Max Hernández: “La pandemia nos ha ocasionado no solo un desgaste de nuestros recursos económicos sino también psíquicos”.

Juana Gallegos

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Max Hernández, psicoanalista, escritor, docente y secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional. Foto: Antonio Melgarejo.
Max Hernández, psicoanalista, escritor, docente y secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional. Foto: Antonio Melgarejo.

El psiquiatra opina que los nuevos gobernantes tendrán el deber de insertar algo de futuro en el presente y abrir nuevos horizontes.

Ayer, 6 de marzo, se cumplió un año de la aparición del primer caso de contagio por coronavirus en el Perú. La pandemia estiraba sus tentáculos desde la ciudad china de Wuhan y llegaba a nuestro país. A los pocos días se decretó emergencia nacional y se cerraron las fronteras. Nos aislamos en casa pensando que la cuarentena duraría solo quince días. Los escolares se alegraron por la intempestiva ampliación de sus vacaciones. Ignorábamos todo lo que vendría. Al otro lado del Google Meet, Max Hernández hace el recuento de lo que fue este año pandémico. Recurrimos a él, no como secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional (AN) –cargo al que regresó en mayo del 2020 cuando la curva de contagios y muertes estaba en aumento–, sino como psicoanalista, para que nos explique qué cicatrices invisibles está dejando la crisis sanitaria en nuestras mentes y cómo haremos los sobrevivientes para procesar tanto dolor.

El avatar de su WhatsApp tiene un mensaje: “Aún aprendo”. ¿Qué aprendió Max Hernández durante este año de pandemia? ¿Qué le enseñó la peste a sus 83 años?

El avatar es un grabado de Goya hecho en su vejez. Lo primero que te voy a confesar es que cuando fui secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional (AN) por primera vez, e hicimos las políticas de Estado para el 2021, no imaginé que llegaría a este año y aquí estoy. He llegado más allá de mis miedos. Este año aprendí que la vida tiene su propio ritmo, que tú no la puedes controlar con la mente. Yo he estado confinado con mi pareja en una casa relativamente cómoda y el encierro ha sido tolerable. Sin embargo, aprendí que no solo necesitamos de la pareja sino de la familia extendida, de los amigos, de las actividades cotidianas. Yo vivo en una zona de Miraflores que tiene de barrio, hay bodega en la esquina, está el verdulero, el zapatero, el sastre remendón, y obviamente uno extraña esas microinteracciones que te permiten sentir que no estás encerrado en tu lógica individual o de pareja. Aprendí a valorar todo eso, y, además, por las consultas que hago como psicoanalista, aprendí cuán feroz es la presencia del miedo hoy y que, sin embargo, sintiendo miedo se tiene que actuar como si no se sintiera. Hay circunstancias en que el sediento tiene que dar de beber a quien tiene más sed.

Si el Perú fuera una persona y le hiciera psicoanálisis, ¿cómo encontraría su salud mental a estas alturas del partido?

Yo creo que este paciente llamado Perú tendría una condición particular: presentaría personalidades múltiples y disociadas, por momentos pensaría como niño, luego como viejo, como mujer, como hombre, en castellano, en quechua, en aimara; sentiría compasión por momentos y, por otros, rabia; desearía ser solidario, pero el miedo por el contagio lo frenaría. Sería un paciente muy complicado. Le diría las palabras que dijo el presidente americano [Franklin D.] Roosevelt en 1933, cuando el fascismo avanzaba en Europa: “Lo más grave es el miedo que produce el miedo”, y que, por lo tanto, tenemos que aprender a perderle miedo al miedo porque es eso lo que nos tiene atrapados.

Max, ¿usted es usuario frecuente de redes sociales?

No. Yo prefiero no seguirlas porque a mi edad es un asunto de salud mental.

Pues pasa esto: hay días en que Facebook se vuelve una galería de obituarios y Twitter, un mural en el que la gente que tiene un familiar enfermo pide ayuda, y nuestra reacción es escribir la condolencia o ir a la cuenta de ahorros y hacer un donativo, e inmediatamente pasamos la página y volvemos a lo nuestro. ¿Estamos perdiendo la capacidad de pensar en el otro en estas circunstancias?

Caray, me estoy perdiendo de mucho al no seguir las redes. Si me dices que hay momentos en que el muro de Facebook es como el muro de los lamentos de Jerusalén donde se llora, se pide y se reclama, y me dices que hacemos algo y pasamos la página, pues te voy a decir que eso es algo que el ser humano tiene que hacer. Si tú te quedaras atrapada en el dolor que te produce la muerte o en la desazón de ver que hay gente que está en situaciones límite, y lo tuvieras presente las veinticuatro horas del día, no podrías vivir. Hay que ser capaz de sentir con el otro y volver uno mismo.

El drama es que ya no tenemos tiempo de acompañar al otro en el dolor, lo que hacemos es comunicarnos a través de una pantalla y volver a lo nuestro, es como robótico...

Es terrible pero cuando dices que no podemos ir y abrazarnos es porque estamos confinados, no es por una falta que se atribuya a nuestra incapacidad de salir de nosotros mismos. Estamos impedidos de dar un abrazo, de repente lo damos y estamos recibiendo o esparciendo el virus. Y otra cosa, en este contexto, que para muchos es invivible –ahí tienes al hijo que necesita una cama UCI para su padre y mueve cielo y tierra y lees su dolor, su furia, su rabia, y que siente que se le va la vida con la de su padre– cualquier palabra se queda corta. Tú puedes escribir un mensaje “ay, cuánto lo siento” o “te acompaño en tu dolor”, no salimos de la formula verbal (y eso ocurre también los velorios) pero hay sentimientos que van más allá de las palabras.

Hemos vivido con miedo durante un año entero. ¿Cómo afecta a nuestra mente el vivir en sobresalto constante?

Esta pandemia nos ha ocasionado no solo un desgaste de nuestros recursos económicos sino también psíquicos. Vivimos con un esfuerzo constante de tratar de digerir el miedo que vuelve a aparecer, y en algún momento nuestro repertorio de recursos psíquicos se agota. Por otro lado, el temor conspira contra nuestra tranquilidad, que es la que nos permite pensar. Y aquí te voy a citar una frase del barrio donde crecí: “El miedo es peor que la borrachera, tupe más el cerebro que el ron bamba”. Del miedo, además, nace la desconfianza, y el que desconfía está a la defensiva todo el tiempo, y así estamos como sociedad.

Hablemos del estrés, no todos lo vivimos por igual: está el estrés de la clase media, que pudo hacer cuarentena y que padeció el aislamiento, pero también está el estrés del grueso de peruanos que perdió el empleo, que tuvo que salir a trabajar y arriesgarse a un contagio para poder comer. Hasta en eso somos desiguales...

Eso se mantiene igual con o sin pandemia. Que somos un país profundamente desigual es una realidad que no podemos negar. El problema fundamental es: ¿es necesario terminar con los ricos o con los pobres? Esta frase la usaba [el ex primer ministro de Suecia] Olof Palme, que decía que la tarea no era terminar con la existencia de los ricos sino lograr que hubiera menos pobres, pero para eso debería haber un grado tolerable de desigualdad, que permita que se muevan recursos para que el emprendedurismo tenga sentido y valor. Pero, claro, esa desigualdad no debería tener el rostro siniestro que tiene aquí, porque aquí hay quienes nacen con todos los boletos de la lotería de la pobreza: serás poco educado, morirás temprano, sufrirás violencia familiar. ¿Es justa esa condena? Tenemos que encontrar, y esa es mi utopía, una fórmula para el bien común.

¿Qué podremos hacer para drenar el dolor que hemos vivido este año: el no poder enterrar a nuestros muertos, el ver imágenes de cadáveres amontonados en los hospitales, el ver a gente morir en la calle por falta de oxígeno?

El dolor no se drena, se asume y se trata de procesar, de encontrarle algún sentido, de darle una nueva significación. Una situación tan traumática como la que hemos vivido y seguimos viviendo obviamente deja huellas, pero no tratemos de drenar el dolor y no aceptar que lo hemos vivido, hay que reconocer que hemos tenido la fuerza extraordinaria de soportarlo, y hay que tratar de hacer de ese dolor materia de reflexión, así nos daremos cuenta de que parte del sufrimiento que vivimos ha sido un asunto de la humanidad durante milenios.

En una entrevista de la era precoronavirus dijo sobre el aumento de la polarización en el país: “Creemos que, si estamos en lo cierto, el otro está equivocado”. ¿La pandemia ha exacerbado aún más nuestra intolerancia?

Sí, como te decía, el miedo crea desconfianza, y esta solo se atenúa si tienes un héroe y un villano. El primero me salvará, te dices, y para hacerlo va a derrotar al villano. Lo que ocurre es que el héroe de ayer, tarde o temprano, termina siendo el villano de hoy... Si el miedo exacerba estas dos cosas: la expectativa mesiánica del salvador y el indicador paranoico del enemigo y el villano, la polarización estará servida.

Una de las imágenes más impactantes del año pasado fue la de las amigas de una de las fallecidas en la discoteca de Los Olivos bailando sobre su tumba, sin distanciamiento y sin mascarilla. Para algunos fue la máxima expresión de la anomia de los peruanos en ese momento. ¿Cómo interpretó usted esta imagen?

Probablemente por salud mental la he refundido en algún lugar de mi inconsciente, no la tengo tan presente, pero mira, frente a los duelos hay mucho qué decir. Cuando enterraron a un gran amigo se pusieron a bailar en la puerta de la iglesia unos danzantes arequipeños y yo dije “caray, ¿es falta de respeto o es un intento de expresar la vida frente a la muerte?”. Y ya pensando en el hoy, yo me pregunto: ¿Cómo haremos el duelo por quienes se fueron este año?, ¿cómo vamos a ver los sobrevivientes todo aquello que perdimos? Porque la vida tiene que seguir adelante.

Este ha sido un año en que nuestra confianza ha sido rota varias veces: vimos a inescrupulosos produciendo alcohol bamba, a vendedores especulando con el precio del oxígeno, a las clínicas inflando el costo de un paracetamol y, como estocada final, a la fila de funcionarios públicos que se vacunaron por lo bajo. Nos han traicionado en un momento de emergencia. ¿Podremos recuperar la confianza después de eso?

Esto desgarra el tejido de confianza que tiene que existir en una sociedad, pero también hay que decir que eso está pasando en muchas partes del mundo. Que en las situaciones límites aflora lo mejor y lo peor de una sociedad no es novedad. Hay un poema extraordinario de [Constantino] Cavafis, el gran poeta griego de Alejandría, que es una alabanza a los héroes de la Batalla de las Termópilas, y dice: Que del deber nunca se apartan; justos y rectos en todas sus acciones, pero también con piedad y clemencia [...] que siempre dicen la verdad, aunque sin odio para los que mienten. Tú recuperas la confianza sabiendo que tú no harías eso, que tú no te habrías puesto la vacuna, reconociendo qué coraje necesitamos para actuar rectamente.

La traición de Vizcarra y Mazzetti es un caso aparte. En algún momento del año pasado, antes de los escándalos políticos, eran la imagen paterna y materna para muchos peruanos. ¿Cómo se procesa esa traición?

Es una pregunta muy complicada. Un amigo mío, psicoanalista también, dijo algo sobre la respuesta de Vizcarra cuando fue puesto en evidencia y la de Mazzetti: “La del primero la podían haber dicho Los Chistosos, la de la segunda casi pertenece a una tragedia griega”.