Chankillo y el tiempo fortificado

Tras varios años de gestiones, la Unesco reconoció a estos monumentos astronómicos de Casma como Patrimonio de la Humanidad, pero por sobre todo como una muestra más de la génesis científica y cultural de las antiguas civilizaciones del mundo andino.

La Vía Láctea parece coronar las trece torres de Chankillo
La Vía Láctea parece coronar las trece torres de Chankillo
Roberto Ochoa

Cuando todo confabula contra los peruanos, ahí está la arqueología para traernos buenas noticias y confirmar que las estrellas pueden conspirar a nuestro favor: el mismo día que Unesco declaraba Patrimonio de la Humanidad a Chankillo, en el Perú se definía la partida de nacimiento del nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología, anunciado por el presidente Pedro Castillo en su discurso de Fiestas Patrias.

. Esta construcción fortificada albergó al templo del sol.

Y es que la nominación del Templo Fortificado de Chankillo y el Observatorio Solar de las Trece Torres demuestra que el Perú no solo es cuna de civilizaciones, también es epicentro global del desarrollo de la ciencia y que nada tiene que envidiar a otras civilizaciones antiguas.

“Nos vemos como un país subdesarrollado, como fuente de materias primas, tenemos una visión pasiva de nuestro propio país”, nos dice el arqueólogo Iván Ghezzi, “pero Chankillo ha sido reconocido como el observatorio astronómico más antiguo del mundo y eso nos pone como cuna de la ciencia y de la tecnología global”.

Los expertos en arqueoastronomía y astronomía cultural coinciden en que son muchos los monumentos antiguos cuya construcción fue orientada a solsticios, equinoccios u otras manifestaciones astronómicas.

Hoy sabemos, por ejemplo, que el célebre monumento megalítico de Stonehenge (Inglaterra) está orientado al solsticio de junio, pero eso no lo hace un calendario ni un observatorio. Sin embargo, con Chankillo pasa todo lo contrario: “Funciona todos los días del año, marca solsticios, equinoccios, la salida y puesta del sol y de la luna... es un observatorio astronómico completo. El más antiguo que conocemos en el mundo”, sostiene Ghezzi. Falta saber, además, si también funcionó para calcular las trayectorias de la Vía Láctea, planetas y estrellas que se ven en los cielos nocturnos del hemisferio sur.

Lo cierto es que debieron ser muchos años de observaciones para que esas trece torres sirvan como marcador del movimiento solar y lunar, aprovechando además el horizonte que permite el paisaje casmeño y ese clima que le dio fama a Casma de ser la verdadera “capital de la primavera”. Todo el año hay sol y sus cielos son los más limpios de la costa debido a ese “biombo” natural formado por los contrafuertes andinos y la duna más larga del Perú que evita el paso de las nieblas procedentes del mar.

Así como hoy los astrónomos de todo el mundo eligen los desiertos del norte de Chile para la instalación de sus sofisticados telescopios por tener los cielos menos lluviosos del mundo, así también hace dos mil años los amautas andinos eligieron el valle de Casma para la instalación del templo fortificado y del vecino observatorio de las trece torres.

Iván Ghezzi contemplando el marcador solar de los equinoccios

“Si el Perú es cuna de civilizaciones, Casma es la cuna de la ciencia”, sostiene Ghezzi mientras revela un detalle poco conocido del reconocimiento otorgado por la Unesco el pasado 27 de julio. “En su resolución recomienda evaluar como patrimonio a toda la zona de Casma”, añade Ghezzi. Es decir, de las cinco mil hectáreas de zonas intangibles que declaró la Unesco, existen otras 45 mil hectáreas de zonas de amortiguamiento que incorporan los principales monumentos del valle de Casma. Desde el antiquísimo templo a orillas del mar denominado Las Aldas, hasta los enigmáticos monumentos de Pampa de las Llamas y Moxeque, pasando por el célebre Sechín (con su museo de sitio) y espacios poco conocidos como cerro Purgatorio, Manchán y los misteriosos camellones ubicados casi en la orilla del mar. “Todo este espacio histórico identificado por la Unesco traza una interesante trayectoria para los próximos años”, explica Ghezzi.

Hace veinte años, visitamos Chankillo acompañados por el amauta Carlos Milla y el entonces presidente de la Asociación Peruana de Astronomía, Javier Ramírez. El reportaje fue publicado en la revista Andares, de esta misma casa editorial, y fue uno de los más leídos en toda su historia editorial. Sin embargo, hoy en día todavía hay muchos peruanos que desconocen la existencia de Chankillo y del enorme potencial turístico-arqueológico del valle de Casma, en la costa de la región Áncash.

Desde entonces hemos insistido en la difusión de los enigmáticos monumentos arqueológicos de Casma pero, sobre todo, en la protección del Chankillo y de las trece torres. Primero fue una iniciativa edil para instalar un enorme relleno sanitario a pocas cuadras del monumento. El negociado ya estaba decidido y fue gracias a la denuncia periodística que se pudo detener su construcción.

Luego serían sucesivos conatos de invasiones, pero lo más serio fue la amenaza que provino del propio Estado peruano: la construcción de un penal de alta seguridad a pocos metros del complejo arqueológico de Chankillo.

Las amenazas menguaron cuando Iván Ghezzi decidió dedicar su tesis doctoral al monumento. Pudo comprobar que ya existían hipótesis muy antiguas sobre el uso defensivo del “castillo” y astronómico de las trece torres. “La literatura arqueológica mostraba que había dos campos. Uno hablaba de espacio ceremonial para batallas rituales. Otro como una punta de lanza para la conquista de todo el valle”, recuerda Ghezzi.

El templo fortificado tiene 300 metros de largo y murallas concéntricas con muros de más de cinco metros del alto. “Con las excavaciones arqueológicas pudimos demostrar que la primera muralla que rodea la fortaleza tiene cinco entradas. Cuando uno compara con otras fortalezas encuentra una sola entrada bien resguardada. Por eso se le comparaba con Sacsayhuamán como espacio de batallas rituales pues los incas hacían recreaciones de batallas”, añade el investigador.

Ghezzi recuerda que en las excavaciones descubrieron que varias de estas entradas son trampas. Lucen como ingresos y cuando estás adentro quedas atrapado en un pequeño laberinto. Si lograbas salir, chocabas contra una pared de roca. “En estas trampas los atacantes podían ser masacrados. Hay muchos detalles más, casi toda la arquitectura es defensiva”, añade Ghezzi visiblemente sorprendido.

Lo más sorprendente, empero, es que todo este mecanismo sirve para proteger un solo edificio: el templo del sol. Se identificaron pinturas murales, torres, elementos de luz y sombra y, en fechas especiales como el solsticio de junio, desde la plaza de los peregrinos el sol se posa sobre este edificio. “Es algo así como la casa del sol”, enfatiza Ghezzi, “no es un espacio dedicado a proteger a la población, ni para guarecer un regimiento, es una fortificación que protege lo más valioso, el centro del culto principal de una sociedad que fue contemporánea con la decadencia de Chavín”.

Ghezzi reconoce también la visión de Paul Kosok: el número 13 era una cifra muy importante en los calendarios del mundo antiguo americano. Reflejaba los meses lunares usados para calibrar el número de días del ciclo solar con el ciclo lunar. “Kosok tenía razón”. dice Ghezzi.