Lecciones de un año doloroso

Óscar Miranda

el_miranda

07 Mar 2021 | 12:00 h
Una mujer con mascarilla para protegerse del coronavirus pasa junto al mural de una joven con mascarilla, en Madrid. Foto: AFP.
Una mujer con mascarilla para protegerse del coronavirus pasa junto al mural de una joven con mascarilla, en Madrid. Foto: AFP.

Hace un año el coronavirus irrumpió en nuestras vidas como una bestia indescifrable. Aprendimos, a un alto precio, que la mascarilla es obligatoria al interactuar con otras personas, que es más importante ventilar bien que desinfectarlo todo y que hay fármacos que no combaten, sino que empeoran la enfermedad.

Al inicio todo fue tan confuso.

Tardamos meses en darnos cuenta de lo que significaba esta enfermedad. La OMS demoró 30 días en considerarla una emergencia de salud pública de importancia internacional y 71 en declararla una pandemia.

El resto de personas cómo no íbamos a equivocarnos. Como dice el epidemiólogo Álvaro Taype-Rondán, era previsible que nos equivocáramos.

¿Cuántas semanas pasaron hasta que el mundo tomó conciencia de que debíamos usar mascarillas en toda interacción con personas de fuera de nuestro entorno en las que no se pudiera garantizar el distanciamiento social? Mientras que el 3 de abril los peruanos ya usábamos obligatoriamente mascarillas para salir a la calle, en los noticieros podíamos ver a transeúntes de Madrid, Londres o París que no las usaban. Sus gobiernos seguían la línea de la OMS, que en ese momento decía no tener suficiente evidencia científica que justificara su uso y que las consideraba indispensables solo para personas enfermas y para sus cuidadores.

Recién el 6 de junio, cuando la primera ola había destruido la vida de cientos de miles de personas en el mundo, recomendó que todos las usáramos.

Fueron lecciones duras que aprendimos en el camino. Las autoridades sanitarias nos dijeron que este virus se transmitía principalmente por microgotas que eran expelidas por las personas enfermas, pero también a través de las superficies. Un estudio de finales de marzo dijo que podía permanecer en el plástico y el acero por días. Corrimos a desinfectar todo lo que ingresara a nuestras casas, incluyendo nuestros propios cuerpos. Alguien inventó la cámara de desinfección y probablemente se hizo rico. En esos meses casi nadie habló de la posibilidad de contagiarnos a través del aire. Los científicos recién investigaban el asunto. Los demás estábamos ocupados bañándonos en alcohol.

Mientras los países reabrían sus negocios, incluyendo restaurantes y centros comerciales, aparecieron evidencias, enarboladas aquí y allá por científicos de todo el mundo que pidieron a las autoridades tomar medidas contra el contagio por aerosoles. Hoy, la OMS ya acepta que son una vía de contagio bajo ciertas condiciones.

–Los estudios demuestran que casi todas las personas que han tenido COVID se han contagiado por vía aérea. Los casos sospechosos de contagio por superficies son muy pocos– dice Álvaro Taype-Rondán.

–Mucho del dinero que se usó en tratar de prevenir este mecanismo de transmisión debió usarse en prevenir otros mecanismos, como el de las vías aéreas– dice el epidemiólogo Gabriel Carrasco-Escobar. –Por ejemplo, medidas para asegurar el distanciamiento social y hacer uso de espacios abiertos.

Medidas sin sustento

Todos nos equivocamos. Esta enfermedad era un monstruo casi indescifrable. Pero las autoridades sanitarias globales fueron corrigiendo sus posturas a medida que aparecía la evidencia. En el Perú, lamentablemente, eso no siempre ocurrió.

–Cuando el gobierno dictó las primeras medidas preventivas y terapéuticas, la mayoría de ellas no tuvo ningún sustento científico– dice Taype-Rondán.

El mejor ejemplo es el llamado “pico y placa” por género, que terminó con aglomeraciones en los mercados los días de salida de las mujeres, y que tuvo que ser anulado al poco tiempo.

Una de las decisiones más perjudiciales fue priorizar el uso de pruebas rápidas en lugar de moleculares para detectar la enfermedad. Durante meses los expertos no confiaban en los datos oficiales y se preguntaban cuántos enfermos con diagnóstico negativo seguirían contagiando. La situación se corrigió en parte en octubre, cuando se empezaron a usar las pruebas de antígenos, más confiables.

Y, luego, claro, estuvieron los fármacos. En la desesperación de la primera ola, los médicos echaron mano de lo que parecía que surtía efecto. La hidroxicloroquina y, sobre todo, la ivermectina congregaron un verdadero culto entre algunos médicos y muchos enfermos, respaldado en el hecho de que el MINSA los incluía en su guía de tratamiento, a pesar de que en el caso la hidroxicloroquina abundaba la evidencia de que era contraproducente y de que en el de la ivermectina no había sustento científico que avalara su utilidad. En octubre, el gobierno decidió retirarlos del protocolo. Otra lección aprendida, quién sabe a qué costo.

Foto galería : Duro aprendizaje

Las inmensas dudas sobre las mascarillas

Las inmensas dudas sobre las mascarillas

En el Perú fue obligatorio usarlas desde el 2 de abril, pero no así en muchos otros países, sobre todo europeos, porque la OMS decía que no había suficiente evidencia científica sobre su utilidad fuera de los ámbitos hospitalarios. Recién el 6 de junio recomendó que todos las usáramos en las interacciones con otras personas. ¿Cuántos contagios se pudieron haber evitado a tiempo?

Obsesionados con la limpieza de las superficies

Obsesionados con la limpieza de las superficies

Durante meses las autoridades sanitarias pusieron mucho énfasis en la posibilidad de contagio por superficies y minimizaron la posibilidad de transmisión aérea. Hoy cada vez más científicos están convencidos de que fue un error: hay menos chances de contagiarnos tocando la bolsa del supermercado que comiendo en un restaurante.

El experimento del "pico y placa" por género

El experimento del “pico y placa” por género

Durante meses las autoridades sanitarias pusieron mucho énfasis en la posibilidad de contagio por superficies y minimizaron la posibilidad de transmisión aérea. Hoy cada vez más científicos están convencidos de que fue un error: hay menos chances de contagiarnos tocando la bolsa del supermercado que comiendo en un restaurante.

El error de las pruebas rápidas

El error de las pruebas rápidas

A diferencia de lo que hicieron otros países del continente, el Perú priorizó el uso de pruebas rápidas para detectar la enfermedad. El resultado, según los expertos, fue una gran cantidad de falsos positivos y negativos y una de las mortalidades per cápita más altas del mundo. A partir de octubre se corrigió en parte la situación y se empezó a echar mano de las pruebas de antígenos.

La receta de las medicinas que no curan

La receta de las medicinas que no curan

A lo largo de siete meses el MINSA mantuvo a la hidroxicloroquina, la ivermectina y la azitromicina dentro de su guía de tratamiento contra la COVID 19, a pesar de que no había evidencias científicas de su utilidad y sí, en el caso de la primera, de su peligrosidad. En octubre decidió retirarlas. La ivermectina, sin embargo, sigue siendo promovida por algunos empresarios y autoridades locales.