Amiga, date cuenta

La Republica
Maritza Espinoza

Cuando los sufridos peruanos estábamos a punto de acostumbrarnos a los efectos de la (segunda) descomunal pataleta de Keiko Fujimori -tan potente que, dicen, originó un sismo de grado seis el martes, que aterrorizó a los limeños- y bregando por retomar la eternamente esquiva normalidad de crisis+crisis+crisis que caracteriza a este bello país, esta semana ocurrió algo curioso: de pronto, la ñaña mayor de Alberto Fujimori comenzó a desvanecerse como si se hubiese tropezado con Thanos en pleno chasquido de dedos.

“¿Juat? ¿Keiko Fujimori perdiendo protagonismo después de habernos tenido colgados de sus berrinches desde el malhadado seis de abril que pasó a segunda vuelta? ¡No way!”, dirá usted, candoroso lector que sigue creyendo que el mundo gira alrededor de los cachetes de la susodicha y jura que ella y sus adláteres son los seres más poderosos de corruptilandia, capaces de entronizarla en la presidencia aun contra la voluntad del universo.

Lamento herir sus sentimientos, pero los últimos acontecimientos han venido a demostrar algo que muchos sospechaban: Keiko no es la Godzilla de la política peruana. En realidad, está más cerca de Pikachú, porque ella, como todos los personajes de nuestra política formal, es solo una pokebola más de una mafia más grande y poderosa conformada por selectos representantes de los llamados “poderes fácticos”.

Es decir, parte del gran empresariado (el grandazo, ese que confabula en el Club Nacional, aquel recinto gris, a una cuadra de los Pollos Begui, al que nunca ingresarás por muy “cío” que llegues a ser), de los grandes medios de comunicación, de los grandes banqueros, de los grandes estudios de abogados y de los generalotes en retiro que sueñan hace tiempo con dar un golpe que los saque del resignado ostracismo en el que han vivido desde su histórica adhesión a Vladimiro Montesinos hace ya veinte años.

Recién esta semana fue evidente que todos esos señorones habían decidido quitarle la alfombra a la antigua niña de sus ojos y apostar por agarrar el poder de otras maneras, incluso a la mala. ¿Y por qué el bandazo? Pues porque, por fin, parecen haberse dado cuenta de que no hay una sola entre billones de realidades paralelas que podría calcular Griffin, el arkaniano (¿recuerdan Men in black?), en la que Keiko Fujimori se ciña la banda presidencial.

A esa conclusión han llegado posiblemente porque ninguna de sus inagotables artimañas para torcer la voluntad del Jurado Nacional de Elecciones ha funcionado, incluyendo la última: la de “gasolinear” al fiscal supremo Luis “Juntosomosdinamita” Arce Córdova para que “decline” oportunamente a su cargo de titular del ente electoral, argucia que resultó un fiasco, como se prueba en el audio en el que un rendido tío Vladi le dice a su interlocutor de turno que, pucha, o sea, “la niña se irá a la cárcel nomás”, porque la jugada no había resultado.

Amiga, date cuenta.

Por tanto, el cuentazo del fraude, ese que lograron que se trague un 30% del electorado limeño, ya fue y, a estas alturas, ya es clarísimo que los argumentos que esgrimía hace unos días Lourdes “Giulliani” Flores, con aire de tinterilla de Azángaro, no eran más que la magnificación grosera de pequeñas irregularidades que se han dado en todas las elecciones, y que no hay forma de que la diferencia de votos entre ambos candidatos se invierta, lo que era la última esperanza de Keiko para acceder al cargo que la libraría de la cárcel.

Y digo última esperanza, porque incluso en el supuesto negado de que las fuerzas del fujimontesinismo (nunca mejor aplicado el renovado término) lograran anular la segunda vuelta -lo que parece ser el objetivo de las movidas en el Congrezoo, que busca imponer un TC sumiso que avale cualquier barbaridad-, lo único que cabría es la convocatoria de otra segunda vuelta en la que se correrían el riesgo de que el “prosor” gane no por 50% más uno, sino por 60% del electorado, cálculo modesto si tomamos en cuenta que esta vez tendría a su favor a ese enorme bolsón antifujimorista que no votó por él y que ahora hasta le haría campaña gratis, además de esa otra porción de los propios votantes de Keiko que se ha hartado de su berrinche y hoy sabe que ella es más peligrosa que el comunismo al que tanto temían.

¡Y qué decir del peor escenario de todos! Si se logra agitar el gallinero al punto que el país se vuelva ingobernable y algún generalote dé el golpe de Estado que tantos claman, la Señora K saldría totalmente del panorama. Aun en el milagroso caso de que el coup de force lo diera un militar democrático (no, no es un oxímoron, los hay), todo el proceso tendría que volver a darse desde el principio, con lo que volverían a la fiesta todas las opciones de primera vuelta, y, obvio, los que votaron por ella tapándose la nariz buscarían una alternativa menos impresentable.

Por eso, descartada Keiko, ahora el juego está en manos de los golpistas de siempre, entre ellos los viejos lesbianos de la Coordinadora monárqui..., perdón, Republicana (esos señores salidos de un televisor en blanco y negro que ya quisieron dar un golpe en noviembre), que, tras almorzarse a la lideresa de Fuerza Popular con pantimedias y todo, estarían buscando algún reemplazo menos chamuscado, que bien podría ser Porky, el supernumerario sadomasoquista del Opus.

Y, claro, para lograr volver a fojas cero, no dudarán en meter las manos y aceitar todo lo aceitable en el engranaje del poder político. Por lo pronto, la estrategia se centra en dilatar la proclamación de Castillo hasta pasado el 28 de julio, la fecha que la Constitución establece como la de la juramentación del nuevo presidente, con la finalidad de salir luego con el cuento de que un gobierno del profesor sería “ilegítimo”, tecnicismo absurdo que sería santificado por el TC pret a porter que saldrá por estos días. También juega a la dilación la reciente “declinación” del ya mencionado Luis Arce y la sospechosa desaparición de su suplente, Víctor Rodríguez Monteza, otro eximio miembro del club de los ‘Cuellos Blancos’, que ya ha sido designado en el cargo, pero que podría tirarse para atrás en cualquier momento (tiene tres días para hacerlo), dilatando así al infinito la proclamación del nuevo presidente hasta que sea demasiado tarde.

Tienen de su lado que, en este montaje siniestro, realmente estarían jugando verdaderos pesos pesados del andamiaje mafioso, con todas las conexiones del mundo, una cantidad inimaginable de dinero a disposición -como lo demuestra el hecho de que sean capaces de pagar tres millones de dólares a un miembro del JNE solo para hacer una pequeña movida en el ajedrez- y un desprecio sin límites por lo que ocurra con el país, su imagen o su futuro. Por suerte, tienen en contra la mirada, ahora demasiado atenta, de la opinión internacional (comenzando por el Gobierno norteamericano, la única entidad a la que realmente teme el gorilaje) y la voluntad democrática de una ciudadanía que, por suerte, ya es capaz de reconocer una yuca a un kilómetro de distancia.