La frustrada dictadura de Trump

La República

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Por: José Rodríguez Elizondo

Si Donald Trump logra zafar impune, tras la insurrección que indujo el miércoles 6, Richard Nixon dará saltos en su tumba. Él debió abandonar la Casa Blanca solo por haber espiado a sus adversarios. Sus pillerías fueron gajes del oficio de político y sus crímenes fueron cometidos en el contexto de la Guerra Fría, contra extranjeros (entre ellos vietnamitas, camboyanos y chilenos) y con la excusa patriótica del interés nacional. Además, siempre estuvo asesorado por el expertísimo Henry Kissinger.

Trump, por su lado, dilapidó todo lo ganado durante la Guerra Fría. El resultado es un crimen de leso Estado, sintetizable en cuatro puntos cardinales: Los EEUU dejaron de ser la superpotencia democrática que lideraba el libre comercio y tenía vara alta en la ONU; perdió el respeto de sus aliados europeos, políticos y militares; en los países en desarrollo (para él “países de mierda”), solo lo aman los masoquistas y los ultraderechistas, e ignoró a conciencia la amenaza planetaria del coronavirus. Como corolario, produjo un vacío estratégico que lo está llenando China, con la cual ya entró en dura guerra comercial y de acusaciones.

En cuanto a trapacerías domésticas, Trump ha superado lejos a Nixon, quien en vida fuera apodado “Tricky” (tramposo). Como contribuyente, paga menos que cualquier oficinista honesto. Normalizó la mentira hasta el punto de que nadie sabe cuándo dice la verdad. Ganó la presidencia con la ayuda tramposa de una potencia extranjera y con menos votos que Hillary Clinton. Desde el gobierno reposicionó el supremacismo blanco y, por tanto, la discriminación racial.

Para completar ese prontuario, el miércoles pasado el presidente Trump indujo la toma insurreccional del Capitolio. Balance: cinco muertos, actos vandálicos, gran modelo para extremistas variopintos y vergüenza global para la que solía mencionarse como “gran democracia norteamericana”.

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Método de su locura

Días antes, en primera plana y con letras catastróficas, el New York Post lo había emplazado: “Señor presidente, detenga la locura”. Era un llamado ingenuo y tardío para que reconociera su derrota ante Joe Biden, como si en algún momento hubiera sido un político del establishment.

Es que los estadounidenses ilustrados subestimaron la experiencia de Trump como autócrata privado y personaje de farándula. Por eso, con la complicidad de los medios y las redes, sus embustes tuiteados fueron noticia diaria, para consumo masivo. Su mezcla de narcisismo con matonería evocaba el viejo cine de vaqueros y garantizaba diversión. Pocos captaron, a cabalidad, que un payaso no es divertido cuando tiene responsabilidades de Estado y menos si funciona en el Salón Oval. Barack Obama, víctima de esos abusos del poder comunicacional, dice en sus memorias que los periodistas “en ningún momento se plantaron ante Trump y lo acusaron directamente de mentir”.

Con base en esa complicidad mediática, más la sumisión clientelizada de los republicanos, la egolatría rústica del autócrata mutó en la locura del gran dictador. Su objetivo, entonces, fue apernarse en el poder a como diera lugar, aunque ello condujera al autogolpe, la guerra civil o la guerra convencional. Desde esa discapacidad empoderada, lució el más rotundo rechazo a la posibilidad de una alternancia democrática. Mostró una extrañeza similar a la de Hitler ante el fi n de la dictadura de Primo de Rivera y el exilio de Alfonso XIII: “Lo que no llego a comprender es que, una vez conquistado el poder, no se aferren a él con todas sus fuerzas”.

Las guerras que no fueron

Esa locura con método, hay que decirlo, convirtió a Trump en un fascista del siglo XXI, tanto o más peligroso que los históricos por su acceso al maletín nuclear y su incultura enciclopédica. Así definido, puede sospecharse que la asonada del miércoles fue la penúltima y desesperada etapa de una estrategia que debió partir con una tonificante aventura militar. Una versión remasterizada del fraguado incidente del Golfo de Tomkin, que (supuestamente) legitimó la intervención de los EEUU en la guerra de Vietnam.

Puede que los historiadores descubran huellas delatoras en su beligerancia con China e Irán, sus sondeos respecto a una intervención militar en Venezuela o, por reversa, en la exitosa disuasión nuclear del dictador norcoreano Kim Song-un. Si aquello solo quedó en proyectos clasificados, lo más seguro es que obedeció al déficit de confianza política y humana entre el jefe de Estado y sus generales y almirantes.

Todo indica que Trump buscó esa relación, pero a su mal modo. Maltrató a los ex altos oficiales de su equipo, como si fueran simples ordenanzas y terminó recibiendo el equivalente a un bofetón castrense: “No juramos lealtad a un rey o una reina, a un tirano o a un dictador… no le juramos lealtad a un individuo”. Lo dijo muy ronco el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto -la más alta instancia militar norteamericana-, justo cuando Trump comenzaba a negarse a la entrega del poder.

Ojo con la OEA

A falta de coartada bélica, el autócrata terminó fraguando la toma del Capitolio, y encargando su ejecución a una fanaticada sin disciplina militar ni objetivos políticos confesables. Es lo que explica que, tras la escandalera mundial, trate de escabullirse negociando una “transferencia ordenada” del poder, a cambio de su impunidad. Por cierto, es una oferta chantajista, pues contiene la amenaza de profundizar la polarización que él mismo catalizó y que ahora contaría con 75 millones de votantes.

Por la envergadura y responsabilidad de los EEUU, la eventual impunidad sería un estímulo global para los extremistas de izquierdas y derechas. Un incentivo para que sigan socavando las democracias, mediante manifestaciones violentas que desborden los estados y catalicen dictaduras. Una amenaza inmediata para nuestra atribulada América Latina, donde la democracia hoy está colgando de un delgado hilo sanitario.

Por eso, el presidente entrante Joe Biden está actuando con prudencia total. Sabe que no puede “vacar” al presidente saliente, que una semana es nada para promover un impeachment y que iniciar acción como gobierno bloquearía el normal inicio de su gestión. Un caso de laboratorio, que marca los límites reales entre el Derecho y la Política con mayúsculas.

Bueno sería, por tanto, que los juristas de Biden se pongan las pilas y que los gobiernos democráticos de la OEA visualicen una posibilidad que antes habría parecido insólita: aplicar la Carta Democrática Interamericana a los EEUU, mientras Donald Trump se mantenga en funciones. Ello procede cuando una alteración del orden constitucional afecta gravemente el orden democrático en un estado miembro. Según su articulado, mientras la anomalía persista el gobierno de ese estado no puede participar en los trabajos de la OEA y el secretario general “puede solicitar la convocatoria inmediata del Consejo Permanente para realizar una apreciación colectiva de la situación y adoptar las decisiones que estime conveniente”.

Luis Almagro, que ya se atrevió a desafiar la dictadura de Nicolás Maduro, tiene ahora la posibilidad de anotarse otro punto, en defensa simbólica de la decisiva democracia norteamericana.