Un ejército pop contra el racismo

Óscar Miranda

Aunque no lo parece, los fans del K-pop también tienen conciencia social.
Aunque no lo parece, los fans del K-pop también tienen conciencia social.

Los fanáticos del K-pop se han convertido en inesperados aliados de los movimientos contra el racismo y la xenofobia, tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo. ¿Cómo ocurrió esto?

Al parecer, todo comenzó en Dallas.

El 31 de mayo, seis días después del asesinato de George Floyd y en el clímax de las protestas contra la brutalidad policial, el Departamento de Policía de esa ciudad lanzó por Twitter una aplicación para que los ciudadanos les ayudaran a identificar a los manifestantes que cometían excesos.

La idea de poner el foco de atención en la minoría de revoltosos en lugar de hacerlo en un sistema que ha institucionalizado el racismo resultó insoportable para muchas personas. Entre ellas una tuitera llamada @ belispeek, que respondió al tuit de la Policía diciendo “Tengo un video para ti”.

El video que les envió era de la superestrella de K-pop Taemin bailando sobre un escenario. Eran dos minutos con diecinueve segundos de un jovencito cantando y haciendo sus mejores pasos ante un público enfervorizado. No tenía nada que ver ni con la aplicación ni con la policía ni con las protestas sociales.

Era un fancam. Un video de una presentación de algún artista de K-pop grabado por una fan. Los fans de este género los usan mucho en Twitter, soltándolos como spam en todas las conversaciones populares con el fin de ganar reproducciones. Tener un fancam con muchas reproducciones te da prestigio.

Pero los fancam también se pueden usar para trolear a alguien despreciable. Como la Policía de Dallas. Siguiendo el camino de @belispeek, otro usuario, llamado @ygshit, hizo un llamado a la comunidad a atacar con todo: “Chicos, destruyan la aplicación, inúndenla con fancams, hagan que sea muy difícil que encuentren algo, además de nuestros favoritos bailando”. El ejército de kpopers se puso manos a la obra.

Dos horas después, el Departamento de Policía de Dallas anunció que “debido a dificultades técnicas”, su aplicación estaría inactiva temporalmente. Y aunque la volvieron a subir, los miembros de la comunidad se encargaron de darle tantas reseñas negativas que ahora aparece con solo una estrella en la App Store, lo que hace menos probable que aparezca en las búsquedas.

Batalla musical

A partir de ahí, fue una bola de nieve. La Policía de Grand Rapids, Michigan, sacó una aplicación similar y los kpopers fueron a por ella, al punto que la sacaron de línea.

Luego, se volcaron contra la etiqueta #WhiteLivesMatters, que los grupos de extrema derecha movieron en Twitter en oposición a #BlackLivesMatters. Durante horas, los seguidores de bandas como BTS, Blackpink y Twice se dedicaron a llenar de fancams cada tuit con la etiqueta #WhiteLivesMatters y con las etiquetas alternativas #whitelifematters y #whiteoutwednesday.

De pronto, los movimientos racistas que pululan en el ciberespacio en los Estados Unidos se habían encontrado con un enemigo insospechado. Una comunidad de jovencitos y jovencitas seguidores de un género considerado apolítico, ombliguista y hasta pueril, tan bien organizado y con tanta determinación que les habían ganado la batalla en las redes. Sin insultos, sin violencia. Solo con unos pasos de baile y un poco de pop luminoso.

Pero ¿por qué los amantes del K-pop se habían sumado a la lucha contra el racismo y la xenofobia?

Para una comunidad menospreciada y en ocasiones ridiculizada por el prototipo de macho blanco rockero, predominante en los Estados Unidos, resulta natural sentir empatía por otra comunidad -la afroamericana- oprimida por un sistema racista.

Un artículo de New Yorker recuerda, por otro lado, que el K-pop tiene muchas conexiones con el New Jack Swing, un estilo de música pop inventado por los afroamericanos en los ochenta y noventa, resucitado tiempo después por grupos como N’Sync.

“Cualquier percepción del K-Pop como apolítico es errónea”, dice María Sherman, autora de un libro sobre el género, en el citado artículo. “Y probablemente es una extensión de la creencia de que todas las bandas de chicos o chicas es frívola,