César Hildebrandt: “Siempre he creído en la belleza del pesimismo”

César Hildebrandt habla con Domingo sobre Confesiones de un Inquisidor, su libro de memorias. La poesía, la política, el periodismo y su historia de vida son los protagonistas de esta conversación.

Compañeros. César Hildebrandt y su esposa Rebeca Diz, coautora de las memorias del periodista. Los acompaña Óscar, su mascota. Foto: César Zamalloa.
Compañeros. César Hildebrandt y su esposa Rebeca Diz, coautora de las memorias del periodista. Los acompaña Óscar, su mascota. Foto: César Zamalloa.
Emilio Camacho

“No sé si hemos inventado un género”, dice César Hildebrandt cuando le consulto por la estructura de su libro de memorias. No es un relato clásico sino un volumen construido en base a 29 entrevistas concedidas por el periodista a su esposa y socia, Rebeca Diz. Empezaron con estas sesiones en noviembre de 2017, durante el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, y concluyeron en abril de 2020, cuando la pandemia mantenía bajo confinamiento a todo el planeta. Aquí están los adversarios del temido columnista y sus inicios como reportero. Están también los programas de TV en los que brilló y a los que renunció sistemáticamente, como si tuviera que repetirse una y otra vez. Están sus proyectos editoriales: La revista Sí, el diario Liberación, al que asumió como una misión, y su actual semanario: Hildebrandt en sus trece. Es un autorretrato acompañado de afectos y pasiones, el resumen de un largo camino.

¿Por qué las conversaciones de su libro de memorias empiezan un 3 de noviembre? ¿Hay ahí una clave, un enigma o es simplemente el azar?

No, es el azar.

Es un formato inusual para presentar unas memorias.

Sí, lo que pasa es que yo soy renuente a hablar de mí mismo. Soy huraño y no muy sociable. Entonces se nos ocurrió que, preguntándome, cuchareándome, sonsacándome, se podía llegar a algo y que la persona más indicada para eso...

Era Rebeca.

Sí, porque no solo es periodista, sino que también es mi esposa y también es mi socia, y también, digamos, es el centro de mi vida en muchos aspectos. Entonces, claro, esta es casi una fórmula de memorias orales.

Cuando habla de su familia, de su abuelo periodista, de su madre como lectora voraz, de la cultura de su padre, afirma que siempre tuvo claro que el periodismo iba a ser su meta. ¿Cuándo tuvo esa certeza?

Cuando me encargaron hacer el álbum de mi promoción del colegio militar como editor. Cuando a alguien se le ocurrió que yo debía presidir un club de oratoria. En fin, uno no siente la revelación de su destino ni la epifanía del oficio, sino que yo tenía el instinto de escribir. Y a esa edad yo suponía que el periodismo era una suerte de buen escenario para escribir. Y nada más. Al final, de repente, me equivoqué, no lo sé.

¿Fue un jovencito mimado que creció entre mujeres?

Sí. Mimado. Que crecí entre mujeres y que deseo ser mimado, aunque no entre mujeres, sino suprimiendo el plural.

Ahora, afirma que el hecho de haber crecido en una familia disfuncional, que no estaba dentro de los cánones de la época, con medios hermanos en otra casa, para usted fue indiferente. ¿En verdad nunca le importó ese hecho de su biografía?

No, no. De modo inconsciente probablemente me creó algunos problemas identitarios, no lo sé, pero nunca los admití, nunca los asumí como conscientes. Nunca me lastraron, nunca me impidieron nada, pero, claro, deben haber hecho su trabajo roedor discretamente. Porque nadie sale totalmente impune de una experiencia así. Lo que pasa es que, digamos, no se convirtieron en un impedimento ni en un hándicap.

Pero, en todo caso, poniéndonos en ese momento, en esa Lima chismográfica, ¿no le interesó lo que dijeran sobre su familia?

No, para nada. En un momento dado de los años ochenta, alguien hizo un comentario al respecto y la verdad es que no me ofendí ni me afecté ni me alteré. Porque siempre fui consciente, mejor dicho, siempre fui claro en el sentido de que yo no tenía que asumir nada. Esa mochila no era mía. Y nunca me erguí como juzgador de mi familia. Nunca me he sentido por encima de la situación. Y nunca esa situación, notoriamente incómoda, desde el punto de vista formal, me afectó, pero, en fin, quizás algún psicoanalista podría indagar más al respecto.

¿Y ha pasado alguna vez por el psicoanálisis?

No, no. Alguna vez lo intenté con alguien que no voy a nombrar, pero después de la segunda sesión me pareció inútil. Me pareció teatral. Me pareció...

¿Una farsa?

Farsesco… que una persona escuchara a otra con el ánimo de establecer un diagnóstico o una especie de seguimiento a un sentimiento de malestar en base a una narración narcisista. Porque de eso se trata. O sea, yo me describo ante el especialista desde mi perspectiva autocomplaciente y el especialista, con la información que puede ser absolutamente errática, que yo doy, crea un escenario terapéutico. Nunca creí en eso. Tuve dos sesiones y dije no, esto no es lo mío.

Volvamos a los recuerdos juveniles. Dice que las migraciones y el caos acabaron con la Lima que usted recuerda con nostalgia. No sé si allí hay un reproche a los peruanos que vinieron de fuera de la capital. ¿Cómo debo verlo?

Como lo que fue. El viejo centralismo, el país desfigurado, el país monstruoso que hicimos no prestó atención a sus provincias. Nunca fuimos un país integrado y, entonces, claro, esta gente copó la ciudad que los despreciaba. Muy bien hecho. Eso es lo que merecíamos. Claro que sí. Era mejor vivir en un cerro próximo a Lima que vivir en un lugar donde la posta médica jamás se haría. Entonces, está claro, esta Lima tugurizada, no viable, es el producto de eso, de lo que fuimos: un país jamás unitario.

En este universo de recuerdos juveniles hay un hecho de violencia: Un sujeto quiso matar a su hermana y usted estuvo allí, muy chico. ¿Qué recuerda de eso?

Ah, sí. Fue muy duro. Bueno, no es que estuve ahí, sino que estuve cerca de ahí y luego sí estuve con mi hermana rumbo a la clínica. Sí, pues. Alguien se enamoró de mi hermana. Alguien se sintió traicionado. Y alguien le disparó y luego se suicidó. En mi propia casa. Y yo que, aún era un niño, estuve muy cerca.

¿Cuántos años tenía?

Tenía 8 años de edad. Y lo que recuerdo es a mi hermana respirando con mucha dificultad mientras íbamos en el coche, rápidamente, con un amigo. Y mi madre había ido al cine. Mi padre no estaba. Claro, después llegaron todos a la clínica. Pero el asunto es que ella se salvó. Por un milagro.

¿Dónde fue el tiro?

El tiro fue en el pecho, la bala rozó el corazón y se alojó en la axila del otro extremo. Estuvo a dos milímetros del corazón. Hizo una trayectoria rarísima. El médico dijo “esto es muy raro”. Mi hermana debió morir y no fue así. Bueno, quizás fue una lección traumática de lo que puede causar el amor obsesivo. Creo que me curé (sonríe).

Afirma que le hemos dado un peso romántico, un poco absurdo, al periodismo bohemio, de cierres de edición que terminan en bares y malas noches. Usted dice que escapó rápidamente de eso, que eso no era lo suyo, ¿por qué?

Nunca me sentí cómodo. Nunca sentí que era mi ambiente. Siempre lo sentí como una pérdida de tiempo, como una tentación vulgar. Me sentía no vulnerable a este tipo de convocatorias.

A ese tipo de gregarismos…

Tragos, confesiones, zalamerías, violencias. No era mi mundo. Yo huía de eso porque tenía un propósito, que era -no sé cómo suene, ni me importa- formarme.

Suena bien.

Mi propósito era leer. Yo estudié en la Universidad César Hildebrandt. Fue la única que tuve. Claro que a veces caí, igual que Zavalita con Norwin en Conversación en la catedral, desde luego. Pero no era, digamos, mi oficio el de la noche.

¿Celebró la derrota de Estados Unidos en Vietnam?

Yo quisiera ser absolutamente sincero. Fue algo lento, un proceso lentísimo. Las conversaciones de París duraron años. Yo recuerdo el proceso como algo muy complicado. Pero, claro, en resumen, la guerra fue uno de los errores más estúpidos de la política exterior norteamericana y, desde luego, el triunfo vietnamita fue un triunfo bienvenido. Sin embargo, estaba demasiado lejos como para entusiasmarme de un modo así, tan emocional. Fue muy importante que los Estados Unidos no vencieran en Vietnam. Pero no fue algo decisivo para mi generación. No tuvo la repercusión que tuvo Cuba o que tuvo la experiencia de Allende o que tuvo, ya no como testigo sino como lector, la revolución mexicana. O el papel del APRA en el Perú. Pero sí, fue importante que perdieran.

¿Celebró la llegada de los militares al poder en el 68? Usted habla de una casta muy conservadora de viejos militares que ensayó un gobierno de izquierdas.

Sí, pero no olvidemos la causa de esto. Vamos a ver, los militares dan el golpe del año 68 para evitar un movimiento subversivo, que había tenido ya sus anticipos con Hugo Blanco, con el ELN de Béjar, y con una serie de movimientos de reivindicación, sobre todo en la sierra, que podían augurar para la inteligencia militar algo más consistente. Y no olvidemos que el año 68, Cuba exportaba inconformidad y alentaba movimientos insurgentes. El año anterior había muerto Guevara, en la selva boliviana, en un intento de crear, precisamente, el foquismo. Y, entonces, los militares se dan cuenta de que aquí hay un peligro. Y lo que quieren es modernizar el país, citando a Velasco, “quebrándole el espinazo a la oligarquía”, fundamentalmente agraria. Y dan el golpe de Estado en un momento en que, efectivamente, el gobierno de Belaunde se caía pedazos. Había ocurrido la devaluación, había ocurrido el escándalo de la página once, y el gobierno daba muestras de una fragilidad errática. Fue un golpe de Estado, claro que lo fue. ¿Fue un acto de deslealtad del General Juan Velasco Alvarado? Sin lugar a dudas. Pero también es cierto que ese gobierno impulsó una reforma agraria, que, como ha dicho Hugo Neira, le impidió a Sendero insertarse en muchos sectores. La reforma agraria, probablemente, frustró el escenario que Abimael Guzmán había concebido: una pradera incendiada masivamente. Entonces, hay algo que agradecerle al gobierno de Velasco, que fue la reforma agraria. Y también hay que reconocer que fue un intento de establecer ciertos mecanismos democráticos, entre comillas, de igualitarismo social y de manejo económico, también, con muy buenas intenciones y con pésimos resultados.

¿Qué cargo ocupó usted durante el Velascato?

¿Qué cargo ocupé yo?

Sí. Usted estuvo cerca al régimen.

Estuve durante un tiempo en Propiedad Social, trabajando con el ingeniero Ángel De las Casas, en prensa. Fue un paréntesis, y después regresé a Caretas. En Propiedad Social creíamos que era posible crear un régimen de propiedad colectiva mucho más allá del cooperativismo. También fue un fracaso. Fue un fracaso porque fue un adelanto excesivo, una especie de futurismo fallido, porque los trabajadores no entendían la figura.

¿Cuándo terminó por decepcionarse del régimen? ¿Cuándo dijo “esto no camina, esto no está saliendo bien”?

Justamente al estar ahí. Me di cuenta de que no iba a ser posible, porque la contribución de los trabajadores, el aporte de los trabajadores, no se estaba dando. Y cuando entrevisté a Velasco, años después. Él me dijo lo mismo. Él me dijo que su gran decepción, precisamente, habían sido los trabajadores que desaprovecharon la reforma agraria en las cooperativas y en las SAIS (Sociedades Agrícolas de Interés Social); sobre todo en las Cooperativas Agrarias, donde tuvieron una conducta absolutamente equivocada. Él se sentía fundamentalmente traicionado por la gente que había querido favorecer.

En 1980, usted viajó a Cuba a cubrir un momento importante. Miles de cubanos entraron a la embajada peruana desesperados por escapar de la isla y usted logró fotografiarlo todo. Entiendo que estuvo a punto de ser apresado y capturado por el régimen castrista. ¿Cómo fue ese episodio?

A mí me falsificaron un pasaporte diplomático, un amigo de la cancillería, así que yo salí del hotel rumbo a la embajada. Pasé dos o tres tranqueras de la Policía Nacional Revolucionaria; enseñé el pasaporte, me dejaron pasar. Me encontré con un cuadro terrible. En mil quinientos metros cuadrados habían 10 mil 500 cubanos. Había un 10% de gente de mal vivir, lumpen, si usted lo quiere, pero había una gran mayoría de gente harta, de jóvenes profesionales, que estaban cansados de la escasez, falta de libertad; y que encontraron una oportunidad de salir de Cuba invadiendo la embajada de Perú, que había sido desasistida de vigilancia por orden de Fidel Castro, después de que un guardia había muerto en una pequeña reyerta. Entonces, yo percibí claramente ahí el fracaso de la revolución cubana. ¿Cómo era posible que entraran tantas gentes apenas se abría una embajada, y tantas gentes del pueblo? No había ahí ni un solo sobreviviente burgués. Era gente que quería dignidad, libertad, trabajo. Me entregaron muchos de ellos cartas para que yo las remitiera a sus familiares en otros lados del mundo, porque tenían gente que ya había fugado de la isla. Era terrible imaginar que la epopeya de la revolución cubana podía a estar terminando así.

Y era claro que el castrismo no lo iba a dejar a publicar esas imágenes.

Claro, yo recibí la visita de un cuadro del partido, que era evidentemente un agente de inteligencia que me conminó a entregar las imágenes, y yo, francamente, temí lo peor, porque ese hombre llegó alrededor de las diez de la noche al cuarto que yo ocupaba en el hotel Riviera y se quedó hasta las cuatro o cinco de la mañana, tratando de convencerme de que como yo no era un periodista conservador, reaccionario, sino más bien decente y progresista, tenía que entender el daño que podrían causar esas fotos a la revolución. Y yo lo que le decía es que esas fotos estaban ya a buen recaudo en una embajada y él no me creía y él me decía que estaba seguro de que yo podía ayudar y había mucha presión.

¿Y cómo consiguió sacar las imágenes de La Habana?

Concertamos, precisamente, con diplomáticos de la embajada para entregárselas a una embajada europea. La embajada europea, mediante valija diplomática, las envío hacia Lima. Así fue, así sacamos los rollos, porque eran rollos.

No eran memorias USB, claro.

Eran todavía las fotos de revelado químico.

¿Por qué la guerra con Chile le interesa tanto? Dedica páginas enteras de su semanario a un hecho que ocurrió hace más de 140 años.

Bueno, porque creo que es el momento en que el Perú demuestra su mayor debilidad, su división, su desintegración, el papel miserable de su clase dominante. Y la derrota no es sino consecuencia de ese país desintegrado, racista, dividido. Y yo lo he dicho más de una vez: la clase dominante en Chile construyó un país; la clase dominante en Perú saqueo un país. La clase dominante que construyó un país logró ganar la guerra; la clase dominante que siempre saqueó un país perdió la guerra. Al final los que sacaron la cara por nosotros fueron un serrano llamado Andrés Avelino Cáceres Dorregaray y unos cholos magníficos y unos indios aún mejores que fueron la guerrilla de la resistencia en la guerra de la Breña. Y eso es toda una lección: la guerra con Chile es la síntesis de la tragedia del Perú. Está compactado en ese escenario todo lo que pudimos ser y lo que no quisimos ser. No es la guerra, no. Es lo que estaba detrás de la guerra. La guerra con Chile es el momento en que el Perú desnudó, sus carencias y sus miserias. Por eso me importa tanto.

Así que es una especie de advertencia.

No es un espíritu de revancha. Yo admiro a Chile. Y yo creo que tenemos mucho que aprender de ellos.

¿Recita poesía con frecuencia? ¿La recita en el día a día, en las cosas cotidianas de la vida?

Sí, sí, parezco un loco. Felizmente nadie me graba.

¿A quién recita?

Tengo esa manía, más que de recitar, de citar poesía que memoricé, que me gusta. Yo tengo una relación muy próxima con la poesía; como lector, como consumidor, como devorador. Porque vinculo mucho la música con la escritura, y la buena poesía tiene mucho de música. Por eso es que me fascinan los endecasílabos, los sonetos endecasílabos. Aunque Neruda tienen sonetos alejandrinos también. Pero, en resumen, amo la poesía porque es lo más próximo a la sabiduría. Porque es lo más hermano de la intuición; mágica, ventral, inexplicable. Lo otro es ciencia, qué aburrido.

Lo dice con mucho desdén.

Lo digo con absoluto desdén. Mire a dónde nos ha conducido la ciencia. No podemos ni con un virus de segunda.

¿Y a quién cita con más frecuencia?

Depende. Guillén, Hernández, Neruda. Guillén el negro, el cubano. No Jorge Guillén, sino Nicolás Guillén. Vallejo, Juan Gonzalo, Dylan Thomas, que me parece maravilloso. En fin. Son tics de lector.

Quiero confirmar un dato, ¿entrenó a Mario Vargas Llosa para el debate de la segunda vuelta con Alberto Fujimori?

Ayudé a entrenarlo, sí. Y yo hice de Fujimori. Y, entonces, traté de acosarlo con las intervenciones más injuriosas y más hostiles y más fóbicas, y más canallas. Y, claro, como que Mario no entendía ese ejercicio.

¿Por qué lo dice?

Mario no se imaginaba que Fujimori podía llegar a esos extremos. Por supuesto que se equivocaba, porque lo primero que hizo el señor Fujimori en el debate fue llamarlo Vargas, que ya era una especie de agravio mutilatorio. Y por supuesto que hizo cosas peores que las que yo imaginé ensayando en aquella casa de Jorge Salmón, en Chaclacayo.

Lo que ahora llamaríamos, huachafamente, el media training.

Ahora lo llamaríamos el media training y no sirvió de mucho, ¿no? Mario estaba deprimido ya. Mario tenía la convicción de que el Perú lo había rechazado y no valía la pena seguir intentándolo, porque de ninguna manera iba a obtener lo que él quería, que era una especie de cheque en blanco para gobernar con amplitud. Y a Mario hubo que convencerlo para que no se saliera, porque Mario al día siguiente de la primera vuelta quiso huir.

Tiempo después de la llegada de Fujimori al poder, usted viaja a España y llega al diario ABC. ¿No es este un diario muy conservador? ¿Estuvo tranquilo en ese diario?

A mí me botan de Canal 4 por presión del gobierno, en junio de 1991, y me quedo sin trabajo y me quedo con todas las puertas cerradas. Y me voy a finales del año 91 a España y antes hablo con Luis María Anson, director de ABC, que era mi amigo. Y le cuento la historia y me dice: “Vente, inmediatamente con tu familia, yo te ayudo, ¿cómo no?”. Y me voy. Y me ponen un departamento. Y me ponen sueldo. Y me ponen en la página editorial. Y claro que era un diario conservador y, además, monárquico; y yo no soy ni conservador ni monárquico. Soy izquierdoso, socialistón, y republicano. Pero me tenía que ganar la vida. Y me gané la vida así. Escribía cosas sobre América Latina. Y, además, también escribía críticas para el suplemento cultural. Y a veces escribía notas editoriales firmadas. Fue una buena experiencia. Hice muchos amigos que supieron respetar mis puntos de vista, al igual que yo tuve que tragarme muchos sapos, por supuesto, aguantando la línea editorial.

¿Por qué dice que no le interesa el feminismo?

Porque no lo necesito. Porque yo soy un feminista intrínseco. Porque jamás he hecho distingo alguno entre hombre y mujer. Es más, la mayor parte de mis reporteras siempre han sido mujeres, las he preferido. Son más trabajadoras y más minuciosas, y más persistentes y más competitivas. Esto de que hay que establecer la igualdad… perdóneme, en mi caso es una redundancia pedirme algo como eso. Jamás he creído que puede haber diferencias sustanciales de género. Claro que hay diferencias, maravillosas, que nos permiten querer, casarnos. Pero en razón a rendimiento y trabajo, y producción intelectual, o lo que fuese, me suena tan académico y tan de catecismo esto.

¿Pero no le reconoce nada al feminismo?

Yo no discuto que el feminismo cumple un papel en una sociedad como la nuestra; desde luego, no lo discuto. Lo que digo es que a mí no me concierne. Me siento ajeno. Porque no he necesitado ser feminista para respetar a la mujer.

Tengo una última pregunta. Su libro es un festival de definiciones sobre sí mismo, un titulero agudo estaría feliz por este carnaval de posibles titulares. Le voy a leer algunas. Dice: “Yo creo que una de mis mayores omisiones ha sido una cierta tendencia a arruinar mis placeres, a verlos desde un lado sombrío, a cuestionarme el derecho de ser feliz”. Luego agrega: “Soy un periodista de lucha y una suerte de Quijote de bolsillo derrotado”. Una frase más: “Soy yo un apestado. Es narcisismo, en mi caso, amar a los apestados. Es casi amor propio”. Y la última: “Soy un convencido de que toda vida, de algún modo, todas las vidas terminan en un fracaso, entre lo que imaginaste en la juventud y lo que lograste en la vejez”. ¿Con qué frase se queda usted? ¿Cuál es la que más lo define?

Añadiría una. “Siempre he creído en la belleza del pesimismo”. Hay algo valiente, épico, realista en el pesimismo. Hay algo heroico en el pesimismo. Así como hay algo o desinformado o cursi en el optimismo crónico, de mucha gente. Yo leo mucho a Cioran. Es uno de mis autores de cabecera. Tengo varios de sus libros cerca de mi cama. Y a veces cojo uno ellos. Y Cioran, que era un tipo patibulariamente pesimista, es para mí una fuente de conocimiento sobre el ser humano. Si usted se puede imaginar, Emilio, que estamos en una roca minúscula que viaja a toda velocidad, no se sabe hasta cuándo, en una galaxia ínfima, y que nos creemos inmortales y reyes de la creación en un planeta que hemos hecho agonizar, ¿usted se imagina algo más ridículo que el ser humano? ¿Se imagina algo más parasitario que nosotros? ¿Se imagina ínfulas más desacreditadas que las nuestras? Yo no. Para nada. Tomarse en serio es un exceso. Es tener colesterol en el cerebro. Y claro que todo termina en fracaso, porque al final de cuentas, ¿qué es la muerte, sino un regulador igualitario? La muerte es la verdadera democracia.

Si todo queda ahí, si al final no queda nada de uno mismo. ¿Por qué escribir unas memorias?

Porque todos intentamos no perecer y todos perecemos. Pero la vida justamente es ese aleteo inútil. La vida es justamente esa esperanza adolescente. Una más.