VACUNAFEST - Todo sobre la jornada de inmunización para jóvenes de 25 años a más

Patriotas anónimas

La lucha por la independencia no solo la dieron los hombres, hubo muchas mujeres que contribuyeron con su astucia, su dinero y hasta su vida para que hoy la república sea posible. Los historiadores están volviendo tras sus pasos y en este Bicentenario las recordamos.

Mujeres como María Valdizán, Juana de Dios Manrique o Francisca Zubiaga participaron activamente de la lucha por la independencia. Crédito: Alejandro Aleman
Mujeres como María Valdizán, Juana de Dios Manrique o Francisca Zubiaga participaron activamente de la lucha por la independencia. Crédito: Alejandro Aleman
Juana Gallegos

No tienen avenidas con sus nombres, tampoco billetes impresos con sus rostros. No figuran en los libros escolares tanto como sus pares masculinos, tampoco resuenan en nuestra memoria colectiva. Hablamos de las mujeres desconocidas que participaron en la lucha por la Independencia hace 200 años. Se sabe muy poco de ellas, pero fueron muchas las que dieron su dinero, su astucia y hasta su vida por la anhelada libertad.

“Participaron de diversas formas: actuaron como conspiradoras, fungieron de espías, pelearon en el campo de batalla, cosieron banderas y unifor- mes, incluso, intervinieron en la política”, dice la historiadora Claudia Rosas.

A algunas de nuestras heroínas anónimas las podemos rememorar a través de las pinturas de Etna Velarde exhibidas en el Museo Histórico Militar del Real Felipe. Ahí figura, por ejemplo, el retrato de Juana de Dios Manrique de Luna, que jugó un papel importante en las redes de espionaje que se montaron a lo largo del territorio nacional.

Para entender qué hacía puntualmente esta señora de la aristocracia limeña, recordemos que el ejército patriota necesitaba informarse de los movimientos de su rival, y como no había tecnología, ni teléfono (era un mundo sin WhatsApp) era importante facilitarle las comunicaciones. Juana, así como otras mujeres, se dedicaron a esa delicada labor de inteligencia.

Era ella una mujer acaudalada que puso a disposición de los patriotas sus casas de Lima y Huacho para que se reunieran en secreto, además, financió su propia red de informantes. “Al ser de la élite limeña, una ‘pitu- ca’ de la época, pasaba desapercibida”, apunta la historiadora sanmarquina Marissa Bazán.

El momento cúspide de su actuación se dio en 1823, cuando las huestes realistas, aún presentes en la sierra central y el sur del país, aprovechando que el ejército patriota estaba debilitado, tomaron la capital. Nuestros nóveles congresistas y el presidente José de la Riva Agüero tuvieron que refugiarse en el Real Felipe y allí recaló también el general Antonio José de Sucre, enviado por el libertador Bolívar, que necesitaba comunicarse desde el Callao con los patriotas en Lima.

Alguien debía transportar sus mensajes y mantenerlo informado, y a la astuta Juana de Dios se le ocurrió contactar al joven pescador José Olaya, que llevaría las cartas del aliado camufladas en su cesto de pes- cado. Y aquí la historia es conocida, sabemos que, en uno de sus viajes de Chorrillos al Callao, Olaya fue descubierto. Siendo prisionero, los realistas se ensañaron con él, lo obligaron a dar a nombres, pero él no dijo nada. Finalmente, murió fusilado, su cadáver fue decapitado y exhibido en la plaza de Armas.

“Un elemento clave de la guerra es la propaganda, los panfletos, los discursos y las cartas son importantes. En sus misivas, Sucre les decía a los aliados que la guerra no estaba perdida, así les levantaba la moral, y fueron Juana de Dios y espías como Olaya quienes sostuvieron esta comunicación”, dice Bazán.

Otra mujer que participó activamente de una red de informantes fue la cerreña María Valdizán, quien, al igual que el pescador chorrillano, tuvo un desenlace fatal. A esta valiente casi nadie la conoce. Para saber de ella hay que retroceder a 1820 e ir a la sierra central, donde el ejército patriota enfrentaba cruentas batallas contra los realistas.

Para sus vecinos de Villa de Pasco –un poblado de hacendados y mineros españoles ubicado a 14 kilómetros de Cerro de Pasco– María, que provenía de una familia acomodada, era una próspera comerciante, poseedora de las mejores casas, allegada a los más influyentes del pueblo. No sabían que, en la clandestinidad, la septuagenaria señora abrazaba la causa patriota.

A vísperas de la Batalla de Pasco –un hito importante de la gesta emancipadora– dio posada al ejército patriota al mando del general Álvarez de Arenales. “Hospedó a unos mil militares y, junto a otras señoras del pueblo, atendió a los heridos y a los que padecían el mal del soroche”, apunta el investigador pasqueño Pio Mendoza.

Avezada, María aprovechó su cercanía a las autoridades españolas para obtener información y compartirla con sus aliados. No pasó mucho tiempo para que fuera delatada ante el realista José Carratalá, quien la aprisionó y la sometió a interrogatorio para arrancarle alguna confesión, pero la anciana guardó silencio y en pago fue sometida a múltiples torturas.

El historiador Germán Leguía y Martínez describe que el día de su muerte nevaba en Pasco, Valdizán fue llevada a una plaza pública donde fue obligada a dar vivas al rey, pero ella dio vivas a la patria libre. Al instante fue degollada por un verdugo. Su sangre tiñó de rojo la blanca nieve. Valdizán se convirtió en una mártir. Este año del Bicentenario, cuenta Mendoza, las autoridades tienen pensado rebautizar una avenida con su nombre.

La mariscala

Y en esta galería de heroínas también figuran las que por incómodas fueron olvidadas en el tiempo como Francisca Zubiaga, “la mariscala”. “Fueron mujeres que transgredieron los roles de género de la época porque se metieron de lleno al ámbito político y militar, regentado únicamente por hombres”, apunta Rosas.

La tumultuosa vida de esta cuzqueña se resume en tres momentos: vivió en un convento, se casó con un militar para zafarse del yugo de sus padres, compartió el poder cuando su marido fue presidente. Su presencia convulsionó los primeros años de nuestra frágil república. Su esposo fue el militar Agustín Gamarra, excombatiente realista que se unió a la causa patriota y peleó en decisivas batallas, y que se hizo de la presidencia por primera vez en 1828 por un golpe de Estado.

Antes fue prefecto del Cuzco y Francisca, “La prefecta”. Las crónicas cuentan que vestía uniforme militar, que sabía usar la pistola y el florete, que daba órdenes a los soldados. Su momento de mayor figuración llegó cuando, en plena celebración de la Independencia, Simón Bolívar visitó la ciudad imperial y fue ella quien le ciñó en las sienes una corona de oro, pero el libertador decidió ponérsela a “la mariscala” para que la luciera.

“Cuando Gamarra se convierte en presidente, ella se convierte en ‘la presidenta’, fue una especie de Nadine de su tiempo”, comenta Bazán. Se dice que Zubiaga cometió muchos excesos cuando tuvo el poder en los momentos en que su marido estuvo ausente. Finalmente, murió a los 32 años exiliada en Valparaíso.

Comenta Rosas, editora del libro Mujeres de armas tomar. La participación de las mujeres en las guerras del Perú republicano (Ministerio de Defensa, 2021), que la historia oficial obvió a las mujeres de sus páginas por mucho tiempo, pero que hoy están volviendo a escena gracias al feminismo y a que se empieza a contar la Independencia no solo desde el punto de vista militar y político sino también social.

Estas son solo tres historias de heroínas silenciosas y los historiadores están volviendo tras sus pasos.