“En la pesadilla, hermanos”

José Rodríguez Elizondo
José Rodríguez Elizondo

Parafraseando a Lenin, sin teoría democrática no hay acción democrática. Algo teórico debe estar fallando, entonces, para que la democracia esté al borde de la cornisa en casi todas partes.

Pasó, ya, ese tiempo dorado, inicios de milenio, cuando ondeaba en casi todos los mástiles de América Latina, Digo “casi” porque la excepción notoria fue, entonces, la Cuba de Fidel Castro. Y no se le dio mayor importancia, pues se creyó que, tras la implosión de la Unión Soviética el régimen se extinguiría solo. Mala percepción. El embrujo del líder no desapareció y la política cubana de los EE.UU siguió fracasando.

Ahora estamos en el tiempo de los estallidos. El último se está dando en Colombia y antes fue en Bolivia, Ecuador, Perú y Chile. A ese fenómeno se suman la dualidad del poder peronista en Argentina, el poder autoritario con base militar en Brasil, la dictadura matrimonial en Nicaragua y el autogolpismo con farándula en El Salvador. También es mencionable el caso de México, a medio filo entre las formas democráticas restringidas y el populismo sospechoso.

Precursor inmediato de este cuadro fue la Venezuela de Hugo Chávez. Un buen discípulo de Castro que legó su poder al dictador Nicolás Maduro, lo internacionalizó en el Grupo Alba y hoy se proyecta desde el Grupo de Puebla y el Foro de Sao Paulo. Pero también hay un catalizador foráneo en esta historia. Fue Donald Trump por haber evidenciado, desde la presidencia de los EE. UU, que la gran potencia hemisférica no se cortaba las venas por su doctrina del destino democrático manifiesto.

Políticos bajo la lupa

En ese cuadro ominoso interactúan la decadencia y/o corrupción de la bien llamada “clase política” y la catastrófica pandemia en curso. La primera, por haber sustituido el sentido de misión por el sentido del poder. El coronavirus porque, desde que apareciera en Wuhan, viene recordándonos que las grandes catástrofes no unen, sino que catalizan el desorden y el pánico.

Así, el gran tema de nuestro tiempo es el de encontrar una vacuna para preservar y/o recuperar los sistemas y valores democráticos. Mientras no aparezca, seguirá desarrollándose el síndrome en curso, que conviene enumerar, pues por conocido se calla y por callado se olvida:

- Gobernantes con aversión a la alternancia en el poder, gobernantes que no pueden completar su período, gobernantes prófugos, procesados, condenados y encarcelados por corrupción;

- Partidos políticos que, en brazos del clientelismo, abandonan los proyectos-país. Mención especial para el Partido Republicano de los EE.UU.

- Personal político que, huérfano de liderazgos de calidad, se configura como una clase con intereses propios, administrada por operadores.

- Administración pública progresivamente frondosa e ineficiente, como efecto directo del clientelismo.

- Delincuencia nativa que empalma con la transnacional, con base en la debilidad del poder político. Mención especial para los “narcos”.

- Inmigración en crecimiento exponencial, que libera a dictadores de sus “excedentes políticos” y complica la gestión de los gobernantes receptores.

- Policías y jueces que se dejan atemorizar o corromper, contribuyendo al incremento de la inseguridad ciudadana, ante la impavidez o impotencia del poder político.

- Fuerzas Armadas tensionadas por una difícil relación histórica con la autoridad civil y bajo presión -endógena y exógena- para su intervención política.

- Inequidades socioeconómicas sostenidas, como plataforma por acumulación de todos los síntomas anteriores.

Mala hora en Chile

Visto lo anterior, muchos están cuestionado ese axioma según el cual “sin partidos políticos no hay democracia”. Para las mayorías es una identificación abusiva y así se comprueba en los casos paradigmáticos de Chile y el Perú.

Como veterano del golpe de 1973, vivo el tema con asombro. Aunque con signo político inverso, en mi país está en desarrollo una crisis estructuralmente homologable con la del gobierno de Salvador Allende.

En efecto, los objetivos de los partidos sistémicos de oposición -las izquierdas variopintas- son de negatividad variable: unos quieren evitar que vuelva a ganar la derecha -ese es todo su programa- y otros quieren impedir que Sebastián Piñera termine su período. Los partidos oficialistas -las derechas diversas- se han distanciado del gobierno para mejorar sus posibilidades electorales. Fuera del sistema, hay sectores que ejercen la violencia, el sabotaje e incluso el terrorismo. Son fuerzas insurreccionales, en el ejercicio del viejo lema global “tanto peor, tanto mejor”. El presidente, gerencialmente correcto, no ha mostrado la sensibilidad política necesaria para enfrentar ese mar embravecido.

Esa desgobernabilidad tiene a Chile en una especie de empate catastrófico, con políticos ensimismados, policías desbordados y desviaciones del derecho. Políticamente hablando, el presidente está tan solitario como antes lo estuvo Allende. Para éste la salida era un plebiscito, para Piñera, una nueva Constitución.

Una gravitante encuesta reciente ha cuantificado la obviedad: los partidos políticos están en el último peldaño de la aceptación ciudadana, con un 2%, precedidos por el Congreso (8%) y el gobierno (9%), Todos estos actores políticos están a gran distancia de la Policía de Investigaciones (53%), las Fuerzas Armadas (37%) y  los vapuleados carabineros (30%)

Y también en el Perú

En el Perú el cuadro político es más complicado. En lo principal porque, tras la “dictablanda” de Francisco Morales Bermúdez, la alternancia que protagonizaron Acción Popular y el Apra, con el Partido Popular Cristiano a la expectativa, apenas duró una década. Fue interrumpida por el autogolpe de Alberto Fujimori, en 1992 y, después ya no pudo recomponerse un sistema regular de partidos.

Con la relativa excepción del segundo gobierno de Alan García, apoyado en un Apra debilitado, lo que vino fue una competencia de caudillos, aficionados o outsiders, con plataforma en sus séquitos: organizaciones familísticas, grupos de poder sectorial, regional o temático, marginales a la lógica y tradiciones de los partidos políticos.

Como efecto visible, todos los presidentes de este antisistema terminaron pésimo, pero la experiencia no fue disuasiva ni docente. A las recientes elecciones se presentaron 18 candidatos, sin arraigo nacional significativo, ninguno de los cuales superó el 20% de la votación. La segunda vuelta se está dando entre dos candidatos que, incluso en conjunto, siguen siendo minoritarios.

La elección de segunda vuelta enfrentará, así, a dos personas que tratan de aliarse con otras personas, para obtener una victoria que, según la mayoría, oscila entre un mal menor y una pesadilla. Tan surrealista posibilidad ha hecho que emerjan grandes electores, también individuales, que pretenden orientar la votación nacional.

Teoría en crisis

Si se asume que la democracia consiste, según definición minimalista, en el derecho a gobernar de las mayorías, con respeto a las minorías, nuestros países no estarían calificando.

Lo cual implica, volviendo a la paráfrasis del inicio, que no hay praxis democrática porque está fallando la teoría. Y esto no lo dice un simple columnista. Podemos arrimar al efecto muchas citas de expertos tan reconocidos como el italiano Giovanni Sartori. Tras mostrar “el descenso del liderazgo en la tardía sociedad liberal de masas”, este gran democratólogo sentenció, en 1987, que “la teoría de la democracia debe ser repensada completamente”.

Habría que estudiarlo un poco, para defendernos mejor.