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Humberto Guerra: una vida para la ciencia

El microbiólogo peruano que despegó su carrera con estudios de la brucelosis y, entre otras cosas, persiguió armas químicas en Pakistán acaba de ser reconocido con el Premio Campodónico 2021.

La Republica
Su reconocimiento más reciente ocurrió a inicios de setiembre con el Premio Esteban Campodónico 2021. Foto: difusión
Luis  Paucar

Cinco décadas atrás, el estudiante de Medicina Humberto Guerra Allison se volcó al estudio de la brucelosis, una infección bacteriana originada en gran medida por el consumo de queso fresco elaborado con leche sin pasteurizar. Para recibirse como médico cirujano, se enfocó en estudios inmunológicos y consideraciones clínicas de esta zoonosis, cuyos focos en Perú, según la Organización Panamericana de la Salud, están en Lima, Ica y Callao (con 95% de casos notificados). Guerra se convirtió en un explorador de la Brucella melitensis, la especie que más desencadena esta enfermedad.

Mayor de dos hijos, metódico y estudioso desde la infancia, había iniciado la carrera de Medicina en San Marcos, pero al segundo año de cursarla se trasladó a la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Integró la primera promoción de esa casa de estudios. Ahora, Guerra es un octogenario reverenciado: entre otras cosas, cofundó y dirigió el Instituto de Medicina Tropical Alexander von Humboldt, participó en trabajos de investigación comunitaria para enfermedades como la verruga peruana, la lepra, la tuberculosis, la tifoidea, el zika y otros males prevalentes en el país. Abstraído en su laboratorio junto a un microscopio, se dedicó a mejorar los métodos diagnósticos y a entender los mecanismos de virulencia de estos patógenos. PhD en Microbiología, doctor en Medicina y autor de numerosas publicaciones científicas –algunas de las cuales aparecen en el archivo universal de literatura biomédica–, el rastreador de microorganismos ha asesorado a decenas de estudiantes y formado a numerosas generaciones de investigadores, ahora repartidos por el mundo.

De su vasta colección de anécdotas, una parece salida de la ficción. Ocurrió en 1981. Es un episodio que este mediodía lo ha hecho tomarse la cabeza y susurrar: “¡Uf, qué tiempos!”. En aquel año, el doctor Guerra fue incluido en una comisión de expertos internacionales enviada por Naciones Unidas a Tailandia y Pakistán para investigar el uso de armas químicas por las tropas soviéticas. Junto al equipo muestreó el polvo amarillo procedente de Laos y halló indicios de sustancias sintéticas como el polietilenglicol y el sulfato de laurilo. “La gente estaba asustada –recuerda–, algunos presentaban vómitos, infecciones respiratorias, problemas digestivos, y unos cuantos fallecían”. En esa zona descrita como la más peligrosa del mundo, Guerra también visitó hospitales y vio a niños que habían quedado mutilados por bombas en forma de juguete. Por estas cosas, le gusta decir que uno de sus mayores logros es haberse ensuciado los zapatos.

Su reconocimiento más reciente ocurrió a inicios de setiembre con el Premio Esteban Campodónico 2021, organizado por la Universidad de Piura y la Fundación Clover. Es el motivo de esta entrevista, pero ha empleado la tribuna para reivindicar el papel de la ciencia en Perú, un país que le es indiferente. “Se ha perdido bastante el convencimiento de que es absolutamente necesaria y se ha relativizado su importancia –ha dicho–. Si no se toma en serio a la ciencia, el mundo no camina”.

Es padre de cinco hijos –tres biólogos, un diseñador de hardware, un fotógrafo– y esposo de Elena Giráldez, a quien conoció en un paradero cuando él era interno de medicina y ella, enfermera voluntaria de la Cruz Roja. Quienes lo conocen cuentan que nunca lo han visto con corbata. Dice que se jubiló en 2010 y, desde entonces, su memoria se ha vuelto más frágil. “La idea de dejar el Perú nunca cruzó por mi cerebro –apunta–. Uno, porque aquí se puede trabajar y prosperar; y, por otro lado, porque aquí está toda mi familia”. Luego enfatiza en la prevención de futuras pandemias y encara al movimiento antivacunas, que tantas muertes ha causado. No es un académico tibio. Habla sin aspavientos porque la ciencia le ha trazado el camino.