¡Una “cerronoctomía” urgente!

La Republica
Maritza Espinoza

Algo recuperados del shock de los primeros tres días del gobierno de Pedro Castillo –que, valgan verdades, nos han hecho extrañar hasta a PPK, por no hablar ya de ese estadista de primer mundo llamado Francisco Sagasti–, podríamos resumir el sentimiento actual de los peruanos parafraseando a uno de los personajes de una antigua serie de televisión: “No esperábamos nada de él y, sin embargo, ha logrado decepcionarnos”.

¡Y vaya que en gran forma! Poner de primer ministro a un indeseable como Guido Bellido, uno de los compinches favoritos de Vladimir Cerrón, echó por tierra cualquier atisbo de esperanza en que comenzara un gobierno de consenso mínimo y nos hizo entender que, sí pues, Cerrón es “el” portero de su gobierno y que, muy presidente de la República y todo, él (Castillo) a lo más tiene acceso a un duplicado trucho de la puerta de las grandes decisiones.

La mayor prueba de este secuestro del nuevo presidente por parte del patrón de Perú Libre fue la serie de espantosos desaires que se le hicieron al presidente de Colombia Iván Duque, a quien Castillo no sólo “ignoró” olímpicamente en su discurso en el Congreso, sino que incluso se negó a darle la mano después de la juramentación y, por si fuera poco, fue el único mandatario al que no invitó a la ceremonia en Ayacucho. ¿A santo de qué abrirse flancos diplomáticos si no había ninguna razón de estado que lo justificara? La única respuesta es la más obvia: cumplía órdenes de Cerrón destinadas a congraciarse con Nicolás Maduro, el ausente más presente de la jornada.

Pero, volviendo al punto, ¿está todo perdido con el nuevo gobierno? ¿Realmente Castillo es tan gilipuertas que no sabe que seguir amarrado a Cerrón es suicidio seguro? ¿No podría un puñetazo de realidad hacerlo enmendar rumbos? Hay fatalistas que dicen que sí, que ya es muy tarde, que Castillo se mudó con sombrero y todo al lado oscuro y que no pasará mucho antes de que termine colgando de un intento de vacancia o algo peor. Y, claro, a primera vista, uno podría pensar que apostar por vacarlo -con apego a la Constitución, claro-, siempre será más democrático y menos indigno que apostar por el golpe de estado que tanto ansían algunos.

Sin embargo, algunos aún pensamos que evitar la catástrofe está todavía en manos de Castillo, quien, a estas alturas, ya debe haberse dado cuenta de que, en caso de que se intente una vacancia express en su contra, pocos, poquísimos, saldrán a defenderlo a las calles, por lo que es apremiante que corrija sus horrores, comenzando por defenestrar a ese primer ministro misógino, homófobo y filo senderista cuya sola presencia ahuyenta, con toda razón, a cualquier aliado medianamente decente.

¡Una “cerronoctomía” urgente!

Pero, ojo, tampoco se la pongamos tan fácil. Lo que este Castillo, paralizado por su terror cerval a perder el apoyo de su bancada, parece no haber entendido es que, mientras no se extirpe de una buena vez ese teratoma gigante que pretende gobernar su organismo y que responde al nombre de Vladimir Cerrón, la mayor parte de la ciudadanía peruana -es decir, las dos terceras partes de sus votantes de segunda vuelta- no volverá a confiar en él ni en sus promesas, por mucha palabra de maestro con que aderece sus poco imaginativos discursos.

Y no es solamente porque Cerrón nos caiga mal a todos -bueno, redondeando cifras, a nueve de cada diez peruanos, según IEP- o porque pensemos que un presidente debe gobernar al margen del partido con el que llegó al poder, sino porque ese teratoma, a juzgar por lo ocurrido en los últimos días, se ha convertido ya en un tumor maligno a punto de hacer metástasis a todos los órganos de su incipiente gobierno.

Muchos han querido creer que Cerrón, como los teratomas -esos tumores con ojos, pelo y dientes que aparecen a veces en el cuerpo de algunas personas y que suelen ser benignos, salvo por su aspecto repelente-, era solamente un bulto incómodo, pero manejable y hasta llevadero, y se esforzaron en intentar conciliar su verborrea radical y excluyente con el discurso más conciliador de Castillo, pensando que este, como presidente, pondría límite natural a sus bravatas una vez tuviera el poder en las manos.

Sin embargo, contra tan ingenuos pronósticos, fue justamente tras la juramentación presidencial que la presencia de Cerrón se ha tornado más nociva aún para la democracia, sobre todo porque, detrás de sus alardes, hay una intención premeditada y alevosa de dinamitar cualquier diálogo con otras fuerzas políticas -algo indispensable para la sobrevivencia del propio Castillo- y de llevar adelante, a sangre y fuego (simbólicamente, esperemos) su remedo de “revolución marxista”, que es lo último que necesita un país sumido en la crisis y el duelo.

En su afán de marcar territorio y apropiarse de un gobierno en el que nadie lo eligió, Cerrón puede terminar liquidando al mismo Castillo, porque la imagen de papanatas manejado por terceros es lo peor que le puede pasar a un presidente, como nos enseñó la experiencia de cierto presidente “Cosito” que perdió toda autoridad por culpa de la borrachita de poder (don Isaac dixit) que le tocó de cónyuge.

Cerrón, y ahora podemos decirlo con pruebas, es un auténtico peligro y no puede tomar decisiones ni un día más. Fue su culpa que gente como Pedro Francke o Aníbal Torres decidieran distanciarse del nuevo gobierno y, aunque hayan regresado a regañadientes, persista el peligro de que el país siga sumiéndose en la incertidumbre y el caos.

Por eso, a Pedro Castillo le urge lo que, prestándonos términos médicos, podríamos llamar una “cerronoctomía radical” y, para eso, tiene que tomar conciencia de que es él quien ganó las elecciones. Él y no el vientre de alquiler por el que candidateó ni, menos, el megalómano sujeto que hoy quiere cobrarle hasta el aire que respira. Castillo debe entender que ganó la presidencia no por él, sino a pesar de él, y que el voto que lo llevó al triunfo fue el de esa inmensa masa ciudadana que necesitaba cerrarle el paso a la corrupción y que hubiera votado por cualquiera que enfrentara a Keiko Fujimori.

Una vez asumida esa verdad, tal vez se sienta lo suficientemente fuerte como para intentar soluciones más constructivas, como, por ejemplo, convocar un nuevo gabinete de ancha base que facilite el acercamiento con otras bancadas de talante democrático y que nos demuestre que su largo aprendizaje como político gremial no fue en vano.

¿Será capaz de tanto?, se debe preguntar usted, agudísimo lector, pero eso es algo que yo no puedo saber. Como usted, sólo soy una más de quienes siguen esperando (con las zapatillas listas, por si acaso) que el “prosor” nos sorprenda gratamente tirando al tacho a este premier y sacándose uno nuevo del sombrero antes de que el dólar se nos dispare a cinco soles.