada y estudiante de Comunicación para el desarrollo—. Creo que este reconocimiento es una bonita tribuna para hablar de igualdad, inclusión y protagonismo de la mujer”. Es la historia de un equipo que, pese a ser relativamente nuevo y tener posibilidades restringidas, alcanzó la primera medalla dorada de su historia. Seis de las diecisiete jugadoras que lo consiguieron se encuentran en la videollamada. Han hecho una pausa en su rutina.

Está Méndez, la capitana de 24 años que inició en el hockey a los 11 y llegó a la selección cuatro años después; Mejía, que tiene 27, juega desde los 12 y entró al conjunto en 2012; y Jiménez, de 21, que juega desde los 10 e integra la selección desde 2017. Está, también, Nicole Cueva, estudiante de Periodismo deportivo, jugadora desde los 9 y seleccionada desde los 16; Paloma Larrañaga, la menor –aún cursa la secundaria–; Solange Alonso, uno de los refuerzos extranjeros que anotó un punto en esa final memorable –tiene 20, estudia Contaduría pública y vive en Argentina–; y Mikaela Tannert, que acaba de terminar el colegio y fue seleccionada este 2021 a sus 18 años. La mayoría se conoce desde las aulas del Mater Admirabilis, su casa de estudios. “Somos una generación fresca —señala Cueva—, hay chicas de entre 16 y 30 años, tenemos mucho optimismo y estamos dispuestas a todo como desde el inicio; esa unión ha sido lo más bonito del deporte, juntas hemos sobrellevado varias cosas”.

Dos de ellas contrajeron coronavirus, por ejemplo, pero se recuperaron a puertas de retomar los entrenamientos presenciales en VMT y la Videna, tras un prolongado período en que se volcaron a la virtualidad: de enero a septiembre de 2020, y de diciembre de 2020 a mayo de 2021, las campeonas entrenaron vía Zoom. Es probable que ningún espectador haya reparado en ese dato el día en que, frente al cuadro de Trinidad y Tobago, ejecutaban una mezcla de aeróbica, agilidad y fuerza: después de las futbolistas, las jugadoras de hockey son las atletas que más se desplazan en la cancha (pueden llegar a correr hasta 10 kilómetros en 70 minutos de juego).

“Más aún, era un rival desconocido —interviene Jiménez—. No habíamos visto partidos en YouTube para analizar sus tácticas, pero era oportunidad de nuestra revancha”. Tres años atrás habían perdido contra Paraguay y Brasil —y ahora les habían ganado. En la fase incial del Panam Challenge 2021 habían sido derrotadas por las trinitenses, pero estaban a punto de terminar campeonas y conseguir una hazaña reivindicativa del poder femenino. Las vimos elevar las manos al cielo, enfundarse en abrazos, dar saltos por el campo y celebrar hasta las lágrimas al ritmo de Contigo Perú. Era la postal definitiva de un camino transitado con disciplina y resiliencia, pero, sobre todo, con fraternidad.