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Noelia Chávez: “El ’terruqueo’ busca negar o cancelar a todo aquel que critique este sistema”

Raúl Mendoza

rtume

06 Dic 2020 | 8:11 h
REFORMA. Noelia Chávez señala que recién cuando la violencia policial se registró en las movilizaciones de Lima se planteó una reforma de esa institución. Foto: Jorge Cerdán
REFORMA. Noelia Chávez señala que recién cuando la violencia policial se registró en las movilizaciones de Lima se planteó una reforma de esa institución. Foto: Jorge Cerdán

Socióloga PUCP, magíster en Gobierno y Administración Pública

Noelia Chávez marchó en las protestas contra Manuel Merino de Lama y fue la persona que acuñó el término “Generación del Bicentenario”, a la que pertenece. Aquí hace una radiografía de nuestra precaria democracia y define al terruqueo como una practica recurrente contra los opositores, que hoy hace poca mella entre los jóvenes. También señala que hay una juventud vigilante de la democracia, que volvería a salir a las calles si ve que la estabilidad del gobierno está en peligro.

¿Cuál es el perfil de los jóvenes que marcharon en las calles contra Manuel Merino de Lama, la Generación del Bicentenario?

Es una masa de personas muy heterogénea. Puedo hablar de características generales que he podido ver en las marchas, pero no de sus deseos, expectativas o demandas, que son muy diversas. He podido ver en la calle, en la ocupación del territorio, a una gran cantidad de jóvenes que, de acuerdo a los estudios del IEP, tienen entre 18 y 24 años. Más del 50% de los jóvenes que salieron a marchar eran de esa edad. Y otra importante cantidad, más o menos el 30%, que van de 25 a 30 años. Esta juventud son personas de menor riesgo en cuanto a la pandemia y son mayores de edad, por lo que son autónomos en sus decisiones.

Las mujeres tuvieron una gran presencia en las marchas.

Sabemos por las encuestas que la persona promedio de la manifestación es una mujer joven, entre 18 y 24 años, de clase media o media alta, de Lima, y que además son las mujeres quienes más han rechazado a Merino y tienen más interés por la política. Ahí tenemos un cambio importante del sujeto(a) protestante que representa a las manifestaciones. Ya no estamos hablando, como antes, de un hombre, adulto, sindicalista, probablemente de izquierda. Ahora es mucho más heterogéneo. Todo esto aún requiere de mayor investigación.

Se decía que la gente joven, este grupo entre 18 y 24 años, estaba más metido en internet, en las redes sociales. ¿A qué se debe su interés por la política?

Un estallido de protesta como el que hemos tenido, abrupto, gigante, histórico, no es algo que ocurre de un día para otro, es un proceso acumulativo de experiencias de movilización, y los jóvenes han protestado mucho en la última década. La politización no ocurre de un día para otro. Por otro lado, está la acumulación de hartazgo e indignación durante años. Estamos en un país que ha vivido un periodo democrático, con un boom económico de crecimiento. Sin embargo, tiene falencias a nivel social y político. La desigualdad se ha visto reflejada en la baja calidad de la educación, el subempleo de los jóvenes y corrupción generalizada. El problema es que hay una clase política que toma decisiones que no recogen las demandas ciudadanas. Y que están mirándose el ombligo o sus intereses particulares. Me parece lógico que los jóvenes tengan interés en la política pero no en los partidos. No se sienten representados por ellos.

En estas marchas se usaron como nunca antes las redes sociales para convocar y coordinar las movilizaciones.

Otra característica de esta generación es el uso intensivo de la tecnología y las redes sociales. En los 90, los estudiantes que salieron contra la destitución de los magistrados del Tribunal Constitucional usaban lo que tenían a la mano. Ahora las herramientas han variado, y lo que han hecho es acortar el espacio-tiempo. Ya no requieres hacer una asamblea universitaria para convocar a una manifestación. No tienes que hacer una convocatoria de días para lograr un acuerdo que lleve a marchar. Ahora las redes sociales, las plataformas de las redes sociales nos permiten conectarnos con quienes compartimos intereses, preocupaciones, y pasar información. Eso permite ser más rápidos al convocar, viralizar consignas e indignación en las redes sociales. Y ya en la propia manifestación comienzan a organizarse grupos mucho más estructurados.

¿Cómo canalizar toda esa energía, esas ganas de participación ciudadana de los jóvenes, en una agenda articulada?

Dado que la representación política vinculada a los partidos está tan desprestigiada, lo que se tiene que hacer es canalizar el potencial participativo en plataformas más amplias y diversas. No creo que sea posible armar una agenda de la juventud, porque lo que tenemos son “juventudes”. Ni siquiera se identifican con el rótulo de estudiantes, sino que se identifican de acuerdo con sus grupos culturales, y colectivos con intereses particulares. Como los ciclistas, feministas, hiphopers, etc. Cada uno tiene sus propias demandas públicas y sus intereses privados. Lo que hay que hacer es escuchar a esta diversidad. Yo pensaría en una plataforma más grande, más espontánea, para recoger y escuchar las demandas de la población y las juventudes, para a partir de eso saber dónde están los eslabones que se requieren trabajar. Y allí ser mas convocantes con los diversos colectivos, sin imponer nada, para el trabajo conjunto, en diferentes niveles del gobierno. Hay potencial participativo y espero que esto derive en una serie de proyectos, no solo políticos sino ciudadanos, que ponga en agenda temas necesarios para una sociedad más democrática.

No han faltado voces que dicen que detrás de las marchas juveniles hubo agitadores. Como siempre, en cualquier protesta aparece el llamado “terruqueo”. ¿Por qué es una práctica tan recurrente de algunos sectores?

Cada vez que hay una protesta social sale el “terruqueo” como mecanismo para acallar la crítica. En realidad el “terruqueo”, es un mecanismo, una frase, un rótulo, utilizado por la dictadura fujimorista y sus aliados en los años 90 para lograr perpetuar su modelo político, económico y social. Son tres pilares que ahora están haciendo agua. A pesar de que hubo un crecimiento económico para el país, no lograron generar una república de ciudadanos con iguales derechos y deberes. Lo que intentaron es un modelo presidencialista muy fuerte, una constitución que está siendo criticada, un modelo económico neoliberal con un Estado mínimo, en donde la torta no se reparte como se debe, y un modelo social conservador y apolítico. El “terruqueo” se utiliza desde entonces como mecanismo para negar o cancelar, y ahí está la cultura de la cancelación a todo aquel que critique ese sistema. Es un mecanismo en donde el terror y el miedo es usado por una clase política vinculada al régimen fujimorista y que se ha perpetuado en el tiempo, muy conservadora, de ultraderecha, que sin pruebas y sin evidencia empírica ataca a todo aquel que quiera ser crítico con el modelo, para desmovilizarlo. Es un miedo que todavía les funciona con aquellas personas que vivieron la época del terrorismo. Pero como narrativa no es tan efectiva ahora, porque las juventudes, en plural, no vivieron ese periodo y salen a marchar por una indignación que no tiene nada que ver con un terrorismo que fue derrotado hace treinta años. Ellos más bien se burlan del “terruqueo”.

En las protestas de los trabajadores agrarios, que se han ampliado a otras partes del país, hay terruqueo, noticias fake y violencia policial. ¿El Congreso, los partidos y algunos sectores van a usar esto para arremeter contra el gobierno del presidente Sagasti?

Creo que hay una coalición, esta coordinadora supuestamente republicana, representada por Merino, que está buscando mecanismos para recuperar el poder. Sea desestabilizando al gobierno, sea aplazando las elecciones, o buscando un candidato que puedan poner al mando del país. Y cualquier movilización social va a ser motivo para intentar perforar la democracia a favor de sus intereses. ¿Cuál es el problema que tenemos y que es importante reconocer? Que lamentablemente en un país tan desigual, tan discriminador y tan centralista como el Perú, las protestas en Lima pueden generar cambios importantes si son masivas, como hemos visto las semanas pasadas. Pero las protestas en regiones no son igualmente valoradas.

Y las regiones, además, tienen sus propias demandas.

Eso está ocurriendo en Ica. Las redes sociales permiten politizar el tema de la desigualdad, a partir de los reclamos, justos a mi parecer, de los trabajadores del agro. Y ahí donde hay mayor debilidad, mayor pobreza, menores recursos, se vuelve a utilizar la estrategia del terruqueo, a pesar de que hay evidencia de que muchos de estos reclamos son muy válidos. Es importante incluir la variable desigualdad para entender cómo se valoran las protestas en nuestro país. Y entender cómo se utiliza la estrategia del terruqueo o la violencia policial en lugares que no son Lima. Porque nuestro país ha estado movilizado muchas veces en estos años y se han perdido muchas vidas. Lamentablemente, recién cuando la violencia ha ocurrido en Lima es que la ciudadanía ha empezado a pedir una reforma policial. En eso los pobladores de Ica y el norte del país están en más riesgo porque no se les ve, y la Policía podría cometer más abusos.

Lo que parece seguro es que si se pretende desestabilizar al gobierno, aprovechando las protestas regionales, la gente, los jóvenes, van a salir a las calles otra vez.

No podemos predecir lo que va a pasar, pero sabemos que existe una población interesada por la política, con gran potencial participativo y con una capacidad de articulación rápida e inmediata, que está vigilante. Y esa capacidad de vigilancia no se ha visto antes. Si se siguen cometiendo excesos por parte de las fuerzas policiales, si el Congreso toma decisiones que terminan perjudicando al país en un momento de crisis sanitaria muy fuerte, es probable que la ciudadanía vuelva a movilizarse. Ya se rechazó a esta clase política que permanece en el Congreso y la ciudadanía probablemente vuelva a salir a las calles. Hay una gran posibilidad de que eso ocurra y es saludable para nuestra democracia.

Llegamos al Bicentenario en una situación de crisis. No obstante, la participación de los jóvenes en defensa de la democracia nos hace abrigar esperanzas futuras.

Así es. Creo que el país estaba desorientado respecto al Bicentenario, entre que era una celebración de una independencia que no todos consideran válida, y como reflexión de una república incompleta que es lo que tenemos ahora. Y esta celebración apática no encontraba un eco importante en la ciudadanía. Creo que con la protesta ciudadana está la posibilidad de resignificar el Bicentenario, como un momento de protesta y de lucha, que nos recuerde que a lo largo de nuestra historia muchos ciudadanos disidentes han protestado para crear un mejor país. Más que una celebración, es una protesta por una mejor república. Si lo miramos desde ese lado podríamos lograr cosas más interesantes hacia adelante. Si lo miramos no como una celebración de una historia que no todos necesariamente creemos y compartimos, sino como la demanda ciudadana por construir un mejor país.