Ellas contra todo

Las judocas Yuliana Bolívar y Noemí Huayhuameza sumaron reconocimientos esta semana en el Panamericano de Lima y recordaron algunas vivencias en común: se enfrentaron al bullying, al acoso callejero, golpearon al machismo y la falta de oportunidades. ¿Cómo el deporte deviene en salvavidas?

Las judocas ganaron medallas doradas en el Open Panamericano desarrollado en Lima. Fotografía: Carlos Contreras
Las judocas ganaron medallas doradas en el Open Panamericano desarrollado en Lima. Fotografía: Carlos Contreras
Luis  Paucar

1.

Algunas tardes, después del colegio, ella ponía seguro a su cuarto y lloraba. El bullying que padecía debido a su peso la había convertido en una niña frágil, pero no dijo nada hasta los diez años, cuando su madre la llevó a unas clases de judo por recomendación de una vecina. “Fue mi salvación –dice Yuliana Bolívar (30), nacida en Venezuela y nacionalizada peruana–: lo que otros veían como desventaja (mi peso, mi tamaño), en el judo eran virtudes. Me di un abrazo conmigo misma”. Ese deporte de origen japonés la volvería a salvar años después, cuando obtuvo una beca para graduarse como fisioterapeuta, y cuando huyó del régimen, sola, en busca de un futuro prometedor, mientras Venezuela se deshacía. Era diciembre de 2016. Dobló la ropa, hizo maletas y se marchó.

Dos años atrás se había retirado de las competencias tras ganar un bronce en los Odesur de Santiago. Mientras el mundo celebraba Nochebuena, ella llevaba cinco días recostada a la ventana de un bus, con los ojos cerrados para que el llanto brotara como una herida. “He forjado la resistencia –remarca Yuliana, que esta semana ganó el oro en el Open Panamericano Lima y se consolidó como una de las atletas más prometedoras del país–, aunque alguna vez tuve miedo”. Tiene la voz pausada, nunca endeble. Vendió arepas y, cuando acababa, escribía con reiteración a Carlos Zegarra, presidente de la Federación de Judo. No había tenido respuesta.

El mensaje llegó por fin una noche. “¿Te imaginas? Iba a volver a mi elemento. Solo buscaba sentir otra vez esa felicidad, aunque, cuando me propusieron competir por Perú, dije: sí, ¿dónde firmo?”. Entonces consiguió la nacionalidad y llegó a los Panamericanos de 2019. Todos vimos ese llanto al alzar un bronce en la categoría 78 kg. No fue ese que brotaba cuando se escondía en su habitación, no: fue un llanto reparador. “Lo lograste, me decía, lo lograste, Yuli”. Siguieron reconocimientos y el ansiado reencuentro con sus padres. Ahora está concentrada en Tokio 2021, de modo que entrena de lunes a sábados, dos veces por día. Es una rutina acorde con sus principios: “Si fuera fácil, no lo disfrutaría”.

2.

Noemí Huayhuameza (17) despertaba al amanecer, junto a su madre, para acompañarla al terminal de Yerbateros, donde trabajaba como locutora. Un día, a sus siete años, decidió aportar en casa –porque papá siempre fue “un señor ausente”– y ganó sus primeros soles lavando cucharas y jarros en un puesto de desayunos. Después corría a casa, en el cerro 7 de Octubre de El Agustino, y se alistaba para ir a clases. Esa fue su rutina a lo largo de tres años, hasta que postuló a un colegio deportivo en La Victoria y cambió el rumbo de su vida.

“Digo cambió porque conocí el deporte, no por otra cosa —sonríe Noemí—. Igual despertaba en la madrugada para ayudar a mamá y luego volaba a clases”. Conoció, entonces, los síntomas del machismo. “Yo era la chica que andaba con puros hombres, la única que hacía boxeo y jugaba fútbol. A veces llegaba tarde porque vivía lejos, y empezaban los silbidos: ahí viene la favorita, cosas así”.

Ella procuraba tolerancia hasta en tres oportunidades. “A la tercera vez, un muchacho no quiso entender y pum, le estampé un puñete… nunca volvieron a fastidiarme”.

A los once años, Noemí ya era una judoca destacada y había conseguido el tercer lugar en un Regatas internacional. Era, al mismo tiempo, guardaespaldas de sus amigas: las defendía cuando eran víctimas de acoso en las aulas o cuando esperaban el bus para volver a casa. El judo también enfocó su sendero: “Lo digo porque en mi zona, algunas chicas de mi edad integran pandillas o están embarazadas. Este deporte me dio otro camino —dice, las manos anudadas en todo momento—, y generó una posibilidad para mi familia”. Ahora cursa el segundo ciclo de Ciencias del Deporte y acaba de ratificar su título en la Copa Panamericana Juniors. Noemí es esa chica ensimismada que rehúye de las redes sociales, pero en el tatami se agiganta. Dice que no es casualidad: “He pasado varias cosas para cosechar la ambición”.