Rafael Roncagliolo: “El desencanto por la democracia se ha extendido por todas partes”

Roberto Ochoa

ERA TRUMP. "Nunca se habían deteriorado tanto las relaciones de Estados Unidos con el resto del planeta", dice el excanciller. Foto: Mauricio Malca / La República
ERA TRUMP. "Nunca se habían deteriorado tanto las relaciones de Estados Unidos con el resto del planeta", dice el excanciller. Foto: Mauricio Malca / La República

Excanciller de la República, periodista, escritor y catedrático.

El año del Bicentenario pasará a la historia como el inicio de la era de las pandemias, sostiene el destacado internacionalista Rafael Roncagliolo Orbegoso. Temas como los partidos políticos, la democracia en la región, Trump, Chile y Bolsonaro son abordados en este diálogo.

En el Perú hay un desencanto con los partidos que se expresan en lo poco atractivos que resultan los candidatos a la presidencia, ¿este es un fenómeno solo peruano o es una tendencia mundial?

Es un fenómeno mundial, más agudo en el Perú. El desencanto con la democracia se ha extendido en todas partes, al tomarse conciencia de que una cosa es elegir periódicamente y otra, muy distinta, gobernar cotidianamente. Los ciudadanos eligen, pero los que gobiernan son, en gran medida, los poderes fácticos. Esta conciencia se ha vuelto más aguda en este tiempo, en el que probablemente estamos iniciando la era de las pandemias. En efecto, en los últimos días, de rebrotes y variantes, me he preguntado si no marcharemos en adelante de pandemia en pandemia y de vacuna en vacuna. A menos que los seres humanos dejemos de agredir a la naturaleza y al clima. Esta era de las pandemias hace más evidente el abismo existente entre gobernantes y gobernados. Y aumenta el desencanto. En el Perú, el deterioro es más grave, porque la extrema privatización y mercantilización de la política han llevado al establecimiento de un juego basado en la prebenda y la coima. Tratar de reformar normativamente al conjunto de los partidos que realmente existen es un esfuerzo meritorio, pero francamente insuficiente y destinado a la esterilidad.

¿Aún es válida la dicotomía izquierda-derecha?

Sí y no. Sí, porque la vida política sigue polarizada entre quienes se resignan a la desigualdad, la derecha; y quienes se rebelan frente a ella, la izquierda. Seamos claros y justos: no es que la derecha desee la desigualdad, sino que la considera un costo inevitable del crecimiento. Y no es que la izquierda desprecie el crecimiento, sino que busca un crecimiento que favorezca a todos y no a unos pocos. Pero, al mismo tiempo, en circunstancias tan desastrosas como las que vivimos, no basta con un llamado desde la derecha, la izquierda o el centro. Es indispensable procurar activamente una concertación frente a la emergencia nacional, con medidas concretas y sacrificios de todas las partes. Por lo tanto, ser de izquierda o de derecha o de centro no es suficiente para proponer una salida para el país. Se requiere formular un verdadero llamado nacional, lo que yo creo que resulta más viable si se formula desde la izquierda o desde el centro. Por supuesto, los amagos de agresividad entre el centro y la izquierda resultan suicidas.

A la pregunta, ¿Cuándo se jodió el Perú? José Rodríguez Elizondo recordó las elecciones de 1990 y la derrota del Fredemo, ¿Qué opina?

He leído estas y otras declaraciones de José Rodríguez Elizondo. Me parece un observador agudo del Perú. Ha señalado hace poco, con mucha razón, que la democracia peruana tiene que salvarse de sus propios partidos. Pero es muy forzado fijar un momento puntual en que el Perú se jodió. Una hipotética historia contrafáctica, a partir de lo que hubiera sido el triunfo del Fredemo en 1990, no estoy seguro de que llevaría a resultados muy distintos. Al fin y al cabo, Fujimori terminó aplicando las recetas de Vargas Llosa. Salvo en el autoritarismo, por supuesto. Pero ¿era posible desarrollar ese programa sin represión y autoritarismo? Incluso, ¿sin corrupción en gran escala? Creo que la elección de Fujimori fue muy importante para entender el actual descalabro del país, pero no que fuera la fuente de todos nuestros males. Pienso en un proceso más amplio, en el cual Fujimori es un factor crucial, pero no el único, como pretende cierto antifujimorismo simplista.

Con PPK la derecha tuvo una oportunidad de controlar el Ejecutivo y el Legislativo, sin embargo, se sacaron los ojos. ¿Puede gobernar un partido de derechas en el Perú sin los Fujimori?

Me parece que, a estas alturas, con el nivel de conciencia que han adquirido los peruanos, solo podría gobernar democráticamente al país un partido de derecha que fuera de “una derecha inteligente y mesurada” como ha demandado Gonzalo Zegarra. Pero no veo, dentro de la abundancia de fórmulas electorales, alguna que corresponda a esa derecha viable. Lo que pasó en el 2016 demuestra justamente que cuando la derecha “realmente existente” monopoliza el espacio, convierte a la política en un juego de agresiones e insultos, sin ninguna incidencia en los problemas reales del país. Necesitamos a gritos una derecha y una izquierda democráticas y sólidas.

¿Qué es lo más peligroso de que la ciudadanía desconfíe tanto de los partidos?

El inmovilismo. Pero en el Perú la desconfianza ha llevado a movilizaciones sociales capaces de resistir a la nata de políticos tradicionales y obligarlos a desandar entuertos. De manera que existe una reserva social muy valiosa.

¿Hay en el rechazo a los partidos un factor generacional? Los jóvenes ven en estas organizaciones algo caduco que no los representa.

Claro que hay un factor generacional. La llamada Generación del Bicentenario es una cohorte diferente, por su nivel y capacidad de exigencia política y democrática. Gracias a ella, es más difícil seguir pasando gato por liebre.

¿Qué ha pasado en Chile? ¿El cambio de Constitución es consecuencia del desencanto por los partidos?

El cambio de la Constitución de Chile es consecuencia del desencanto con los partidos y con la ficción de una realidad idílica, vendida por los gobiernos. El sueño chileno de estar a punto de volverse del primer mundo, así como ayer el sueño argentino de la “relación carnal con los EEUU”, han sido eso, sueños. O nuestros países van juntos o no van a ninguna parte. Así, existe en Chile un cambio en la realidad y en la conciencia y aspiraciones de los ciudadanos. Los chilenos no desean seguir viviendo con la constitución de Pinochet y, sobre todo, desean un marco de mayor igualdad. La desigualdad y la pobreza no se reducen a frías mediciones de ingresos. La pobreza se mide por comparación. Si mis bajos ingresos mejoran 1% y los de arriba mejoran en 0.9%, pero veo que son más ricos y realizan un consumo cada día más ostentoso y herodiano, obviamente soy más pobre, a pesar de las estadísticas. Los seres humanos se rebelan contra las desigualdades extremas, así como lo han hecho, en la historia, contra la esclavitud, la segregación racial, la subordinación de las mujeres o la opresión de los pueblos coloniales. Es algo natural y universal.

¿Es la mejor solución?

El cambio constitucional es necesario, pero tampoco resulta una panacea. No produce por sí solo resultados mágicos. Pero sí necesitamos una constitución que, como la argentina o la colombiana, permita desplegar la responsabilidad del Estado sin que cada intento de protección social sea tachado de anticonstitucional; y con un verdadero balance entre poderes, que libere a los futuros presidentes de la espada de Damocles de los excesos de la “incapacidad moral permanente”.

¿Una nueva constitución trae nuevos actores al escenario político? Mujeres, minorías sexuales, líderes indígenas, etc.

Sin duda. Un nuevo pacto social exige incorporar la nueva agenda social y los nuevos actores que eran opacos décadas atrás. En primer lugar, la protección del medioambiente y la promoción más efectiva de los derechos de las comunidades nativas.

¿Cuál es la herencia de Donald Trump?

Su herencia es horrorosa. Nunca se había deteriorado tanto las relaciones de Estados Unidos con el resto del planeta. Para los países del Sur de América, ha sido un tiempo que evoca lo más tenebroso de la Guerra Fría y a Theodore Roosevelt, el del infame “corolario” a la doctrina Monroe, que estableció el “derecho” a intervenir militarmente en nuestros países. Lo peor es la subsistencia de un credo “trumpista” en una parte importante de la población de los Estados Unidos.

En la región creemos que con un presidente demócrata mejorarán las relaciones con EEUU. ¿Comparte usted ese optimismo?

Miro la elección de Joe Biden con un cierto optimismo realista y sin falsas ilusiones. Biden debe recuperar la trayectoria de Obama, o sea: respeto a las normas de convivencia internacional, reconocimiento de los espacios multilaterales y del peligro del calentamiento global, diálogo regional sin exclusiones y renuncia a las amenazas bélicas. Entre otras medidas concretas, cabe esperar un diálogo constructivo con Cuba y el cese de las amenazas de agresión a Venezuela. En este último país se abre una nueva etapa y se requiere una cooperación internacional convergente, sin exclusiones, para buscar una salida electoral democrática. Pero, igual Biden se enfrentará al auge chino y tratará de usar a América Latina en ese enfrentamiento que para nosotros es un “pleito de blancos” o de blancos y chinos.

Durante mucho tiempo vimos como una democracia ejemplar a los Estados Unidos, con un sistema bipartidista eficiente. ¿Eso se sostiene todavía?

Nunca me pareció un sistema ejemplar, a pesar de que esa imagen era la predominante entre nosotros. Creo que la subordinación de la vida política al poder económico, el bipartidismo forzado y excluyente, y la sujeción del dinamismo económico a lo que Dwight Eisenhower llamó el “complejo industrial–militar” convirtieron a Estados Unidos en el país más agresivo de la historia humana, a pesar de haber nacido de la sociedad civil ejemplar que dio origen a su democracia.

¿Cuál ha sido el impacto de la gestión de Bolsonaro en la región?

Lo peor ha sido el abandono de la vocación latina y sudamericana que marcó los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma. Felizmente, las elecciones de hace unas semanas arrojan indicios de que esta situación empieza a cambiar y de que Brasil volverá a su normalidad política. Para nosotros, la cooperación con el Brasil es ineludible, por la importancia de proteger y desarrollar la Amazonía y por el peso de Brasil en la economía mundial.

¿Todavía tienen importancia los militares en la estabilidad de los gobiernos de la región?

Creo que, en general, los militares se han convertido en una fuerza profesional, respetuosa de las constituciones, y eso es muy valioso para toda la región.