Malcricarmen

La Republica
Maritza Espinoza

Hay quienes tratan de justificar el mayúsculo choleo de la presidenta del Congreso Maricarmen Alva al presidente Pedro Castillo con los argumentos más rebuscados y artificiosos: que fue un gesto para indicar que no debían dar declaraciones antes de que ella se reuniera con los voceros de las distintas bancadas (ja!); que lo hizo porque es muy respetuosa de las medidas de distanciamiento social (las que no le importan cuando abraza a sus amiwis); que así es ella cuando se pone cariñosa (awww!); que se distrajo con el vuelo de un colibrí; ¡en fin!, cualquier paparruchada con tal de no admitir que fue exactamente eso: un rotundo y descarado choleo.

Es que hay que ser excesivamente benévolo (léase cómplice) para pretender negar lo que todos vimos. Y no solo porque el lenguaje corporal de la doña era de lo más expresivo (es decir, casi podíamos escuchar a todos sus músculos gritando, “¡no te me acerques, igualado!”), sino porque el choleo es una tradición tan enquistada en este país que cualquier peruano –choleador o choleado– posee, desde que nace, la habilidad de notarlo a un kilómetro de distancia. Reconocer un choleo en toda regla es, digamos, nuestro súper poder colectivo.

De allí que intentar comparar el desplante, ese sí, que lady Malcricarmen le hiciera al expresidente Francisco Sagasti con el que perpetró esta semana contra Castillo es absurdo. La gran diferencia radica en que, cuando alguien le hace un desplante a quien considera su igual (aunque sea su enemigo), humillándolo en público, dándole donde le duele o haciéndole sentir su poder, nunca lo expresará de la gráfica y descarnada manera en que lo vimos hace días. ¿No me cree? Pues tome la foto del choleo al presidente chotano, ponga en su lugar a, no sé, Alan García o Pedro Pablo Kuczynski y trate de imaginar la escena. ¿Ve que no se puede?

Pero doña Maricarmen, quien hasta el momento no ha dicho esta boca es mía, sabe muy bien lo que es racismo y las múltiples formas no verbales que adquiere. Sin ir lejos, su padre, el hoy fallecido político Javier Alva Orlandini, era, en el Acción Popular de los años ochenta, algo así como el Yonhy Lescano del partido: el provinciano que, por mucho que se esfuerce, nunca será considerado parte del cogollo.

Malcricarmen

¿Lo explico más claro? Bueno, en esos tiempos, el partido donde Malcricarmen presume hoy de aristocrática dirigente estaba dividido en dos bandos marcados por el tono del Pantone racial en el que te ubicabas: de un lado, el de los blancos archipitucos encabezados por don Manuel Ulloa Elías, sempiterno premier y ministro de Economía, un tío tan aristocrático que terminó casándose con una princesa yugoeslava (prima de la reina Sofía, nada menos) y, del otro, el de los provincianos encabezados por el ya mencionado don Javier, un cajamarquino a quien sus esforzados estudios de derecho le habían abierto las puertas de la política limeña.

La diferencia entre ambos era tan evidente en el tembleque gobierno de Belaunde que ambos personajes eran pasto de parodias en la televisión. Claro que, al lado de Ulloa, hasta Alfredo Barnechea hubiera parecido un Brayan y, obviamente, el campechano don Javier podía ser muy alto dirigente del partido (de hecho, había sido la cuota provinciana de la plancha presidencial), pero jamás, o casi nunca, era invitado a las veladas que organizaba el distinguido premier de Belaunde para sus amigos y que eran el apéritif de cada día en las páginas sociales de las revistas.

Haría bien doña Malcricarmen, quien evidentemente recién anda por la mitad de su media training político, en poner atención en las clases, sobre todo en esas que enseñan cómo trasmitir con eficacia los mensajes de manera no verbal. Allí podría aprender, por ejemplo, que un mensaje no se da solamente con palabras y que, casi siempre, cuentan más los gestos, el lenguaje corporal y las miradas. Un político puede construir su carrera en largos años y destruirla en segundos con un gesto inapropiado, algo sobre lo que puede hablarle mucho su correligionario, el ya mencionado Alfredo Barnechea, quien por poner cara de asco a un plato de chicharrón por un instante perdió su oportunidad de llegar a segunda vuelta el 2016.

Así como van las cosas, con el botón nuclear de la vacancia cosquilleando en los dedos de sus colegas (y tal vez los propios), existe una considerable probabilidad de que doña Maricarmen termine siendo presidente de la República. Sin embargo, no hay nada como la soberbia y la altanería social, que le sobran, para ganarse las antipatías de la calle. Por eso, ella debe decidir de una vez si, cuando le toque, si le toca, querrá ser una presidente que camine con el favor de la ciudadanía o en contra de ella. Es decir, ya desde ahora debe elegir si quiere ser un Manuel Merino de Lama o un Valentín Paniagua.

¿Y la leche Enci pa’ cuándo?

Como si los desplantes de Vladimir Cerrón a Pedro Francke y los de Pedro Castillo a Julio Velarde no hubieran sido suficientes para que la economía se tambalee y el dólar se dispare hasta la estratósfera, ahora, la pujante bancada de Perú Libre, a través de doña Francis Jhasmina Paredes Castro, ha decidido hacer un involuntario homenaje al primer Alan García presentando un proyecto para controlar los precios de los productos de primera necesidad. El palabrerío es ambiguo, pero, la verdad, un poco más y demandan que regresen la leche Enci y el pan popular, que subalimentaron la infancia de tantos peruanos en los ochenta.

¿Cuál es el afán de estos señores de dinamitar cualquier asomo de estabilidad y predictibilidad económica, las dos cosas que la gente más requiere en estos momentos según todas las encuestas? Nadie lo sabe. Por suerte, como está la correlación de fuerzas en el Congreso, la bancada de Perú Libre podría presentar cualquier propuesta, desde nacionalizar la luna hasta darle el Nobel de literatura a Ciro Gálvez, sin temor alguno a que sea aprobada. Así están las cosas en este país abandonado por la lógica: teniendo que agradecer a los parlamentarios más ineptos del mundo que sean un freno a los excesos del gobierno más incompetente de nuestra historia reciente.