Nicolás Yerovi: “Solamente el sentido del humor explica la sobrevivencia de los peruanos”

Emilio Camacho

Yerovi planea llevar su célebre Monos y Monadas a una nueva plataforma: el Zoom. Foto: Carlos López Ramos
Yerovi planea llevar su célebre Monos y Monadas a una nueva plataforma: el Zoom. Foto: Carlos López Ramos

Periodista, escritor y dramaturgo.

Esa risa nasal tan peculiar; esos ahogos constantes, mitad carcajada y mitad jadeo asmático, que lo asaltan mientras va contando de sus aventuras en el periodismo y la sátira; la soledad que dice que lo acompaña y sus recuerdos. Todo eso es Nicolás Yerovi, el viejo director de la recordada Monos y Monadas, la revista que fundó su abuelo, sostuvo su padre y él supo comandar para tomarle el pelo a los poderosos. ¿Qué enfada a un hombre como este? ¿En qué sueña? ¿Y qué espera del 28 de julio?

¿Dónde estaba cuando el presidente Vizcarra ordenó el Estado de emergencia?

¿El pasado 15 de marzo? Yo estaba en mi casita, como un niño modelo. Era un ejemplo de buena conducta y mejores modales.

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¿Tuvo alguna dificultad durante la cuarentena?

Felizmente, hasta el momento, he tenido muy buena fortuna de salud y de ánimo. Hablo de salud física y de salud espiritual. Y creo que el sentido del humor, como a todos los peruanos, a mí me ha permitido sobrevivir al mayor de los virus que ha tenido la república del Perú a través de su historia, el virus del infortunio.

Es bueno que mencione lo del humor. Aunque la cuarentena se ha levantado, muchos todavía estamos encerrados, asustados y empobrecidos, ¿hay tiempo para el humor en estas circunstancias?

Yo estoy convencido desde hace mucho tiempo de que solamente el sentido del humor explica la sobrevivencia de los peruanos. Sin sentido del humor los que no hubiéramos dejado este mundo, hubiéramos dejado el país (se ríe). Así de claro lo tengo.

¿De qué nos reímos los peruanos? ¿Podemos reírnos de nosotros mismos?

En primer lugar. En primer e importantísimo lugar estamos habituados a reírnos de nuestras peripecias, de nuestra suerte aventurera, porque a mi juicio la historia del Perú, por su gigantesca riqueza natural, cultural y humana, plantea gigantescos desafíos. Es un desafío el hecho de que en nuestra geografía y territorio se haya conjugado una gran riqueza de aportes étnicos y culturales, porque ningún otro país tiene mochicas, ni nazcas, ni paracas, ni huancas, ni chachapoyas, ni incas, y tampoco los que llegaron después: asiáticos, africanos y europeos. Lograr una simbiosis de todos esos aportes es sumamente difícil. Es por ello que la construcción de una nación, en el caso del Perú, sigue tomando más tiempo de lo que podría haber tomado en el caso de un país cuya naturaleza física y humana fuera más simple, como el Uruguay, por ejemplo. Esa es nuestra gran suerte y desdicha.

En un año cumpliremos 200 años como República. El Bicentenario parecía lejano y ahora está a la vuelta de la esquina, ¿tenemos algo que celebrar?

Yo creo que sí. Sin la menor duda. Nuestro empecinamiento. (Se ríe)

Nuestra necedad.

Nuestra tozudez (se ríe). Yo creo que hay ejemplos que podrían parecer baladíes que sirven para que podamos ver la riqueza que genera este proceso de simbiosis de tantas culturas y tantos orígenes en el territorio del Perú. Es el caso de nuestra gastronomía. Allí es evidente el aporte de nuestras riquezas culturales y naturales. Es un espejo de la complejidad del Perú. Entonces, de eso sí podemos alegrarnos, de ser tercos. A pesar de que el virus del infortunio nos viene visitando casi por 200 años, por la codicia de algunos, hemos perseverado, aquí estamos. Y hemos hecho esto que aún no termina de cuajar, este fruto que es la nación peruana.

Celebramos nuestra cultura, nuestra historia y nuestra comida, ¿no lo deprime lo que ocurre al costado de la Plaza Bolívar, en el Congreso?

Bueno, lo que ocurre es que la codicia por el poder ha hecho que los peores propósitos busquen desesperadamente gobernar el país. Y esos peores propósitos venían emparejados con hacer del Estado un paupérrimo servidor público, para que prevalezca el servicio de los intereses particulares. Por eso, la educación y la salud han sido cultivadas en una situación lamentable. De allí, uno se puede explicar que a mediados de la década del 80 aconteciera en el país un cambio en la visión de los valores. Lo que hasta entonces -hablo de fines del segundo gobierno de Acción Popular e inicios del primero del Apra- era visto públicamente como un mérito, se fue convirtiendo en demérito. Me explico.

A ver…

Hasta ese entonces se veía con respeto y admiración a una persona honesta. “Allí va fulano, un tipo decente y digno”, decían. Poco a poco eso se fue convirtiendo en: “Míralo a fulano, es un imbécil, nunca ha robado, qué le pasa”. En cambio, perencejo estaba libre porque “supo hacerla”. Y se le empieza a ver con admiración.

Así que los honestos están bajo sospecha.

Y desacreditados totalmente. Muy mal vistos. (se ríe).

Si de pronto lo llamaran desde el gobierno y le dijeran: “Señor Yerovi, queremos que usted organice las celebraciones por el Bicentenario”, ¿qué es lo primero que haría?

Renunciar (lanza una carcajada). Recibir el encargo de hacer algo bueno en el país me haría objeto de toda suerte de vilipendios. Cuando alguien quiere hacer algo digno en estos tiempos es víctima de todas las maledicencias.

Bueno, pero usted ya ha experimentado eso. Cuando estuvo como director de Monos y Monadas cultivó muchos enemigos.

Bueno, es la historia de mi vida y de la vida de Monos y Monadas. Es una vida pública que ya tiene 115 años, porque la revista fue fundada en mi 1905 por mi abuelo. Y en 2014 dejamos el papel impreso para únicamente emitir ediciones diarias en Facebook, Twitter e Instagram. Y por la agudeza e ingenio que Monos y Monadas mostró con su aparición mi abuelo sufrió carcelería, mi padre lo continuó en la era de oro de la radio, y yo he visto pasar dictaduras, corruptos, y gente interesada en hacerse del poder público para lucrar con él. Esta gente ha perdido la paciencia con nuestras ironías y yo he conocido buena parte del mundo gracias a esas persecuciones, lo cual les agradezco mucho (se ríe).

¿Sigue con frecuencia, se interesa por los debates y las investigaciones que se hacen en el Congreso de hoy?

Los sigo con mucho interés. Aunque mi idioma se deteriora bastante por ello.

¿Y no siente que este Congreso está lleno de ilustres desconocidos?

Desconocidos y en buena medida analfabetos. Pero qué se puede esperar si uno tiene en este país personajes inciviles e iletrados fundando universidades. Antiguamente se sabía que muchos políticos incurrían en la delincuencia, ahora muchos delincuentes incurren en la política (se ríe).

Usted que ha sido atacado, perseguido y obligado a dejar el país por burlarse de los poderosos, ¿qué siente cuando ve esta suerte de orfandad en el Parlamento? ¿Cómo se le toma el pelo a estos perfectos desconocidos?

En realidad, lo que nos queda a los peruanos es lo que hemos hecho en las últimas cinco décadas: castigar riéndonos de nuestras costumbres. “Castigat ridendo mores”, esa es la expresión que usan en latín. Entonces, la tarea es hacer reflexionar a la gente sobre el estropajoso estado de las cosas para que estas puedan cambiar. No olvidemos que estamos hablando de un país que en sus dos siglos de historia, apenas supera los 35 años de vida democrática. Mire, en 1899 se inauguró un gobierno elegido dentro de los cánones constitucionales. Y esto terminó en 1914, con el golpe que el Congreso le dio a Billinghurst. Esto se reanudó con el segundo mandato de José Pardo y terminó en 1919 con el golpe de (Augusto) Leguía. Y esto se va a repetir con el gobierno de Bustamante y Rivero, con el de Prado, con el primero de Belaunde. Entonces, hay una absoluta falta de continuidad democrática. Como gran cosa, tenemos a la fecha, luego del feliz y breve gobierno de transición de Valentín Paniagua, los gobiernos de Toledo, García, Humala, y PPK. Y resulta que todos los políticos que se han elegido constitucionalmente en este siglo, o están presos, o están investigados, o son sospechosos de corrupción, en medio de una batahola de corrupción en la que se dan la mano Odebrecht y los Cuellos Blancos.

¿Ha llegado a extrañar a alguno de sus enemigos?

Bueno, es curioso porque públicamente siempre he sido bien tratado. Cuando se presentaba la circunstancia de coincidir no sé, con (Francisco) Morales Bermúdez, por ejemplo, todo iba bien. Morales Bermúdez fue ponente en el homenaje que el Congreso le rindió a Monos y Monadas por su centenario, y allí se deshizo en elogios.

No recordaba las portadas que le habían dedicado.

¡Guardaba un gran recuerdo de ellas! Lo dijo públicamente. Dijo que la prueba evidente de que él no había sido un dictador al estilo de Pinochet o Videla, sino el jefe de un gobierno militar que tenía que llegar a acuerdos con sus pares de las otras fuerzas armadas, es que yo siempre gocé de buena salud (se ríe).

Así que lo usó de coartada.

Es más. Dijo que de haber sido posible me hubiera nombrado psiquiatra nacional.

¿Cómo es eso?

Según explicó, estaba tan desgastado el régimen castrense que el hecho de que la gente se detuviera en los kioskos y se riera con las caricaturas de la revista garantizaba que no le tiraran una bomba en Palacio.

Usted era su seguro de vida.

(Se ríe) Digamos que yo liberaba las tensiones de la gente que pudo haberle dado un fin cruento a a su gestión.

¿Fue amigo de Morales Bermúdez?

No exageremos. Como te decía, en eventos públicos estos encuentros eran de los más cordiales. Pero cuando yo estaba solo me mandaban bombas a la casa, se escuchaban balazos, me requisaban revistas o me perseguían con juicios interminables. Podría hacer una lista interminable de encuentros gentiles y corteses con hombres públicos en el poder que se sentían tocados por nuestras ironías. Alan García, por ejemplo, nunca acusó recibo de ninguno de mis ingenios, fue siempre cordial. La última vez nos encontramos en Palacio, en su segundo mandato, cuando llamó a los dueños de medios de comunicación a conmemorar la firma del Acuerdo de Chapultepec, en pro de la libertad de expresión. Yo había ido con Enrique Zileri. Era la época en que publicaba una columna en verso.

¿En Perú.21?

En Perú.21 y en Monos y Monadas, simultáneamente. Fueron 10 años de eso. Bueno, estábamos allí los representantes de los medios de comunicación y no llegaba el presidente. De pronto, siempre con el perfil discreto que lo caracterizaba, Alan irrumpió, largando una carcajada y un vozarrón desde la puerta que comunica Palacio con el Salón Dorado, y dice: “Qué pasa Yerovi, te has olvidado de mí. Ya no te ocupas de mi gobierno y de mi persona”. Y yo desde mi rincón le respondí: “Peor estás tú, que te has olvidado de leer. Ayer nomás te he tomado el pelo”. (se ríe). Se acercó, me dio un abrazo. En esos términos jacarandosos ha sido mi relación con los personajes que han dirigido los destinos del país.

¿Los políticos pueden reírse de sí mismos o les cuesta?

Yo creo que lo hacen cuando hay cámaras presentes. Cuando no las hay, sabrá Dios cuál es su reacción.

¿Qué siente cuando ve al presidente Vizcarra?

Siento que no lo envidio (se ríe). Me conmueve. Bonita fue la mano que le tocó en el reparto de naipes. O sea, no ha parado desde que asumió en el 2018. Ha sido una avalancha, una riada realmente impresionante. Así que, bueno, lo compadezco. La verdad es que no quiero ni imaginarme cuál sería la circunstancia que nos hubiera tocado vivir si no hubiera estado esta persona, sino otra que pudo habernos tocado.

Sin partido, sin congresistas y a veces sin rumbo, tiene una fuerte carga simbólica que sea él el que nos lleve al Bicentenario. ¿Qué piensa usted?

Sí, puede ser una buena metáfora irónica de lo que ha sido nuestra vida republicana. Ahora, partidos en el Perú sabrá Dios si han existido alguna vez. Fundar un partido en el Perú es un afán que requiere de una gran inteligencia, de una manera aguda y perspicaz de ver el presente y proyectarse al futuro, y de tener planteadas las maneras de obtener esos objetivos. Y entre la universidad “Sobacos chalacos” y el partido “Saca las manos del bolsillo”, estamos bastante atareados.

¿Qué lo hace reír en estos días?

Bueno, el solo hecho de estar vivo. Eso me parece maravilloso, digno de celebración. Llegar hasta este momento, como todos los peruanos, a pesar de haber nacido a mediados del siglo pasado. Y la verdad es que uno se ríe de nervios. Hemos sobrevivido a la hiperinflación más espantosa de occidente, frente a ella Chávez es un pichón de barrio. Hemos sobrevivido a la más grande recesión, a los avatares del terrorismo, cómo no vamos a sobrevivir a esta epidemia pichiruchi (lanza una carcajada). Los peruanos somos en realidad inmortales, dejémonos de candideces. Nuestra memoria es muy corta. Pero los chicos son fruto de una educación miserable, han recibido una ilustración desastrosa y no saben de todo esto, no lo han leído. Y los mayores no hablan de eso, para no revivir estos traumas.

¿Y qué le molesta?

Bueno, me molestan las entrevistas (lanza la carcajada más sonora de toda la conversación). La verdad es que hace mucho tiempo dejaron de molestarme cosas que antes lo hacían. Uno va ganando peruanidad y sabiduría. Si uno se molestara con demasiada frecuencia en el Perú, viviría muy poco. Los motivos sobran.

¿Qué es Monos y Monadas para usted en este momento? ¿Un estupendo recuerdo, un material de consulta o una tarea pendiente?

Bueno, en este momento es un recuerdo que tiene 115 años de historia y también es una tarea cotidiana. Dejamos el papel impreso pero seguimos en el ciberespacio. Y Ahora estoy proyectando algo que permite la tecnología y la peste mundial. Yo fui director de un medio de comunicación a los 23 años, y durante años me acostumbré a ser emisor, mientras que nuestros lectores eran receptores o mandaban sus opiniones por cartas. Pero ahora vamos a emprender un Monos y Monadas que permita que emisor y receptor se vean, compartan ideas, a través del Zoom. Ese diálogo va a ser maravilloso y divertidísimo. Allí va a quedar en evidencia la enorme agudeza satírica que tienen los peruanos, algo que se ve en todas las redes.

¿Y ya sabe manejar bien el Zoom?

Estoy haciendo mis primeras artes. Y es de lo más entretenido.

¿Cuál es el recuerdo más valioso que tiene de su padre?

Bueno, con el tiempo que ha pasado he aprendido a apreciar cada vez más una manera de ver la vida y el mundo que nos ha tocado vivir, en la cual me solazo cotidianamente. Es algo que decía mi padre en su espacio radial: “En esta tierra peruana, todo el mundo hace lo que le da la gana”. Han pasado más de 60 años, y me basta con salir a la calle, aún con barbijo o mascarilla, y comprobar que los vehículos públicos se siguen pasando la luz roja para saber que muy poco ha cambiado. Y eso es algo que mi padre supo resumir en una sola frase. Y bueno, no sigo porque no hablo de cuestiones personales, pero soy un sentimental. Además, para qué se lo voy a contar, si nadie me va a creer. Todo el mundo me imagina risueño y sonriente.

Hablemos de eso. Alguna vez ha dicho que es un hombre tímido y solitario, ¿cómo pudo una persona así convertirse en la personificación de la carcajada para los peruanos?

Bueno, soy tan tímido y solitario que yo debí ser un poeta lírico. A tal punto llega mi apocamiento que no he sido capaz de admitir que soy un poeta lírico y me he disfrazado de poeta festivo (se ríe). Y me río de mi propia timidez y soledad soltando una carcajada.

¿Qué piensa usted de su propia carcajada? Estos jadeos que todos los peruanos podemos reconocer.

(Se ríe) Tú sabes que desde que me hicieron una entrevista a fines de los 70, me ocurre que cuando yo camino por la calle, alguien que viene ensimismado en sentido contrario, me ve, me pasa la voz, y se sonríe. Yo creo que la gente asocia algún momento difícil de su vida con mi trabajo, con algo que escribí y pudo haberlos aliviado. Ese es el mayor reconocimiento, el afecto del público. Eso, en los momentos más duros, me ha servido para ser feliz.