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María Luisa Doig y Pool Ambrocio, combatientes

María Luisa Doig y Pool Ambrocio integran el grupo de 19 deportistas peruanos clasificados hasta el momento a Tokio 2020. Ambos practican deportes de combate: ella, la esgrima; él, lucha olímpica. Tras superar pérdidas, a sus 30 años y graduados en el arte de la constancia, se alistan para conseguir su mejor performance.

La Republica
Ambos practican deportes de combate: ella, la esgrima; él, lucha olímpica. Foto: IPD/Antonio Melgarejo
Luis  Paucar

1.

Esa mañana, el abuelo Luis la tomó de la mano y la condujo por las instalaciones del Club Regatas. María Luisa Doig dudaba. Primero la llevó al espacio de gimnasia y atletismo, luego a la cancha de vóley y básquet, después al área de natación. “¿Te gusta alguno, Malu?”, preguntaba él. “Ninguno, papá”, decía María Luisa, con cinco años. “No importa –seguía el abuelo–, ya vamos a conseguir tu deporte”. Avanzaron hacia el tercer piso. Se detuvieron en un espacio modesto donde dos chicos practicaban con una varita de metal y, mientras tanto, tintineaban luces de colores. Era el área de la esgrima. “Y yo pregunté qué era eso y por primera vez mi abuelo no supo qué responderme. Fue como amor a primera vista –recuerda María Luisa Doig–. No sabía nada aún, pero dije: esto quiero hacer, aquí quiero estar”.

En los días siguientes de ese verano de 1996, ella acudiría a la biblioteca del club en busca de algún libro donde pudiera conocer sobre ese deporte de extrema precisión, considerado el más antiguo de Occidente, en el que dos contrincantes debidamente protegidos intentan tocarse con un arma (el florete, la espada y el sable). Es una disciplina particular. El objetivo es tocar el cuerpo del rival para recibir un punto: en la modalidad de espada, el toque es válido en cualquier parte del cuerpo. En la modalidad de sable, en cualquier parte por encima de la cintura. Y en la de florete, únicamente en el torso. Eso aprendió María Luisa en el silencio de la biblioteca. Leía y practicaba. Dice que, por esas cosas, fue una niña feliz.

En 2003 ocurrió su primera gran competencia: un Sudamericano en Chile que no le supo a gloria. Después, con casi 17 años, llegó a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, en el evento de florete individual femenino. La vida marchaba prometedora –ella mejoraba su técnica, combinaba la disciplina deportiva con el estudio, ya estaba a un paso de acabar su carrera–, hasta que en 2013 sucedió: murió el abuelo Luis y con él se fue un pedazo de ilusión. El abuelo tampoco pudo verla graduada como odontóloga de la Cayetano ni en sus días como serumista.

María Luisa perdió a su entrenador, Iván Huapaya, debido a la COVID-19. Foto: IPD

Su continuidad fue un homenaje al hombre que siempre la tomó de la mano. Así que María Luisa Doig volvió por lo alto con un bronce en el XII Campeonato Sudamericano de Esgrima Mayores Individual (2015) realizado en Porto Alegre. En 2019 repitió el logro en el Campeonato Panamericano de Toronto y, en noviembre de ese año, conquistó el primer lugar en espada del Ranking Nacional Femenino Categoría Mayores.

Recuperada de una ruptura de peroné, María Luisa se alistaba para el Preolímpico de las Américas y para emprender un consultorio odontológico. Había alistado los implementos y el local. De pronto, la pandemia detonó. “Pero bueno, yo siempre digo que esto va a pasar –señala María Luisa–, que ya volverá la ansiada normalidad”. El virus, además, apagó la vida de Iván Huapaya, el gordo bello, como lo llamaba, su primer y único entrenador. Antes de fallecer, él le escribió: “Tus triunfos nos fortalecen”. Huapaya no pudo enterarse de que María Luisa había clasificado a Tokio 2020, en Costa Rica, de donde acaba de volver esta semana. Dice que han sido días atareados, altamente emotivos. Habla desde el aislamiento. Luego de esta conversación, compartirá una foto en Instagram: su llanto tras la victoria. Las últimas líneas de su publicación están dedicadas al profesor Iván y a su abuelo, ese señor de cabello cano que la acompañó hasta la puerta de la gloria.

2.

De niño, Pool Ambrocio tenía vértigo por el entrenamiento. Debía despertar por la madrugada para calentar antes de ir a su colegio de Breña. En la tarde volvía a la colchoneta y repetía una última rutina por la noche. Iba a cumplir ocho años. Su padre, un exjudoka, le había inculcado ese régimen casi marcial. A veces llegaba soñoliento a clases o incumplía con las tareas. “Mi padre era bastante severo con el deporte –recuerda Pool– porque quería que fuera el mejor”. Él, en cambio, aspiraba a ser un niño sin esa responsabilidad a cuestas. Un niño normal, dice. A los diez años, un entrenador lo invitó a ejercitarse en la Videna. No lo condujo al área de judo, como esperaba, sino al de lucha libre, un deporte en el cual cada participante intenta derrotar a su oponente con el uso de llaves y técnicas de proyección. La lucha iba a drenar todo el frenesí que contenía.

A esa edad, entonces, Pool conoció su elemento. Empezó a competir con chicos mayores. Ganó el certamen nacional de cadetes, llegó al Panamericano Junior y luego a los Bolivarianos de Sucre. Se enfrentaba a rivales que le duplicaban la edad. Él, un adolescente ignoto, derribaba sin esfuerzo a luchadores treintañeros. En 2011 se ubicó en el octavo lugar de los Juegos Panamericanos y fue campeón sudamericano en 2012, 2014 y 2015. “Me volví un estudioso de la lucha –apunta Pool–. Leía, miraba y ejecutaba. No tenía posibilidad de estar en Europa o Estados Unidos, donde este deporte es top, pero estaban los videos. Yo quería ser uno de ellos, lo tenía planificado. Pero a veces las cosas no pasan como uno quiere”.

El exigente entrenamiento de Pool Ambrocio. Foto: Antonio Melgarejo

En 2016, los planes fracasaron: Pool Ambrocio estaba a punto de clasificar a los Juegos Olímpicos de Río, pero su rival lo venció cuando faltaban dos segundos. Quedó sumido en un cuadro depresivo y evaluó incluso retirarse del deporte. Se suponía que era el momento de la victoria. Se preparó con esmero para eso, y sin embargo había recibido un golpe que lo arrojaba a llorar cada vez que recordaba esos dos segundos en que el triunfo se le diluyó en la colchoneta. La idea del retiro iba a surgir nuevamente en Lima 2019 cuando, frente a su familia y aquejado por una lesión, su rival le arrebató la posibilidad del podio. Era la segunda pérdida de su carrera. “No quería nada más –dice Pool, la voz marcial, el gesto rígido–. Estaba aniquilado. Estas situaciones han sido las más dolorosas”.

Pero no era lo único. Se había quedado sin auspicios. Solo recibía apoyo de sus familiares, del equipo nacional de lucha y del cubano Luis Mieres, su entrenador. Aun así, en febrero de 2019, el chico que tenía vértigo al deporte invirtió todos sus ahorros en un boleto con destino a Rusia y se marchó a entrenar con los mejores del mundo. Era la última vez que apostaba por sí mismo. Al mes siguiente viajó en silencio a Canadá y entonces, sí, a puertas de sus treinta, se cobró la revancha: clasificó a Tokio 2020 en un Preolímpico. “En realidad, ya no daba para otro ciclo más –reconoce Pool–. Si no lo lograba, lo que seguía era humillación. Iba a ser un frustrado de la vida o alguien que no había curado la enfermedad con la que iba a vivir el resto de los días”.

El día de la clasificación, Pool se encerró en su habitación y lloró satisfecho. “Superar esas cosas ha sido una constante, como ves”, ríe ahora. Ha decidido alejarse de las plataformas sociales para enfocarse en sus entrenamientos de cara a las olimpiadas y en sus clases de Administración y Gerencia, la carrera que cursa en la Ricardo Palma. Pool Ambrocio se ha tatuado esa hazaña. En su piel relucen los aros olímpicos y una línea que dice I ♥ wrestling porque confía; pero, sobre todo, porque ama.