Los indeseables

La Republica
Maritza Espinoza

A estas alturas del nuevo gobierno más envejecido de la historia, ya sabemos quién es quién y, casi con seguridad, también qué podemos esperar de cada uno de los actores que juegan día a día en nuestra cancha política y que, a juzgar por el desastre cotidiano que provocan –y que nosotros sufrimos–, pareciera que solo están haciendo el patético cosplay del personaje que les toca, sea el de presidente, de ministro, de parlamentario o de insufrible metomentodo (ya todos saben a quién me refiero).

Al lado de estos señores, los mulderes, vitochos, bartras y sheputs que en el pasado nos parecían francamente lamentables, eran unos políticos, no, ¡estadistas de primer mundo! Eso, por no hablar de los que nos tocaron como presidentes, hecho que solo remarca lo bajo que seguimos cayendo y lo mal que seguimos eligiendo después de tantos contrasuelazos electorales en doscientos años de histeria republicana.

Por eso, viene a cuento, pues, a poner un poco de luz a los principales rostros de este nuevo desmadre, perdón, período y tratar de retratarlos a partir de sus prontuarios, sus actos, sus declaraciones, sus silencios, sus alianzas y, sobre todo, sus metidas de pata, que de eso hay harto en todas las tiendas sin distinción de credos ni militancias.

El Bart Simpson de la política

Su frase emblema podría ser “¡yo no fui!” –la misma que usa el hijo de Homero Simpson cada que se larga una mataperrada–, pero él, muy telúrico, prefiere que lo llamen “puka” (rojo, en quechua), algunos dicen que por el color de su pelo – que es natural, aunque más de un peluquero jure lo contrario– y, otros, que es porque su corazoncito es más rojo que el libro ídem de Mao. Don Guido Bellido, nuestro inenarrable primer ministro, nos sale a cada rato con una sorpresita. Ora, con una apología fervorosa a Edith Lagos, ora con un ataque misógino a una parlamentaria y ora intentando infructuosamente despedir a un ministro (tan indefendible como él). ¿Y de gestión? Cero. Su presencia a la cabeza del gabinete es el mayor escollo para la gobernabilidad y cada vez que abre la boca se carga cinco puntos de popularidad de gobierno y el dólar sube dos puntos. Sin embargo, con él no es la cosa. Dicharachero y cunda, sabe cómo esquivar los golpes y vapulear periodistas despistados. Su habilidad mayor: aferrarse al poder como una garrapata.

Los indeseables

Un sombrero a la cabeza

Podríamos decir que la única incógnita que queda de Pedro Castillo es cómo diablos hace para dormir sin sacarse el sombrero (no existe registro fotográfico suyo sin la bendita prenda) y ya estamos temiendo que lo lleve tan ajustado que le haya cortado la irrigación cerebral. Parecía más auténtico en la segunda vuelta, cuando lanzaba sus discursos mal hilvanados, pero ahora, después del chifero media training que parecen haberle impuesto sus asesores, sigue sonando como candidato en campaña, algo que solo puede provocar suspicacia en la gente que necesita un presidente a gritos. Castillo siempre da la impresión de que dice lo que él cree que la gente quiere escuchar (o lo que alguno de los aliados que se lo jalonean le ha dicho que diga), pero jamás lo que piensa. Sus discursos suenan tan vacíos que, cuando se vaya –al fin de su gobierno o antes, por obra y gracia de sus enemigos políticos–, no habrá una sola frase suya que recordar, ni siquiera su empalagoso “no más pobres en un país rico”, tan gastado de manido. Su habilidad mayor: haberse pasado años de licencia sindical sin pertenecer a ningún sindicato.

Vero, “La Houdini” zurda

Sí, Houdini, porque después de la camisa de once varas en las que se ha metido, no solo apoyando al impresentable premier que nos ha tocado en suerte –dicen que fue ella quien intercedió para que Castillo no lo destituyera–, sino abjurando de todas sus banderas políticas (defensa de los derechos de las minorías, la lucha contra la violencia hacia la mujer y una larga lista de claudicaciones), será todo un espectáculo verla salir del embrollo e intentar una nueva carrera política. Y es que una cosa fue zafarse del entorno de Ollanta Humala acusándolo de traición a sus ideales de izquierda y otra cosa será tratar de librarse del lastre que significa seguir apoyando a una zurdería que está ideológicamente más cerca de Pol Pot que de Pepe Mujica. ¿Qué dirá Vero cuando necesite irse en olor a integridad? ¿Que la abdujeron? ¿Que la sometieron a un lavado cerebral? Ahora va a necesitar más imaginación que nunca si quiere un refresh rumbo al 2026. Su habilidad: hacernos ghosting, estar y no estar, desaparecer cuando le conviene. Como los magos, claro.

Almirante de canoa

Su experiencia en combate es menor que la de un niño a bordo de un botecito chocón, pero don Jorge Montoya habla siempre, y bien molesto, como si él solito hubiera hundido la Esmeralda. Su mayor hazaña, hasta donde se sabe, fue haber sido uno de los militarotes que “marcaban asistencia” (sic), bien agachaditos y puntuales, delante de un procesado por traición a la patria y ahora convertido en un aprovechado discípulo de Rafael “¡Hic!” López Aliaga, pretende dar lecciones de democracia a todo aquel miembro de su partido que ose discrepar de su soberbia voluntad. En conservadurismo y misoginia solo le gana... ¡Vladimir Cerrón! Estamos seguros de que no pondrá mala cara si tiene que apoyar a cualquier gobierno que le ofrezca eliminar el enfoque de género de la educación. ¿Su habilidad? La incapacidad absoluta de sonreír. Dicen que lo hizo una vez, pero no hay pruebas.

Cerrón de ego

Es el Tom Cruise de la política chola: vive al filo del peligro. Tiene casi tantos procesos como la Señora K, pero se las arregla para decir que es un perseguido político, aunque nunca aclara cómo sabían los fiscales hace tres años que iba a tener algún peso en un gobierno de improbable triunfo electoral. Tiene una incontinencia, vamos, una diarrea tuitera que hace sospechar que no sabe cómo ocupar su tiempo mientras espera agarrar el poder en primera persona, cuando se haya instaurado la dictadura castillista que, sueña, es inminente. También jura que tiene arrastre de multitudes, a pesar de que a sus mítines de apoyo al gabinete fueron cuatro gatos. Su habilidad: hacer lo que le viene en gana con la voluntad del presidente de la República, que lo obedece como gallinita hipnotizada. Hay quienes dicen que algo le sabe al tío del sombrero que no puede deshacerse de él, pero yo sospecho seriamente que lo controla con su encanto personal.

La exseñora K

Tuvo una vez una bancada tan, pero tan grande que podía peinarse con una mano y, con la otra, hacerle la vida a cuadritos a cualquier presidente. Ahora, la pobre no es ni la sombra de lo que fue y nadie se enteró cuando, hace unas semanas, por fin reconoció que Pedro Castillo había sido elegido presidente, que ella había perdido y que se autodesignaba lideresa de la oposición. Luego, claro, hizo un acto de malabarismo verbal para asegurar que, a pesar de todo, había habido fraude. No es que ya no sea un peligro, pero ahora tiene que conciliar con sus congéneres (ideológicos) si quiere vacarse un presidente o hacer que alguno de los pocos acólitos que le quedan presida una comisión. ¿Su habilidad? Todos lo sabemos: perder elecciones. Por suerte.