Vacunas: Protección para la primera línea

Óscar Miranda

el_miranda

14 Feb 2021 | 8:00 h
Médico Willy Díaz junto a grupo de médicos, enfermeras y técnicos de la UCI del Hospital Dos de Mayo. Foto: Jorge Cerdán.
Médico Willy Díaz junto a grupo de médicos, enfermeras y técnicos de la UCI del Hospital Dos de Mayo. Foto: Jorge Cerdán.

Pocos peruanos agradecen tanto el inicio de la vacunación contra el Sars-CoV-2 como los médicos y enfermeras de las unidades de cuidados intensivos. En la del Hospital Dos de Mayo, que vivió tantos momentos de dolor, hoy por fin ha llegado la esperanza.

Hace once meses que el médico intensivista Ronald Arteaga no puede abrazar a su hija.

Hace once meses que no se saca la mascarilla cuando está en casa. Once meses en los que ha tenido que mantener la distancia social frente a los suyos, con una sola preocupación en mente: evitar contagiarlos.

Ronald Arteaga es uno de los especialistas de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Dos de Mayo. El último lunes, cuando se enteró de que al día siguiente empezaba la vacunación contra el Sars-CoV-2 en el hospital y que él estaba entre los primeros afortunados que la recibirían, se lo contó a su hija. Ella se puso muy contenta.

El martes por la mañana, pidió que lo grabaran mientras recibía la primera dosis. De inmediato le envió el video. Su hija tiene solo ocho años, pero Arteaga dice que es muy inteligente y entiende por qué este momento es tan importante para papá. Para todos.

–Incluso después de vacunado he seguido usando la mascarilla– dice –porque es la primera dosis y uno puede enfermarse, enfermarse levemente, y de repente contagiarlos. Eso ha sido lo más duro: no poder abrazar a la familia. Pero ahora empezamos a sentirnos protegidos.

Protegidos. Así es como empiezan a sentirse los médicos, enfermeras y técnicos de la UCI del Dos de Mayo y del resto de unidades de cuidados intensivos de los establecimientos de salud del país. Cada uno con sus historias de sacrificio, sus parientes y amigos caídos, sus seres queridos a los cuales proteger. Si había un grupo de peruanos a los que había que vacunar primero, eran ellos.

Convivir con el miedo

El Hospital Dos de Mayo fue uno de los “Hospitales COVID” a los que el gobierno de Martín Vizcarra mandó a hacerle frente, como pudieran, a la pandemia, en esos días tan lejanos de marzo en los que nadie estaba seguro de nada y la enfermedad era un monstruo inasible pero letal.

La UCI solo tenía 26 camas. Willy Díaz, que fue jefe de la UCI durante el año pasado y que hoy es jefe del Servicio de Emergencia y Cuidados Críticos, dice que el mayor reto de ese momento fue acondicionar 24 camas más. Más equipos y más personal, en un momento en el que, al mismo tiempo, muchos sanitarios decidían quedarse en casa para proteger a sus familias.

Como ocurrió en otras unidades de cuidados intensivos, tuvieron que reorganizar la estructura de trabajo, de modo que un intensivista que se ocupaba de seis pacientes pasó a ocuparse de entre doce y dieciocho, con el apoyo indispensable de las enfermeras y el auxilio de médicos de otras especialidades, que llegaron a poner el hombro cuando todo era crisis.

En esas semanas de la primera ola, los sanitarios convivían con el miedo. Willy Díaz creyó que se había contagiado al menos cuatro veces. Ronald Arteaga, otras tantas. En el país, los médicos se iban infectando todos los días. En el Dos de Mayo, de los 150 médicos y enfermeras de la UCI, la mitad se contagió. Cuatro intensivistas requirieron hospitalización. Uno de ellos tuvo que ser conectado al ventilador mecánico.

–El doctor Pomiano era uno de los médicos más entusiastas– dice el doctor Díaz. –Era el que le ponía el toque de sabor a las guardias. El que arengaba a la gente para que siga trabajando.

–Era joven, fuerte, padre de familia– dice la jefa de Enfermería, Miriam Rojas. –Era una persona muy alegre, motivaba siempre a todo el equipo.

–Todo el mundo lo quería mucho– dice el doctor Arteaga. –Era muy amiguero, muy bromista. Su muerte fue un golpe muy duro para todos.

Los especialistas tuvieron que sobreponerse al dolor para hacer su trabajo. Todos los días tuvieron que tomar las decisiones más difíciles que alguien podría tomar: elegir qué paciente ocuparía una cama UCI, que es casi lo mismo que elegir quién puede salvarse. Lo hicieron –lo siguen haciendo– cumpliendo estrictos criterios médicos, pero, muchas veces, con las emociones a flor de piel. Willy Díaz recuerda el día en que se liberó una cama y el médico de turno tenía que elegir si dársela a un joven o a su madre, ambos muy enfermos. Cuando la débil madre lo escuchó, le suplicó que se la diera a su hijo. El médico decidió dársela al joven, porque tenía mayores oportunidades de vivir, pero no pudo evitar el llanto. Cuando, al día siguiente, otra cama se desocupó y fue corriendo a buscar la madre, ella ya había muerto.

–Estas decisiones son muy difíciles– dice Ronald Arteaga. –Nos mandan 40, 50 consultas diarias y tenemos que elegir a dos o tres, porque no hay más camas. Muchas veces, la decisión la tomamos de manera grupal, porque ese peso es muy grande para una sola persona.

La enfermera María Jáuregui creyó haber tenido la entereza suficiente para no quebrarse ni en los momentos más difíciles de estos once meses. Pero hace unos días le sucedió algo que la sacudió: mientras se dirigía a la puerta del hospital, vio en una casi vacía Carpa COVID a una señorita con su madre enferma y lo que oyó a continuación le sacudió el alma: “¡Por favor, levántate, mamá! ¡Por favor, no me dejes, mamáaaa!”. Jáuregui todavía tenía el corazón encogido cuando llegó a la entrada y le preguntó al vigilante por qué había poca gente en la carpa. El vigilante le dijo que habían cerrado las puertas porque se había acabado el oxígeno.

Una luz de esperanza

La brutalidad del COVID-19 se ve en casi todas partes, pero, sobre todo, en los hospitales, adonde las personas acuden desesperadas a que les salven la vida. Esos profesionales de batas celestes, agobiados por el sudor debajo de sus equipos de protección personal, tratan de arrancar a los pacientes de las garras de la muerte mientras el virus ronda sobre sus cabezas.

Por eso es tan importante que hayan comenzado a vacunarlos. Por eso María Jáuregui se puso tan contenta cuando, la noche del domingo 7, mientras ella estaba en la cocina, sus hijos la llamaron para que fuera corriendo a ver la televisión porque ya estaba aterrizando el avión con las vacunas.

Cómo no entender la felicidad del enfermero Roy Chaca Sánchez, quien, la noche del martes 9, mientras regresaba a casa, tuvo una revelación: se dio cuenta de que era la única persona del bus que había sido vacunado, esa mañana. Él dice que se sintió bendecido. Y poco le faltó para echarse a llorar.

–Ahora trabajamos en otras circunstancias– dice Willy Díaz, quien fue el primero en ser vacunado en el Dos de Mayo. –Éramos como el bombero al que mandaban a apagar un incendio sin equipos antiincendios, pero no porque no querían dárnoslos, sino porque no existían. Somos la primera línea y no teníamos una herramienta de defensa. Ahora ya la tenemos.

Es como el inicio del final de la batalla– dice la enfermera María Jáuregui. –Sabemos que tenemos que seguir cuidándonos, pero es como la lucecita al final del túnel. Sabemos que podemos salir de esto.