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La confianza más desconfiada

La Republica
Maritza Espinoza

El gabinete Bellido logró la confianza del Congreso. Aunque, claro, llamar confianza a esa decisión nacida de la conveniencia, del cálculo asustadizo y de la urgencia de ganar tiempo es mucho decir. El primer ministro ha logrado un triunfo pírrico, porque, aun cuando logró descolocar a los congresistas con un par de frases en runasimi y un happening cocalero artificial a leguas, sabe que su cargo sigue pendiente de un hilo y nada le garantiza que, en unos días o semanas, don Pedro Castillo le dé un presidencial puntapié en sus cusqueñas posaderas apenas encuentre la fórmula para deshacerse de la cada vez más incómoda presencia del mentor de Bellido, Vladimir Cerrón.

Todos saben que la distancia entre el dueño de Perú Libre y el mandatario se ensancha con cada día que pasa y que sus desganadas “reconciliaciones” solo evidencian una alianza pegada con baba. Por eso, no es casualidad que, fiel a su instinto, Bellido haya comenzado, justo esta semana, a referirse a Castillo en sus tuits como “nuestro presidente”, deferencia que no había mostrado antes, tal vez confiado en que su posición provenía de lo que, hasta entonces, consideraba el lado power del gobierno: Cerrón. Como vienen las cosas, sabe que ahora es mejor estar bien con Dios y con el diablo, más aún en estas circunstancias en que no se sabe bien cuál es cuál.

Pero ¿es real la posibilidad de una ruptura entre Cerrón y Castillo? Aparentemente, lo que hay hasta el momento es un conflicto soterrado que ambos tratan de maldisimular, sobre todo el presidente que, según gente cercana, solamente convoca a Cerrón cuando este tensa mucho el hilo, aunque nunca hasta el extremo romperlo, porque sabe que sería su Waterloo: en un rompimiento, él tendría todas las de perder y nada, o casi nada, que ganar.

Castillo, por su parte, estaría esperando el momento propicio para deshacerse de esa incómoda piedra en el zapato, algo que ya tendría decidido desde mucho antes de las últimas escaramuzas, pero, fiel a su estilo enigmático y poco confrontador, prefiere dilatar el momento definitivo por si las cosas se desencadenan solas. Que está convencido de que Cerrón es un estorbo que lo deja mal con todos –sus aliados políticos, el gremio magisterial, su entorno íntimo y el resto del país– y del que hay que alejarse cuanto antes, lo está. Lo único que no sabe ni él mismo es cuándo.

La confianza más desconfiada

Y Cerrón lo intuye. De allí la desesperación y el tonito de despecho de sus tuits de esta semana. Es que, en el fondo de su corazón, el dueño de Perú Libre sabe que, en una ruptura, nadie de su bancada, ni siquiera Bermejo (en el supuesto negado de que alguien más lo quisiera) se quedaría con él. ¿Por qué? Porque no tiene nada que ofrecer a sus cada vez más escasos “leales”, salvo la expectativa de una candidatura futura en una lista de su partido que, seamos francos, no ha dejado de ser un partido de alcance provinciano.

El presidente, en cambio, tiene los cargos y las obras. O sea, el verdadero poder. Y contra lo que todo el mundo cree, está muy consciente de eso. ¿Cómo no estarlo si es evidente que, sin él, que llegó al partido a la hora nona y no comparte para nada el ideario, Perú Libre no tendría ni siquiera un parlamentario por Junín? Por eso, lo que en realidad sorprende a su entorno es por qué no apura el trago y se libera de una vez para comenzar a gobernar sin nadie que le esté enmendando la plana desde la interna.

¿Por qué no lo hace? Hay dos hipótesis. Una pública: que Castillo aún depende de la bancada perulibrista completa, aunque sabe que, con el tiempo, los que aún permanecen leales a Cerrón, por lo menos de dientes para afuera, irán liberándose del yugo de ese líder autócrata, megalomaníaco e impúdicamente chantajista, a medida que vayan dándose cuenta de que, siguiendo a su lado, pondrían en riesgo no solo sus cargos y estipendios (para algunos, cada mes de sueldo congresal es una cantidad de dinero que no han visto en su vida), sino también la posibilidad de coordinar con el Ejecutivo la gestión de obras para sus votantes, algo que, para un parlamentario provinciano, es de imperiosa necesidad.

La otra hipótesis, manejada por varios analistas políticos, es bastante más oscura y tendría que ver con algún tipo de chantaje de parte de Cerrón a Pedro Castillo, algo que, dado el perfil del huancaíno, no suena tan inverosímil. Pero ¿qué podría saberle a alguien que, como el hoy presidente, tiene un pasado bastante limpio y ha hecho siempre gala de una vida austera y modesta en Chugur? La única respuesta plausible es que podría tener pruebas –¿grabaciones?, ¿chats?, ¿testimonios?– de que el hoy presidente no desconocía los aportes de los Dinámicos del Centro a la campaña y que, al hacerse públicas, lo convertirían en seguro candidato a engrosar las filas de exmandatarios involucrados en el delito de recepción de fondos ilícitos.

Pero, aún en ese caso, el presidente Castillo no tendría que preocuparse demasiado, porque, según la Constitución, solo podría ser investigado al final de su mandato, por lo que esa amenaza tendría un efecto relativo, sobre todo porque, al salir Cerrón del panorama, la correlación de fuerzas con el Congreso podría equilibrarse a favor del Ejecutivo (sobre todo si cuenta con nuevos y afanosos operadores políticos), neutralizándose la posibilidad de una vacancia.

Dicen quienes lo conocen, que Castillo es un hombre de mucha paciencia, pero de decisiones definitivas. Es decir, puede aguantar un buen rato el tire y afloja con Cerrón, pero que cuando diga basta, basta será. También dicen que la persona a la que más escucha es su esposa, Lilia Paredes, quien no puede ver al líder de Perú Libre ni en pintura, pero que sabe manejarse como lo hacen quienes tienen conciencia de su verdadero poder: con cautela y sin aspavientos, algo muy ajeno a la conducta alharaquienta del exgobernador de Junín.

De hecho, Cerrón parece no ser consciente del efecto que pueden tener, para el presidente, algunos de sus pavoneos, como ese tuit del 26 de agosto en el que se le ocurrió parafrasear la famosa frase de “la chispa que enciende la pradera” –una de las favoritas de Mao Tse Tung que tantas veces replicó el líder terrorista Abimael Guzmán–, diciendo: “Yo le dije una vez a Pedro Castillo, cuando todavía estaba dudoso de postular, que el pasto estaba seco, que la chispa era el partido y el viento era la pandemia”. Tremendo disparo al pie, pues apuntala la imagen de filosenderista de la que Castillo busca despojarse urgentemente.

En suma, la relación entre ambos personajes es tan tensa que difícilmente podría llamarse alianza, amistad o, mucho menos, confianza. Por eso puede decirse que la famosa colisión de dos mundos a la que hacía referencia en su célebre tuit no fue con el Congreso, que a fin de cuentas les regaló a regañadientes la confianza. La colisión que remecerá la política local será la que se dará, más pronto que tarde, entre el líder de Perú Libre y el presidente de la República.