Un golpecito por amor a la patria

“La gran pregunta en este momento es: ¿le importa a Keiko Fujimori tener un futuro político o solo le importa librarse de la cárcel hoy?”.

Choque y fuga, por Maritza Espinoza.
Choque y fuga, por Maritza Espinoza.
Maritza Espinoza

Si durante estas insufribles semanas de la campaña de segunda vuelta me hubieran dado un dólar por cada vez que leí o escuché la frase “por amor a mi patria”, la disparada monetaria me habría agarrado bien apertrechada en verdes y no, como a todos los sufridos habitantes de este villorrio llamado Perú, con un puñado de billetes en la mano que ahora valen un tercio menos que antes del malhadado 11 de abril y que, gracias al “¡Mamita, se viene el comunismo!”, van directo a convertirse en los equivalentes financieros del papel higiénico.

Ilustración : Edward Andrade Ríos

Ese ha sido el precio más triste de este ballotage que por fi n (espero) termina. No, no los soles hechos puré, sino la prostitución de una frase que, en tiempos normales, suena signifi cativa y que ahora ha sido tan devaluada por el sector político que la usó para disfrazar la defensa de sus privilegios de “preocupación por la democracia”, que suena más falsa y vacía que los gestos de afecto de Kenji a su sister.

Como todos recordamos, tras la primera vuelta, quedó clarísimo que solo tres de cada cien electores (o solo dos, si tomamos en cuenta el ausentismo) había votado por uno de los dos impresentables que han convertido nuestros días en la sucursal del infierno, razón de más para que ambos se esforzaran por nuestros afectos e hicieran lo que cualquier pretendiente decente debe hacer: promesas convincentes destinadas a lograr que les abramos las puertas de nuestro corazón.

Sin embargo, ocurrió lo peor: al acercarse la segunda vuelta, los desganados indecisos que veían en uno u otro candidato al mal menor, comenzaron a convertirse en auténticos fans enamorados, enceguecidos partidarios, hordas de incondicionales, zombies del insulto y trols voluntariosos que no dudaban en lanzar, de un lado, los adjetivos más racistas y clasistas que se han leído y, del otro, las frases más polarizantes con tal de dividir al país en pobres y ricos, honestos y corruptos, cholos y blancos, feos y bonitos.

Y cuando Keiko Fujimori, fi el a su inveterada costumbre de candidata loser, comenzó a gritar fraude, todos los tontos útiles que cacareaban “¡Voto por Keiko, porque amo a mi patria!, comenzaron a golpetear histéricos las puertas de los cuarteles, sin pararse a pensar que un golpe aceleraría el colapso del país al que tanto aman, nos expondría al descrédito internacional, destruiría lo poco que todavía funciona y nos llevaría al modo Venezuela más rápido que Flash en patines.

Pero, claro, eso a los irresponsables que piden golpe parece no importarles en absoluto, y siguen gritando “¡Fraude!” -un fraude supuestamente perpetrado por un partiducho provinciano menos organizado que un mercadillo popular- poniendo en evidencia que, o mienten con total descaro o no tienen ni idea de qué es un verdadero fraude, uno en toda regla, como los fraudes que orquestaba Vladimiro Montesinos con la anuencia entusiasta del beneficiario de todas sus triquiñuelas, don Alberto Fujimori, su socio, y papi de la candidata que hoy dizque representa la democracia.

Un auténtico fraude, para comenzar -y lo podría decir el más bisoño de los historiadores-, solamente puede perpetrarse desde las alturas del Poder Ejecutivo, porque es el único que tiene los mecanismos de presión necesarios para armar algo tan complejo como una elección tramposa e involucrar, en el camino, a los organismos electorales, a las fuerzas armadas y todos los incontables cómplices que se requieren para tan gigantesca empresa.

Seamos serios, y sean serios los conversos al keikismo recalcitrante: si un fraude se pudiera hacer desde abajo, es decir, desde la sociedad civil (porque un partido político no es más que la suma de sus militantes), ¿por qué nunca se ha visto el caso de un opositor en ningún sistema ni país que haya llegado al poder por esa vía? Si tienen la respuesta y siguen chillando fraude, por fa, dennos la fórmula para que el 2026, toditos, hagamos fraude a favor del candidato de nuestra preferencia, aunque se trate de don Ciro Gálvez.

¿No pueden? Por supuesto que no, porque es algo imposible, salvo el caso en que el gobierno en funciones esté comprometido con el candidato de su partido y ponga a su disposición todos los recursos del Estado, como ocurrió en 1992, 1995 y el 2000, cuando el gobierno de Alberto Fujimori tenía de candidato a… ¡ups!, el propio Alberto Fujimori.

Para ser fieles a la verdad, la única excepción en nuestra historia, no del fraude de abajo hacia arriba, sino de un gobierno que apoyó a un candidato que no era de su partido, fue la elección de 1990, cuando el entonces presidente aprista Alan García decidió ningunear olímpicamente a Luis Alva Castro, candidato del Apra, y apoyar con todo a un candidato desconocido de ojitos jalados solo para hacer lamer el polvo de la derrota a Mario Vargas Llosa, el hoy patidifuso garante de la Señora K. ¿Cómo se llamaba ese desconocido? Caramba, qué coincidencia, ¡También Alberto Fujimori!

Y la razón de que un fraude se haga únicamente desde arriba, repito, es porque solo el poder ejecutivo tiene la unidad de mando y la capacidad de presión, sea con dádivas y/o amenazas, para someter a todos a sus intereses. Además, claro, de todos los recursos del Estado para invertir en campaña, comprar medios y acallar testigos. Pero, sobre todo, solo un ejecutivo autoritario y desvergonzado es capaz de organizar sistemáticamente un proceso fraudulento desde la inscripción de un partido (firmas falsas, ¿remember?) hasta el cómputo de votos.

Por eso, la pregunta que se cae de madura es: ¿Podría el gobierno de Francisco Sagasti, que anda sobreviviendo a duras penas el día a día y no tiene ninguna ventaja que sacar de la elección de un candidato como Pedro Castillo -al que no conoce ni en pelea de perros- organizar un fraude en el que no va a ganar nada? ¿A santo de qué haría tamaña filantropía? Y si solo hubiera un indicio claro -no la absurda acusación de querer intervenir en el proceso por haber conversado con el escribidor, que no tiene ningún rol oficial en todo este desmadre- de intento de fraude, ¿no habrían saltado ya los vacadores de siempre con Merino a la cabeza?

Keiko Fujimori sabe que, de su comportamiento en este momento depende su futuro político, porque podría tentar, con todo derecho, una cuarta candidatura el 2026 y, con la lección aprendida, construir una opción que garantice la confianza de la ciudadanía en que, ahora sí, ha cambiado para bien. Pero todos hemos visto que ha seguido en sus trece, aferrándose a la más débil ramita de esperanza, y azuzando de paso la división entre peruanos, con tal de no aceptar su derrota. Por eso la gran pregunta en este momento es: ¿Le importa a Keiko Fujimori tener un futuro político o sólo le importa librarse de la cárcel hoy?

Y eso es lo que sus defensores a ultranza, esos del llano que creen en sus promesas democráticas y cierran los ojos a todos los indicios, deben preguntarse. Esos que, mientras el Grupo El Comercio comienza a hacer notas favorables a Castillo (incluyendo un meloso cherry con su esposa en un programa de televisión), Roque Benavides dice que hablar de fraude es un exceso, todos los periodistas que atacaban al lápiz comienzan a silbar mirando al techo, siguen chillando “¡¡¡Frauuuuuudeeeee!!! ¡¡¡Un golpecito, por favor, para salvar la democraciaaaaaa!!!” Porque, sin ánimo de criticarlo, como que ya es hora de que se den cuenta de quiénes son los que cortan el jamón y quiénes, los tontos útiles.