La valiente Isabel

Luis  Paucar

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La Republica
Isabel prestó servicio en el norte del país, cuando hubo una epidemia de dengue hemorrágico. Foto: JOHN REYES

Isabel Fernández fue la técnica de laboratorio del INS que realizó el hisopado faríngeo al primer paciente de coronavirus en el Perú. Lo hizo mientras sus colegas temían a un virus desconocido. Desde entonces ha realizado 1.850 muestras similares. Nunca se contagió.

Una llamada despertó a Isabel Fernández el 23 de febrero del 2020. La técnica de laboratorio del Instituto Nacional de Salud (INS) contestó soñolienta. Eran las seis de la mañana. La neblina se colaba por su ventana. La voz, desde el otro lado del teléfono, llegaba apurada y nerviosa. Era uno de sus compañeros. Le decía que se alistara, que había una emergencia.

“Recuerdo muy bien sus palabras: ‘¿viste lo del virus, Isabel?, parece que ya lo tenemos aquí. Necesito que me ayudes con una muestra’. Y me quedé helada”. Después le indicaron que debía ir al INS y desde allí una miniván la llevaría, junto al equipo, a La Molina. Se sentó al borde de la cama, como todas las mañanas, y rezó veloz. Dejó listo el desayuno para su hija y salió en puntas de pie, para no despertarla.

Ese día, sin saberlo, Fernández se convertiría en la primera especialista en mantener contacto con un paciente infectado con coronavirus en el país, el piloto Luis Felipe Zevallos, quien devino en paciente cero tras un viaje por Europa. Le realizó un hisopado nasofaríngeo junto a otros ocho miembros de su familia. Fue una jornada que duró casi diez horas y desplegó a biólogos, infectólogos y epidemiólogos del Ministerio de Salud, el episodio inicial que desembocaría en este panorama atroz, con más de 47,000 decesos.

Pero esa mañana de febrero, un año atrás, Isabel Fernández libraba una batalla con el miedo mientras tomaba la muestra. Zevallos le comentó que no habían querido atenderlo en la clínica donde estaba asegurado. Era la única que se había atrevido a realizar la muestra nasal que después sería analizada por los expertos del INS. “Había visto por televisión cómo la gente se desmayaba en las calles, pero la verdad no pensaba que la enfermedad vendría pronto al país”. Ocho años atrás había sido capacitada para evaluar a posibles pacientes de ébola. “Pensé que quizás era algo similar, un mal tan lejano, tan ajeno como China”.

“Cuídate, mamá”

El 6 de marzo, el entonces presidente Martín Vizcarra dejaba perplejo al país: la COVID-19 había sido confirmada en territorio peruano. Ese mismo día los dos hijos de Isabel Fernández se enteraron de que su madre había sido artífice de ese diagnóstico. “El mayor me llamó casi llorando para decirme que no quería quedarse huérfano. La menor estaba pasmada. Como vive conmigo, decidí que se aislara por prevención”, cuenta Isabel, que acaba de cumplir 56 años y, aunque ha tomado 1.850 muestras de coronavirus hasta la fecha, nunca se contagió.

La técnica de laboratorio que testeó al paciente cero es una migrante que dejó su Piura natal hace quince años, tras quedar viuda. Es una especialista que, en 32 años de servicio, ha prestado apoyo en emergencias como la de los noventas, en el norte peruano, cuando se desató un brote de dengue hemorrágico y malaria, y debía cruzar carreteras colapsadas para llegar a zonas donde “no llegaba ni Dios”. Es la madre que perdió a su esposo en un accidente y, por eso –dice– entiende las pérdidas, ese dolor que sucede a la muerte. Es una señora que, por su trabajo, ha desechado aretes, anillos, relojes; y que ha capacitado a jóvenes en tiempo récord, aunque, por momentos, la incertidumbre la consuma.

“En las universidades casi nadie te enseña a realizar un hisopado nasofaríngeo. Lo más común son las muestras de sangre. Lo otro solo lo ves en teoría. Ya imaginarás cómo hemos llevado todo –sigue Isabel–. Y he visto tantas cosas”. Ha visto morir a sus compañeros de trabajo, a pacientes de la Línea 113 (habilitada por el Minsa) clamando por ayuda –”y yo decía: ‘Dios mío, cómo hubiera una pastilla para dársela y calmarles todo su dolor’” –, a sus colegas al borde del desmayo por el trajín de la emergencia.

Su hijo, que vive en Piura, la llamó hace poco para saludarla. “Ya no te expongas mucho, mamá –le dijo. ¿Qué pasa si te mueres? Mi papá ya se fue en un accidente, no queremos quedarnos huérfanos”. Isabel Fernández, que cree mucho y por las noches se entretiene leyendo pasajes bíblicos y separatas clínicas, le respondió: “Dios no va a querer, él me da fuerza”. Un año después de contribuir con la primera detección de COVID-19, la técnica ha recibido la primera dosis de la vacuna contra el virus. Ha sido una inyección de optimismo porque no piensa detenerse. Dice que una sola vez la paralizó el miedo. “Fue cuando me quedé sola con mis hijos. Ahora ya no. Este es mi trabajo y mi trabajo también los sostiene”.