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Cuando el periodista es la noticia

La Republica

La pandemia con malos políticos y en tiempos de estallido es una mala mezcla. Con malos informadores es peor, pues sólo una minoría ciudadana pone bajo lupa las fuentes que la nutren.

Por ello, la información actual me induce una sospecha retrospectiva. Creo que en las dictaduras con resquicios de libertad de prensa pudo darse un periodismo más riguroso. Quienes osaban aprovecharlos, haciendo de la necesidad virtud, sabían que se jugaban el puesto, la libertad y hasta la vida.

Al respecto tengo vivencias surtidas. En el Chile de Salvador Allende, el periodismo fue parte de la explosiva confrontación política. Los medios eran trincheras y las entrevistas, armas arrojadizas. Sintomáticamente, el único programa periodístico de la televisión que quedó en el registro histórico lo conducía un prócer del teatro.

Tras el golpe militar, la política de libre mercado, más la continuidad de las grandes empresas periodísticas, favoreció la emergencia de empresas similares, pero antidictadura. Notables periodistas surgieron desde la nueva prensa y, por reflejo virtuoso, abrieron un espacio mayor a sus colegas de los medios tradicionales. Así comenzó a fraguar el retorno a la democracia.

La paradoja dura es que, con la democracia recuperada, la misma economía de mercado terminó con todos esos medios alternativos. La hecatombe incluyó al diario La Época (su modelo era El País), en el cual colaboré a mi retorno a Chile.

Ilustración: Edward Andrade

Revistas históricas

En el Perú, cuando el general Francisco Morales Bermúdez abrió una ventana de libertad informativa, las revistas independientes Caretas y Oiga jugaron un gran rol político. Sus directores, Enrique Zileri y Paco Igartua, sabían que en un contexto de diarios estatizados (”parametrados”) bastaba informar con rigor, asumiendo los riesgos, para empujar el retorno de la democracia. De hecho, ambos medios fueron clausurados por un tiempo, Igartua partió al exilio y Zileri protagonizó una huelga de hambre de impacto internacional.

Algo similar sucedió en la televisión. Gracias a sus contactos, el periodista Alfredo Barnechea pudo dirigir un programa con entrevistados políticos variopintos. Con estilo ortodoxo e inteligente, también fue funcional a la apertura democrática.

Cabe agregar que más de un informador de entonces se contagió con los políticos. En tiempos de democracia, algunos se convirtieron en ministros y congresistas. Barnechea apuntó más alto y sigue siendo candidato presidencial.

Autoentrevistadores

La entrevista es un género especial. Buenos reporteros pueden ser mediocres entrevistadores y viceversa. Yo aprendí a hacerlas en Caretas, ciñéndome a tres consejos del legendario Zileri: “el periodista no es noticia”, “el lector espera la opinión del entrevistado” y “no te amarres a un guión, la repregunta puede ser imprescindible”. Agregaba una excepción “de criterio”: se podía contradecir al entrevistado sólo si soltaba una pendejada inaceptable.

Verifico que en las sociedades en modo estallido eso se aplica poco. Como televidente y como entrevistado, percibo en mi país un talante en las antípodas de Larry King, quien se definía como un “conducto entre el entrevistado y la audiencia”. Hay periodistas convencidos de que el primer deber de un entrevistador es dar su propia opinión. Empáticos con quienes piensan como ellos, asumen el rol de fiscales con los otros. Su método es ceñirse a una batería rígida de preguntas que lucen como editoriales y soslayar cualquier posibilidad de repregunta, aunque el entrevistado la deje “dando botes”. Y, si no obtienen de éste las respuestas “correctas”, suelen corregirlo de inmediato.

También está la manipulación con las imágenes. Demasiadas veces he visto cómo las respuestas de un entrevistado son contradichas por lo que muestra la pantalla dividida. Por suerte, aún quedan entrevistadores ortodoxos. Entre mis tres más destacados están un poeta, un abogado y un periodista que se curtió en los medios antidictadura.

Machetazos y disparos

Los sesgos del estallido también se producen en la crónica roja, en especial en los noticieros de la televisión. Para ejemplificar, una muestra simple y otra compleja.

La primera corresponde a una información sobre cinco sujetos que asaltaron una caseta de peaje en la carretera y mataron a un guardia con cinco balazos. Mientras se frasea la noticia, la pantalla muestra foto de la víctima con corbata y lentes oscuros y abajo un titular: “guardia murió por un disparo en la cabeza”.

Por cierto, ese guardia no murió porque estuviera en la ruta de una bala loca. Murió porque lo acribillaron. Por asociación de ideas se me vino a la mente un corrido mexicano: “el día que la mataron Rosita estaba de suerte/ de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte”.

Al día siguiente, otra información luctuosa, desde una localidad de 35.000 habitantes. La imagen muestra a un carabinero con su revólver desenfundado, apuntando al suelo. Al frente, un joven con dos machetes en ristre. La acción se corta y el reportero dice, en off, que un malabarista callejero se negaba al control de identidad que le exigía el policía y éste le disparó con resultado de muerte. Agregó que ese joven blandía “elementos de utilería” propios de su actividad. Nunca los definió como “machetes”.

Mientras el caso se convertía, rápido, en otro crimen policía, distintos medios fueron complementando lo informado. El carabinero estaba recién destinado a esa localidad y el joven tenía personalidad agresiva. Videos posteriores lo muestran abalanzándose contra el policía para golpearlo con sus machetes. Según las imágenes y el sonido, hubo varios disparos, el policía retrocedió sin su gorra y el joven quedó tendido en el suelo.

La autopsia y las pericias técnicas dicen que hubo seis balazos en un segundo, tres hacia los pies, dos hacia las piernas y el sexto atravesando el corazón. Los abogados dieron tres interpretaciones básicas. Para unos fue un caso claro de legítima defensa. Para otros había “elementos” de legítima defensa, pues el sexto balazo fue innecesario. Los de la tercera posición cuestionaron la facultad de la policía para exigir controles de identidad en la calle y, ciñéndose al primer relato, configuraron otro crimen de carabineros.

La información de las redes adhirió al primer relato, bajo el título “malabarista asesinado por carabineros”. En El Mercurio, un obispo católico definió lo sucedido como “un acto atroz de injusticia” contra un artista que, con sus instrumentos, daba “ilusión y alegría”. En la localidad de los hechos, un grupo de manifestantes incendió edificios públicos. En la capital, una diputada los justificó diciendo que “la vida de un pobre no vale nada... ¿cómo quieren que no lo quememos todo?” (después calificaría esa expresión como una “metáfora literaria”). En rápida secuencia hubo un ataque a un furgón policial y persecución callejera a carabineros, con saldo de 23 policías heridos y su vehículo incendiado.

En los casos reseñados (pero en épocas normalitas), cualquier jefe de informaciones habría contrastado la noticia e impedido la emisión de imágenes truncas, con relatos desinformativos y titulares engañosos.

Sospecha final

Cierro con una segunda sospecha: el fin de la Guerra Fría no trajo el fin de la Historia, sino el comienzo del fin de las democracias, con plataforma en la corrupción, los malos políticos, los combatientes de las redes y... los periodistas que desinforman.

Esta sospecha me fue confirmada por el gran estallido en los Estados Unidos. En esa democracia grande, apoyado en un partido tradicional y en periodistas faranduleros, llegó a la presidencia un empresario inescrupuloso. Con base en sus mentiras y vía twitter, desconoció la alternancia democrática e indujo el asalto al Capitolio, con muertos y heridos. Más grave aún, los senadores de su partido le dieron la absolución.

Los periodistas serios lo habían temido desde un principio.