La distancia que nos separa

Un médico intensivista, tres profesionales del Instituto Nacional de Salud (INS), y una oficial del Ejército, todos en primera línea contra el COVID-19, cuentan cómo la pandemia y la labor que realizan los ha obligado a distanciarse de sus seres queridos.

Rosario Rojas, César García y Sofía Espinoza, profesionales del INS. Durante la semana se confinan en un local de Punta Rocas, al sur de Lima.
Rosario Rojas, César García y Sofía Espinoza, profesionales del INS. Durante la semana se confinan en un local de Punta Rocas, al sur de Lima.
Raúl Mendoza

Desde que la pandemia del Covid-19 llegó al Perú en marzo pasado, el doctor Jesús Valverde, médico intensivista del Hospital Dos de Mayo y presidente de la Sociedad Peruana de Medicina Intensiva, ha trabajado más que nunca: 450 horas mensuales.

No ha sido lo único que ha cambiado por la pandemia. También tomó medidas en su casa para cuidar a su esposa y sus hijos. En un inicio, por la carga laboral, a veces podía llegar apenas dos veces a la semana a su casa y cumplía con todos los protocolos de aseo antes de saludarlos siquiera. Pero además habilitó una habitación para él solo y monitoreaba cualquier síntoma sospechoso.

Como muchos profesionales de la primera línea contra el COVID, el doctor Valverde hace un año que no ve a sus padres. Ellos viven en Ica y él siempre los iba a visitar en fechas festivas o en vacaciones, pero ahora no lo ha hecho.

“Yo iba a verlos dos o tres veces al año, pero esta vez por la carga laboral y por una decisión personal no he ido. Ellos son adultos mayores y uno puede ser portador asintomático. Mi temor es que yo sea el vehículo de la enfermedad y contagiarlos. Por eso decidí ese distanciamiento social. La comunicación sí es permanente”, explica.

A través de la línea teléfonica o de videollamada se informa cómo están y les da consejos para que se cuiden. Les dice que no salgan, que restrinjan las visitas. Y sus padres también se preocupan por él. “Es por mi trabajo en zona crítica”, dice.

También comenta que muchos de sus colegas tomaron la misma decisión de no ver a sus progenitores. Había una razón: al inicio de la pandemia veían que la mayoría de contagiados que se agravaban y acababan en UCI eran los adultos mayores.

En febrero pasado se contagió de COVID-19 pero de forma leve. “Ya estoy recuperado y en mi puesto para luchar contra el virus”, dice. Cuenta que solo hay 730 médicos intensivistas paras las 2 mil camas UCI que existen. “Por eso trabajamos tanto para salvar vidas. Faltan más intensivistas”, precisa.

-”¿Cuándo cree que volverá a ver a sus padres?”

“Cuando ellos estén vacunados. Y cuando yo cumpla con mi segunda dosis. Ya con eso estaré más tranquilo. Es importante que ellos se protejan de las formas graves y podríamos tener un acercamiento. El adulto mayor sigue siendo un blanco fácil de la enfermedad”, dice.

Aislamiento laboral

Los profesionales del Instituto Nacional de Salud (INS) que procesan las muestras moleculares de COVID trabajan en turnos de día y noche, y realizan la detección del SARS-CoV-2 las 24 horas, durante los 7 días de la semana. Un trabajo heroico que ya dura un año exacto.

El personal del laboratorio trabaja cinco días en turnos de doce horas. No vuelven a casa al final de la jornada. Cada tarde un bus los lleva desde el local del INS en Chorrillos hasta un albergue que les han cedido en Punta Rocas -un Centro de Alto Rendimiento construído para los Juegos Panamericanos 2019- donde pernoctan.

Al día siguiente el bus los vuelve a traer al trabajo. Al final de los cinco días, los empleados del laboratorio, pueden volver a sus casas también por cinco días.

La bióloga Sofía Espinoza, que se encarga de procesar muestras de todo el país, cuenta que ese confinamiento es una medida tomada por el INS para evitar que el personal se contagie en el transporte público o en la calle si tuvieran que volver todos los días a su casa. También es una medida para proteger a sus familias, ya que durante la semana ellos tienen contacto directo con el virus.

“Trabajo en el laboratorio donde ingresan las muestras. Ahí las abrimos en una cabina de bioseguridad, las ponemos en placas y se procesan en los equipos”, explica. Tienen las máximas medidas de cuidado: cascos, guantes de nitrilo, mamelucos, cubrebotas, etc.

Ella vive con su esposo, sus tres hijas, y su papá, de 76 años.

“Además del protocolo que tengo al llegar a casa, durante los cinco días que descanso casi no salgo. Tengo miedo de contagiar a mi papá y a mi hija de 4 años. A veces uso mascarilla dentro de la casa”, cuenta.

Otro caso es el de Rosario Rojas, técnica de laboratorio que trabaja con este modelo de confinamiento desde abril del año pasado. “Nos permite distanciarnos de nuestra familia y a la vez cuidarlos. Cuando hay aumento de muestras por rebrote nos quedamos confinados para no exponerlos”, dice. Ella trabaja en el área de recepción y codificacion de las muestras.

En el local de de Punta Rocas reciben alimentación, una habitación personal y monitoreo permanente de su salud.

Rosario vive con su mamá y sus hermanos, y en su casa le han acondicionado una habitación en el segundo piso. Recuerda que al principio de la pandemia estuvo un mes y medio sin verlos por el trabajo. “Cuando llego, me ducho y me voy al cuarto. Salgo poco. A mis abuelos no los veo hace meses. Visitarlos sería exponerlos. La pandemia ha hecho que prácticamente solo nos enfoquemos en el trabajo”, dice.

El técnico de laboratorio César García también se confina cada cinco días y, por efectos de la pandemia, ha dejado de ver a sus padres durante más de año y medio. Ellos viven en Huancayo y cómo no pudo visitarlos varios meses antes de la pandemia, cuando esta llegó al Perú ya no ha podido verlos.

“Como trabajo de manera directa con el virus, el riesgo de ir a verlos es alto”, dice. No sabe cuándo volverá a encontrarse con ellos, pero espera que sea este año. Él vive con su esposa, su hija y sus suegros, que son adultos mayores. Cuando llega a casa trata de mantener distancia con ellos para cuidarlos. La epidemia ha cambiado su rutina con quienes lo rodean.

Misión en la selva

La capitana EP, Detsby Asalde Tello, estuvo diez meses sin poder ver a su familia por la pandemia. Es parte del contingente militar -Sexta Brigada de Fuerzas Especiales- que opera en la zona de La Pampa, en Madre de Dios, y en el último año ha participado de operaciones de control contra el COVID y también contra la minería ilegal.

Cuenta que en los últimos meses, cuando realizaban labores de patrullaje en La Pampa -una extensa zona de explotación minera ilegal-, el trabajo se hizo más complicado porque muchos de los intervenidos, para evitar ser detenidos, alegaban estar contagiados.

“Se trataban de acercar para intimidarte”, cuenta la oficial.

Ella ya tiene tres años sirviendo en la zona. Ha estado en primera línea como parte del personal que imponía el orden durante el Estado de Emergencia y confinamiento de los primeros meses. Dice que el COVID también llegó a la zona y no fueron pocos los compañeros que se contagiaron. Ella, por fortuna, no.

“Esa zona es tierra de nadie. Entre la población muy pocos usan mascarilla. Parece que no les importa lo que puede pasar. Les da igual”, describe.

En diciembre pasado recién pudo reunirse con sus papás y su hermano por fin de año. Estuvo cuatro días con ellos. Ahora ha vuelto a la selva y se comunica por videollamada, o Zoom. Es duro estar lejos y los extraña. Su mamá le dice que se cuide. “Es la preocupación de cualquier mamá con su hijo, pero es un poco más para aquella que tiene un hijo en primera línea ya sea medico, enfermero, policía o parte de las Fuerzas Armadas”, sentencia la oficial.