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Trazos de una Lima violenta

El escritor Óscar Malca y el dibujante Mario Molina presentan En la cara no, una novela gráfica que muestra parte de la violencia urbana de los 90 que inundó las calles de la capital. Es una incursión a la narrativa gráfica que Molina piensa continuar.

El ilustrador Mario Molina, en su taller barranquino. Fotografía: Felix Contreras
El ilustrador Mario Molina, en su taller barranquino. Fotografía: Felix Contreras
Emilio Camacho

Las calles de Magdalena están siempre asociadas a la vieja Parada Militar de tiempos prepandémicos, a los huariques del mercado central que el boom gastronómico hizo famosos y a la cúpula de la iglesia del Inmaculado Corazón. Son imágenes de postal, de tiempos más amables. Pero no siempre fue así. En los 90, como ocurría con todo el país, el distrito fue parte de la violencia urbana, que podía encontrarse en sus escuelas o en sus veredas rotas.

El clásico trazo de Mario Molina en viñetas de En la cara no.

El narrador Óscar Malca y el ilustrador Mario Molina han rescatado una ficción inspirada en esos tiempos agitados para crear la novela gráfica En la cara no. En resumen, es la historia de cuatro malandrines que van escalando en el mundo del hampa hasta tomar contacto con un personaje del gobierno corrupto de la época, una versión libre del Vladimiro Montesinos que todos conocemos.

En la cara no. La línea limpia que define las sátiras de Molina

Pero este proyecto ha tenido su propio recorrido. Malca y Molina, exresidentes de Magdalena, se conocieron a fines de los 80, en esos cierres legendarios y madrugadores de la revista Caretas. Él primero era editor de cierre de la revista y el segundo dibujante. Compartían su gusto por el cine de vaqueros de John Ford. “Esa etapa del clásico cine americano. Donde tu veías la película y no notabas la mano del director, pero allí estaba”, dice Molina. Además los entusiasmaba el Corto Maltés de Hugo Pratt. Era lógico que algo saliera de aquella confluencia. Pero ese primer proyecto se fue frustrando.

El método

Se reencontraron el 2011. Molina había guardado el guión de una historieta que debían publicar juntos en un viejo fanzine. Eran viejos apuntes escritos a toda prisa en carillas de Caretas. Aquello fue el verdadero disparador de En la cara no.

Pero lo que se planteaban era ambicioso. Ya no era algo para un fanzine. Requería tiempo de preparación y de un método. Molina era el más interesado en ello.

El ilustrador, que publica su afilada viñeta política en este semanario, tiene un estilo más vinculado al humor, pero lo que quería desarrollar era la mirada de un narrador gráfico, componer una secuencia de viñetas que contaran una historia, usar elementos que ya había visto de sus largas lecturas de clásicos como Moebius y Fontanarrosa.

Portada de la novela gráfica publicada por el sello Reservoir Books.

“Tanto en dibujo como en narrativa me apoyé en Eduardo Risso, el creador de 100 Balas (un clásico del cómic noir), algo he cogido de él. También me inspiré en R.M Guéra, de Scalped (otro clásico moderno de la historieta policiaca). Él rompe los márgenes, los cuadros, a la hora de narrar, sus viñetas no son necesariamente simétricas”, explica el dibujante.

Y en verdad hay mucho de ello en En la cara no. La línea limpia que define las sátiras de Molina se une a viñetas que se superponen unas sobre otras o que se expanden a lo largo de dos páginas completas para contar esta historia de crímenes y sexo.

Pero el afán de Molina por alcanzar un método fue más allá de la revisión de clásicos del cómic moderno. Para tener claro cuáles eran los escenarios de Magdalena en los que transcurre la novela, organizó algunos paseos por sus calles. “Eran visitas que hice junto con Óscar (Malca), que siempre terminaban en un almuerzo”, dice. Y no solo eso. También buscó al periodista Fernando Yovera para que lo asistiera con sus conocimientos sobre equipamiento militar.

Hoy, el dibujante tiene un nuevo desafío: elaborar una historieta de corte histórico, vinculada al mito del Inkarri, en la que debutará como guionista.

“Nunca emprendí un proyecto de esta envergadura. Todo ha sido un aprendizaje. La ventaja es que los lectores se pueden sentir identificados con una historia con escenarios nacionales”, afirma.