El arte de las damas de Maras

Ni la pandemia ni el olvido puede con las tenaces mujeres de Maras. Agrupadas en colectivos artesanales, están dispuestas a conservar sus tradiciones y lograr un espacio en el competitivo mercado turístico de Cusco.

Ellas son las mejores guías para el circuito por la ruta del apu Marway: Fotografía: Karen Espejo
Ellas son las mejores guías para el circuito por la ruta del apu Marway: Fotografía: Karen Espejo
Roberto Ochoa

Maras puede ser la puerta de ingreso al Valle Sagrado de los Incas, puede figurar en todos los circuitos oficiales de turismo en Cusco, puede aportar su célebre sal como insumo a la gastronomía peruana, pero sus pobladores no tienen acceso al agua potable y la pasaron mal durante la pandemia: su tradición agraria fue el único sustento en medio de la crisis.

Hoy ya se ven pequeños grupos de turistas recorriendo sus célebres salinas y los espectaculares andenes de Moray, pero se pasan de largo y no se detienen para conocer el pueblo. Sus escasos hospedajes sufren el problema de la falta de agua potable, y hasta las agencias de viaje ignoran los célebres portales de piedra que persisten en casi todas las viviendas de Maras como símbolo de su antiguo esplendor urbano.

Para las vecinas de Maras toda crisis es una oportunidad, así que decidieron revitalizar sus asociaciones de artesanas y cocineras e implementar una feria dominical -Maras Makique desde hoy funcionará en la plaza mayor de este distrito, ubicado a solo 40 kilómetros de la ciudad de Cusco.

Demostración de la técnica de elaboración de sombreros típicos. Fotografía: Karen Espejo

Todo empezó cuando Yuri Guevara, heredero de la gran tradición de pintores muralistas cusqueños, convocó a las vecinas para resucitar la artesanía local. Con el apoyo de la organización Nunay (integrada por profesionales que promueven la innovación y el desarrollo de los docentes rurales), la reacción fue inmediata y acudieron las damas de la asociación Sumaq Paq’alla, que trabajan la pasta de sal que se forma en la célebre salinera. Lideradas por Berta Tapia y Jesusa Segovia, ellas elaboran lámparas y candelabros, pero también “parrillas” de sal de uso gastronómico, “cubitos postparto” y la “olla mankacovid”, con eucalipto, molle, matico, romero y ciprés.

También acudieron las agricultoras de las Asociación Maras K’ampa, que desde el año 2002 confeccionan piezas artesanales con panca de choclo blanco, rojo, morado, y anaranjado. No se trata de una técnica ancestral. Fue la iniciativa de una maestra de escuela, María Taco, quien las instruyó en el reciclado de la hoja del maíz.

En el caso de las sombrereras de Maras, se trata de una actividad casi en extinción. Los sombreros llegan desde Cajamarca (son los mismos que usa el presidente Pedro Castillo), pero en Maras son transformados con una copa más alta y un diámetro menor en sus alas. Era un trabajo de hombres, muy pesado, pero cuando falleció el último sombrerero de Maras, sus hijas Alejandrina, Tula y Martha Yañanc Álvarez asumieron el taller como herencia y lo desarrollaron al punto de convertirlo en un emprendimiento matriarcal.

La feria dominical también es una buena oportunidad para probar la comida típica de Maras, como la afamada “merienda”, el rocoto relleno cusqueño, solterito, las chichas amarilla y roja o la célebre frutillada.

Artesanas de Maras K´ampa. Su insumo son las pancas de choclo. Fotografía: Karen Espejo

Caminata ritual

A todo esto se suma un nuevo circuito de turismo rural diseñado por Wilber Uchupe, quien divide sus tareas de agricultor y constructor de casas de adobe con las funciones de guía turístico y porteador. Dirige la Asociación de Turismo Rural Vive Mullakas, integrada por más de 60 vecinas que ofrecen hospedaje (en “casitas calientes” con zona de campamentos), y paseos a lomo de burrito y a caballo por la ruta del apu Marway.

El paseo incluye demostración de técnicas ancestrales de agricultura y ganadería, tejido ancestral y gastronomía.

Pero, por sobre todo, se trata de una ruta que en solo tres horas de camino permite una espectacular vista de los nevados que coronan todo el Valle Sagrado de los Incas hasta el vecino valle de Huarocondo. Una ruta poco conocida, pero no menos espectacular.