Eduardo Tokeshi: “La ciencia nos ha venido a salvar y el arte, a darnos refugio”

Luis  Paucar

El artista en su casa taller de Miraflores. Fotografía: Antonio Melgarejo
El artista en su casa taller de Miraflores. Fotografía: Antonio Melgarejo

El trabajo creativo en encierro, la infancia como huida, el vértigo al virus y el legado de la migración japonesa en una conversación con el artista Eduardo Tokeshi.

El teléfono de casa suena un miércoles por la mañana. Casi nadie ha timbrado en este tiempo, de modo que, al otro lado, la voz se cuela sorprendida. Dice: “Espere un momentito que ya lo llamo”. Eduardo Tokeshi ha interrumpido su clase para contestar. Es uno de los artistas con mayor reconocimiento en el país y, desde que estalló la pandemia, se volcó de lleno a la pedagogía, a una maestría en Escritura Creativa y a su tesis de posgrado enfocada en la migración japonesa. El resto del día, para aplacar el encierro, Tokeshi ha construido poemas ilustrados que publica en sus redes como quien suelta un pájaro cautivo. También ha escrito cartas para sí mismo, que seguramente leerá en el futuro —o no—, y en las que se recuerda que todo pasará. Que, de no sobrevivir, anhelaría una “dulce muerte”, una muerte sin dolor.

Es un sexagenario capaz de remover Instagram con líneas como “la soledad es un arte de largo aliento/ en medio de una pandemia que nos quita el aire” o “todo mi país es vértigo/ cornisas /gallinazos /una cola de rata asomando bajo tu mesa”. Un señor que trastoca con pinturas como aquella que, titulada ‘La distancia’, muestra a dos personajes sentados frente a frente, separados por un abismo de donde emergen montes y árboles, un bote varado al que no se puede llegar. Es su metáfora de la sobrevivencia a la catástrofe. “Puede ser además el Perú polarizado de hoy”, comenta Tokeshi al día siguiente de la llamada. Dice también que mudó su taller —donde pintó los últimos cinco años— a su casa de Miraflores —donde vive con su esposa, la artista visual Luz Letts, y sus tres hijos.

De niño dibujaba superhéroes en la bodega de sus abuelos del jirón Cotabambas. Después se decidió por la carrera de Arquitectura, pero terminó en la Facultad de Arte de la Universidad Católica. Ha representado al Perú en la Bienal de La Habana y la de Sao Paulo. Sus piezas se han exhibido en galerías y museos de Tokio, Panamá, Washington y Lima. El 12 de agosto pasado, en su cumpleaños, Tokeshi compartió esta línea: “21.915 días en esta tierra y siempre hay un espacio para el asombro/ siempre es posible arañar la oscuridad/ y distinguir el paso de las estrellas”. Es el método de un hombre estoico que ha tomado a la curiosidad como combustible.

•“Los días, estos días, han perdido sus nombres”, escribiste. ¿El proceso creativo te está ayudando a nombrarlos?

•Yo te hablo desde el privilegio. Seguir pintando y hacer cosas en medio de esto indudablemente es un privilegio. Y, de hecho, salva. A pesar de eso, pintar, a lo que me dedico, se vuelve un ejercicio arduo y duro, incluso sin pandemia; no un pasatiempo que te conduzca a un momento feliz. Hay un orden y limpieza ahí adentro para conducir algo, un magma, hacia el exterior. Pero nunca he estado tan ocupado como ahora.

•Zoom acaparó tus rutinas y de pronto llevaste tus poemas a Instagram y Facebook. ¿Te está dejando algunas enseñanzas?

•He debido adaptarme, claro. Utilizo las redes como un diario de trabajo. Leyéndolas sé qué cosa está sucediendo. Estos espacios me han dado la oportunidad de que no sienta tanta vergüenza de escribir o invadir registros que usualmente son de quienes han estudiado y tienen la experiencia. Recuerda que soy pintor, entonces siento que estoy invadiendo campos que no son míos. Soy un caradura que se atreve a mostrar lo que escribe. Zoom se ha vuelto mi amigo. La otra vez me puse a identificar mil maneras que tenemos para comunicarnos. Y es interesante. Tú, por ejemplo, llegaste por el teléfono fijo que usualmente nadie levanta en casa porque puede ser Telefónica vendiéndote algo. Pero también está el DM, el correo, en fin. Soy una persona de sesenta que ha vivido toda esta etapa de cambios. La única manera de llegar a mí ha sido escribiéndome cartas.

•¿Y qué te dices en esas cartas?

•Que todo va a mejorar. Que no me preocupe. Que en algún momento añoraré esta situación donde hay silencio, la gente como inmóvil.

‘Arca’, una versión moderna del arca de Noé. Óleo sobre ensamblaje de pino.

•¿Crees que haya algo que vamos a extrañar?

•Quizás el hecho de estar literalmente con uno mismo. Es una sensación tan inédita que hemos empezado a soñar cosas raras, a evocar tragedias pasadas. Esas elaboraciones oníricas son el signo de que uno está con uno mismo. Después se cierra esa cabina y empieza lo cotidiano.

•Hablemos de tu tesis sobre la migración japonesa. ¿Te parece que es un fenómeno que hemos mirado poco o no hemos entendido?

•La migración japonesa es sumamente particular. Esa colectividad ha generado poetas como (José) Watanabe, pintores como Tilsa (Tsuchiya) y personajes como Fujimori. Allí hay toda una complejidad de una comunidad que sufrió persecución en la Segunda Guerra Mundial, huyó del país y después debió volver cuando ya estaba todo colapsado. Mis padres nacieron aquí, se fueron a Japón a estudiar y en medio de eso vivieron la guerra en la isla de Okinawa, una de las más bombardeadas. Son unos sobrevivientes. Ninguna bala, ninguna bomba los alcanzó. Y yo he tenido la enorme suerte de que ellos no me hayan heredado la amargura de esos días. La única frase que escuché fue que toda guerra es inútil. Cerraron ese capítulo y volvieron al Perú a hacer otra vida. Tengo un sentido de pertenencia con eso.

•En Instagram has escrito: “De niño solía dibujar para huir”. ¿De qué?

•Crecí en Cotabambas, el barrio donde nació ese equipo de segunda que es AL. En la cuadra anterior, mi abuelo tenía una bodega que era cantina a la vez. De ahí viene mi condición alérgica al alcohol. Mis primeros dibujos nacieron en papeles para envolver alimentos a granel. Mis primeros dibujos de superhéroes se fueron entre bolsas de arroz y fideo. Lo admirable de mis padres comerciantes es que tuvieron la paciencia y la fe para verme crecer, y eso no se paga con dinero, sino con obra. Mi madre festeja todo lo que salga de mí. Mi padre más bien tiene un perfil bajo y silencioso, pero un día descubrí que coleccionaba todo lo que sale en los diarios sobre mí, y fue maravilloso. Ya me dijeron que los vacunarán, es casi un milagro.

‘El horizonte siempre ríe’, los paisajes como ansias de naturaleza. Óleo sobre mdf

•El dibujo de las dos personas y el abismo que compartiste hace poco, ¿también es una mirada del Perú?

•Fue volcar ese escenario insólito, distópico, aunque no apocalíptico porque aún nos queda la ciencia. Y, por otro lado, retratar esta situación llena de vértigo, donde las posiciones políticas se deben estudiar... y en el Perú se estudia muy poco. La polarización arrastra violencia. Si hay violencia, hay ataque y donde hay ataque, una cuestión virulenta.

•Me quedé pensando en ese precipicio que nos atrae. Al final, el arte también sacude o despierta.

•Eso es. El arte tiene denuncia, amor y fantasía. Sin esas realidades alternativas, el mundo sería terrible y aburrido. Es una herramienta de sanación, nuestra nueva máquina de tiempo y una opción para sentir alivio. La ciencia nos ha venido a salvar y el arte, a darnos refugio.

•A refugiarnos en un momento donde, como ocurre a menudo, el Perú termina perdido. Recuerdo una línea tuya: “Una perenne desactivación de esperanza es mi país”.

•Y, sin embargo, es totalmente real maravilloso lo que nos pasa. Si fuera Macondo, sería diferente. En Perú es fantástico todo. No sé porque nadie ha vendido el guion de nuestros últimos treinta años.