Jorge Flores Ochoa, vuelve a las alturas

Roberto Ochoa

Los famosos ayarachis, esos músicos que lucen unos enormes tocados de plumas y que danzan mientras tocan el bombo y el pinkullo. Ilustración: Luis Alejandro Alemán Catacora
Los famosos ayarachis, esos músicos que lucen unos enormes tocados de plumas y que danzan mientras tocan el bombo y el pinkullo. Ilustración: Luis Alejandro Alemán Catacora

Con una vida dedicada al estudio de los pastores de altura, el antropólogo cusqueño deja un enorme legado para las ciencias sociales. Este es un homenaje a su memoria.

En una de sus últimas presentaciones en público, al doctor Jorge Flores Ochoa (JFO) se le quebró la voz cuando insistió en la necesidad de investigar a los pastores de puna como fuente primigenia de la cultura andina: “El Perú oficial ignora a los pastores de llamas y alpacas. El Perú oficial sigue creyendo que la puna es la zona más pobre del Perú, pero lo cierto es que está empobrecida por un sistema económico y educativo que no la entiende”, dijo.

Este discurso coincidió con los cincuenta años de la publicación del libro Los pastores de Paratía, una obra que marcó un antes y un después en los estudios de antropología e historia del Perú. Durante medio siglo, Flores Ochoa insistió en el tema y nunca dejó de compartir y contagiar esa emoción que lo quebraba en público.

Hasta 1968, poco o nada se había escrito sobre los uywamichiq punarunakuna (pastores de puna). Años antes, recién egresado de la Universidad Nacional San Antonio Abad de Cusco, Flores Ochoa viajó a Puno y conoció en Paratía (Lampa) a los famosos ayarachis, esos músicos que lucen unos enormes tocados de plumas y que danzan mientras tocan el bombo y el pinkullo. Pese a todo lo que podía investigar en Cusco, Flores Ochoa quedó prendado de los ayarachis y decidió que ese sería su tema de investigación.

Años después, en el ensayo Enqa, Enqayllchu, Illa y Khuya Rumi/ Aspectos Mágicos Religiosos entre Pastores, Flores Ochoa planteó la íntima relación entre los pastores de puna con el Tawantinsuyo: “Enqa es el espíritu benefactor de los pastores, trae felicidad, bienestar, protección. De ahí viene el término ´inca”, sostiene. En su despacho de director del Museo Inka, en Cusco, explicó más de una vez que las llamas permitieron la expansión territorial del Tawantinsuyo, pues existieron rebaños de hasta 40 mil ejemplares. Recordaba, además, aquella estampa de Guamán Poma de Ayala en la que se ve al inca “cantando” con una llama. No es casual, advertía, que “el inca sólo asistiera en persona a las festividades de los pastores de puna. Cantaba, danzaba y hasta se emborrachaba con ellos”.

Pero su apego al tema no se basa únicamente en el factor histórico. Para Flores Ochoa, la puna y la actividad de los pastores de alpacas y llamas son una fuente de riqueza que el Perú no sabe explotar, mientras que países como Nueva Zelanda y Australia se han convertido en productores y exportadores de prendas de vestir basadas en la fina fibra de nuestros camélidos.

Extinción

Desde la conquista, y con mucho más ímpetu durante la etapa republicana, nuestras punas se vieron invadidas por vacunos y ovinos, empobreciendo y extinguiendo la ganadería de camélidos sudamericanos.

Las investigaciones de JFO también revelaron al mundo antiguas ceremonias altoandinas como el Quyllurit´i (Así se escribe, con una sola R. Fue lo que me dijo), considerada como una de las peregrinaciones más antiguas de América y, de lejos, la más espectacular por su escenario sobre los 4800 msnm. Qoyllurit’i es traducida arbitrariamente como “estrella de la nieve”, cuando su significado real es “nieve blanca resplandeciente” y su origen está íntimamente vinculado con los pastores de puna y su eterno vínculo con el apu nevado. En una última visita, me pidió andar alerta con la masiva presencia de turistas que afecta la propia peregrinación y la ecología del escenario.

Flores Ochoa falleció el pasado 20 de agosto. En estos días los uywamichiq punarunakuna ascienden a las zonas más altas en busca de enqayllu e illas: las alpacas petrificadas que garantizan el bienestar y la protección, las mismas que ahora resguardan la memoria del amauta cusqueño.