José Carlos Agüero: “Nunca había pensado que mi ciudadanía había sido tan vaciada de contenido hasta que llegó la pandemia”

Emilio Camacho

@larepublica_pe

07 Jun 2020 | 8:46 h
Laureles. El 2018 José Carlos Agüero ganó el Premio Nacional de Literatura, en la categoría no ficción, con su libro Persona (FCE, 2017). Foto: Miguel Gutierrez Chero.
Laureles. El 2018 José Carlos Agüero ganó el Premio Nacional de Literatura, en la categoría no ficción, con su libro Persona (FCE, 2017). Foto: Miguel Gutierrez Chero.

Entrevista al escritor e historiador José Carlos Agüero.

A fines de abril, el escritor e historiador José Carlos Agüero desapareció de las redes. No estaba en su siempre activa cuenta de Facebook ni en Huayruro, su nuevo canal de Youtube. Una picadura de araña en el muslo lo llevó a conocer por dentro los servicios de emergencia del sistema de salud pública, cuando el coronavirus ya se multiplicaba en mercados y colas de banco. Agüero reapareció a fines de mayo con una pregunta enigmática: ¿Qué se lee en la emergencia de un hospital público en plena pandemia? El escritor se dio maña para hojear algunos textos mientras tenía un brazo conectado a una vía intravenosa. La experiencia le ha dejado una visión más clara de la precariedad de la salud en el Perú y de nuestra frágil condición de ciudadanos.

¿En realidad se puede leer en la emergencia de un hospital público?

Se puede, sí. Con limitaciones.

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¿Cuáles eran esas limitaciones en tu caso?

Materiales, en primer lugar. En una sala de emergencias casi estás atado a una cama. Estás conectado a una intravenosa. Constantemente te están poniendo suero, medicinas, antibióticos. En principio eso. Luego, no hay nada que leer, porque el pabellón de emergencia debería funcionar sin gente que lo visite, porque tiene mayor resguardo que un pabellón normal. Pero en la vida real no pasa así, porque sí entran familiares que te dejan cosas imprescindibles.

¿Un celular entra a la unidad de emergencia?

No debería, está prohibido. Pero todo el mundo tiene.

¿Y cómo hacen con las baterías, que se agotan rápido?

Ese es un problemón. Mira, está prohibido, pero cuando los enfermeros lo ven no te lo quitan. Se molestan, pero no lo te lo quitan. Además es funcional para ellos, porque así puedes comunicarte con tus familiares para pedir las cosas que hacen falta en el hospital. Pero como está prohibido, no te pueden proporcionar los medios para que subsista el celular: cargador, enchufes. Tienes que agenciártelas para que la batería dure lo más que se pueda.

¿Cuántos días estuviste en la emergencia del hospital?

Cuatro días, a fines de abril. Me picó una araña. Y al comienzo tuve una inflamación fuerte, fui a una clínica, me pusieron un antibiótico y me regresaron a la casa. En cinco días la cosa empeoró muchísimo, volví a la clínica, ya con una infección. Todo esto ocurría en el marco de la pandemia, en el que nadie quiere ir a un centro de salud porque piensas que te vas a contagiar de Covid. Lo pensé mucho, volví a la emergencia de la clínica, y luego fui al hospital.

¿Y cuál es la evidencia más clara de precariedad que viste en el hospital?

Hay demasiadas evidencias. No hay personal suficiente. No hay medicinas. Y por eso los familiares esperan fuera del hospital. Cuando yo llegué no entendía qué hacía tanta gente fuera del hospital. En mi ingenuidad pensé que era gente que se quería saltar la cola de los enfermos, que es otra cola, medio literaria, en la que gente está como tú, jodida, y debe esperar por horas. Y al frente hay otro grupo de personas, que son los familiares, que se quedan allí todo el día, incluso si hay toque de queda, porque en cualquier momento un médico te puede decir: necesitamos hacer este procedimiento con estas medicinas. Y son los familiares los que irán por ellas. Esa es la precariedad. No debería haber esa cola de enfermos, esa cola de pesadilla, surrealista. Y tampoco debería haber esa fila de expectantes, que esperan una llamada para comprar desde pañales hasta oxígeno.

¿Tienes otra evidencia de precariedad?

Yo estaba en una camilla, no sé qué tiempo tendría de existencia. Era tan antigua que tenía más dolor por estar echado que por los efectos de la infección. Por eso la gente se lesiona, le salen escaras. Por eso decidí estar parado. El colchón de esa camita ya no tenía el grosor necesario. Entonces tu cuerpo choca con el fierro, reposa sobre el soporte de la cama. Pero así es todo. Todo es viejo, gastado, escaso. Esos balones de oxígeno que ahora vemos ya eran escasos en ese momento, los buscaban siempre.

¿Y cómo controla uno la angustia ante esa situación?

Es que no puedes. Otra condición que hace difícil leer es que todo el tiempo tienes miedo. El primer señor con el que estuve en la habitación murió, había tenido un derrame, era una persona de la tercera edad. Luego escuché que era sospechoso de Covid. Todo es muy relativo en esa situación.

¿Tú mismo pasaste por pruebas de Covid?

Sí, por dos.

Cuando has hablado de esta experiencia has dicho que uno de los lugares que más temía la gente eran las carpas que estaban fuera del hospital, ¿por qué?

A ver, yo tuve un privilegio en relación con los otros pacientes de emergencia. Yo tenía una infección complicada pero nada más, no tenía problemas de conciencia. Y estaba alerta todo el tiempo. Tienes que pensar que en una emergencia hay gente que está muy mal, algunos agonizan, van por cuadros muy extremos, y duermen, lo que está muy bien. Pero los que estamos despiertos escuchamos las conversaciones del pasillo, donde están los técnicos, los auxiliares, los doctores. El miedo era de ellos. Y la carpa de la que hablas era a la que iban los pacientes Covid. Desde mi habitación, además, podía ver la carpa, todo el movimiento que había allí. Y lo que se preguntaban los médicos era: “¿Has ido?”, “¿Me tocará ir?” o “Yo no voy ni cagando”. Era la minucia y la vida cotidiana de los trabajadores. Hablaban todo el tiempo de la carpa, un tema que los perturbaba, luego de la Covid y finalmente de la plata, de lo poco que ganaban. Había una sensación de que todo estaba fuera de las manos. Mira, cuando yo llegué, en el hospital no todo era Covid, todavía había una emergencia no Covid, que era donde yo estaba, y varios pabellones. Pero cuando me fui, solo quedaban dos pabellones no Covid. Y la emergencia en la que estuve ya estaba llena de pacientes Covid. Y todo fue muy rápido. No es que yo estuve internado un mes, estuve cuatro días. Y de hecho, creo que fue en la segunda noche, que pude oír que confirmaron que dos de ellos habían dado positivos, dos enfermeros de mi pabellón. Allí colapsaron emocionalmente, allí se derrumbaron.

Uno de los dos libros que leíste en el hospital es Piensan que estamos muertos, el testimonio de Alain Elías sobre la guerrilla del ELN, del sesenta, en la que murió Javier Heraud. En tu canal de Youtube has hecho una reflexión interesante. Has dicho que es inaudito “leer la historia de jóvenes que se entregan a la muerte en un ambiente en el que todos buscan oxígeno”. ¿por qué?

Ese testimonio es peculiar, está escrito polifónicamente, tiene un lenguaje rebuscado, pero igual es honesto. Me gustó. Transmite todo el tránsito que hacen los guerrilleros por Brasil, Bolivia, la selva, Madre de Dios, Puerto Maldonado, los previos, y los diálogos que tienen. Pero también transmiten que su viaje es alucinado, una suma de errores. Y en el después literario de la muerte de Heraud, se nota que hay desánimo entre los propios protagonistas, frente a su propia expresión juvenil de rebeldía.

¿Dirías que fueron ingenuos, que no conocían ni siquiera el lugar al que estaban viajando?

Sí, pero no sé si ingenuos es una palabra que ellos aceptarían. Creo que no estaban conscientes de su desconexión con el Perú real, se habían hecho demasiadas ideas, desde su lugar de privilegio, del que no se habían dado cuenta que eran parte. Eran estudiantes de San Marcos y la Católica, y vivían en un mundo muy lejano de Madre de Dios. Entonces, no solo era el hecho de hacer la revolución armada, que es difícil en cualquier lugar, si no el problema de empezar en la selva amazónica. Es absurdo para nosotros; que lo conversamos hoy. Pero correspondía a una lógica guerrillera que entonces era un modelo. Y claro, leer eso en el hospital, en el que todos están tratando de salvar sus vidas, suena a desperdicio.

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¿Eso le pasa ahora a la izquierda? ¿También tienen una desconexión con la gente?

Creo que eso le ha pasado siempre, no solo a la de ahora. Y la de ahora no sé cuál sería. No hay. No hay izquierda. Hay un grupito en el Parlamento pero no un movimiento de izquierda. Antes había uno. Decíamos izquierda y podíamos imaginar un montón de organizaciones de base, articuladas en base a ciertas ideas que podríamos llamar progresistas. Además había partidos, gremios, sindicatos, federaciones.

¿Dices que antes había organizaciones y hoy solo quedan rostros?

Sí, en resumen sí. Y estas personas que encarnan la izquierda, como no están articuladas a procesos sociales de los cuales surjan, no tienen idea. Así de sencillo. Pero eso no solo le pasa a la izquierda, le pasa a cualquier élite. Y la izquierda es una élite.

Me dijiste que antes de ir al hospital fuiste a una clínica, ¿cuánto te cobraban por internarte?

Unos 2500 soles. Solamente por la cama, por entrar.

Estuviste a punto de sufrir el abuso del sector privado en medio de la pandemia, algo de lo que todos hablan ahora.

Sí. Fue de mucha ayuda una doctora que me vio en la clínica. Como mi infección era cosa seria, las enfermeras se asustaron y llamaron a la doctora, que bajó al triaje. Al enterarse, ella me dijo que había que internarme de inmediato, pero también fue sincera: “Acá te van cobrar 2500 soles por internarte –me dijo–, fuera de cualquier procedimiento y de cualquier medicina. Si tienes ese dinero, adelante. Pero si no lo tienes es mejor pensar en algo público”. Y así terminé en el hospital, en la fila de los enfermos.

Cuando César Bedón te ha entrevistado sobre esto, has dicho que hemos descubierto que habíamos delegado la decisión de quién vive o quién muere, la gestión de nuestras vidas, a terceras personas, sin siquiera saberlo.

Sí, es interesante. No había reflexionado sobre esto antes. A veces uno ve las cosas y las utiliza muy académicamente. Hay cosas que te van diciendo que esto está organizado de manera cruel. Ahora, aterrizándolo en la pandemia y en tu propia experiencia, te das cuenta que lo que se dice no son simples lujos del lenguaje, que son buenas hipótesis, que nos dan luces sobre lo que hay detrás de la estructura social. Yo nunca había visto mi ciudadanía así de despojada.

Carente de todo.

Sí, y eso que en el Perú tenemos una tradición de reflexión sobre la ciudadanía de diferente valor, con buenos textos. Eso lo ha revisado por décadas el pensamiento crítico. Es algo que tenemos incorporado, sabemos que somos unos ciudadanos de morondanga. Pero nunca había pensado que mi ciudadanía había sido tan vaciada de contenido, hasta que llegó la pandemia. Somos sujetos, que no es lo mismo que ciudadanos. Y queda claro que no solo has delegado el ejercicio de la violencia, la administración de justicia, la seguridad, la vida del colectivo. Has delegado tu propia ciudadanía, tu existencia. Y si ya le delegas a alguien el riesgo de tu vida o muerte, qué te queda. ¿Escoger como mueres? Ni siquiera eso. No te queda nada.

¿Y piensas que somos una sociedad ciega? Te lo digo porque en un distrito, ahora mismo, hay gente que ha sacado la bandera blanca porque no tiene ni para comer. Pero muy pocos van a ver esa bandera porque estamos absolutamente desconectados.

Exacto. Esa es otra cosa que no habíamos visto. No habíamos visto hasta qué punto había sido dañada y carcomida la idea del vínculo social. Yo por lo menos no, lo reconozco. No hemos sido tan agudos. Hemos vivido intelectualmente cómodos, siendo críticos parciales. Yo desde la memoria. El otro desde el urbanismo. Por pedacitos, cada quien en su parcela.

Estaba leyendo Persona, uno de tus últimos libros, y allí abordas, entre versos y pequeñas historias, la necesidad que tienen los familiares por recuperar el cuerpo de las personas desaparecidas durante la época de violencia interna. ¿Ese dolor es comparable a lo que pueden sentir las personas que no han podido despedirse de sus muertos durante la pandemia?

Allí tenemos que decir algo del duelo. Y si un duelo dura tanto. Si una sociedad solo produce duelo. Piensa en cualquier peruano, de los años 50 para acá. Si hay tanto duelo ininterrumpido y tanta impunidad consumida, entonces quizá la palabra no sea duelo. Cuando algo se convierte en una permanencia hay que pensar las cosas. Y si alguien sigue en duelo por sus desaparecidos o ejecutados desde hace 30 años, y antes tuvo otros por las tomas de tierras, y hoy por el Covid, y si luego viene un gurú a decirnos que debemos entrar en un proceso de duelo y sanación, es mejor pensar bien las cosas. Si el duelo es la condición natural de nuestra sociedad, quizá no nos esté sirviendo el concepto. Es otra cosa lo que estamos viviendo.

Quizá sea injusto comparar una muerte que ha ocurrido en estos días, por la pandemia, con una búsqueda de justicia que como tú dices puede durar más de 30 años.

Es que el duelo es la posibilidad de elaborar una pérdida que es irreparable, para seguir viviendo. Pero si resulta que tienes tantos y no son los duelos normales, los duelos familiares, sino que son duelos sociales, producidos por dictadura, barbarie o pandemia, creo que sí son comparables. El problema es que son demasiados, nunca acaban.

¿En este país todos somos deudos de un muerto al que no hemos podido decirle adiós?

El duelo es eterno en este país. La palabra hay que pensarla de nuevo, no nos deja ver algo.

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Hay una parte de Persona, en verso, en la que el narrador da recomendaciones al lector para que sea más fácil identificarlo si sus restos son recuperados. Dices: “Tu cuerpo puede ser destruido, empieza a dejar huellas en él. Un cuerpo limpio, sano, amado, será mañana un NN”. ¿Hay cuerpos que dejaron de ser personas y se convirtieron en piezas de un museo forense? ¿Eso fue lo que nos dejó la violencia en el país?

Sí, tal cual. Es como reiterarte algo que dije antes. Es como si hubiéramos perdido contenido ciudadano, que es lo que nos brindaba un valor interno. Lo que antes llamábamos alma y hoy le decimos subjetividad, algo que está lleno de tradición, memoria, cultura, voluntad. Todo nuestro ser que no es solo cuerpo. Todo eso lo hemos ido perdiendo. ¿Qué queda? Puros sujetos. Por eso mi libro se llama Persona, porque hay algo que recobrar, algo que es más que un simple cuerpo.

Hay otra frase en el libro: “Un revolucionario debería tener como requisito ser estéril. Como la revolución”. ¿A quién se la dedicas?

Quizá es un abuso. Quizá me permití un abuso allí. Creo que la imaginación revolucionaria del Siglo XX se construyó sobre la base de valores modernos que no eran tan diferentes de los valores de la derecha. Comparten muchos de sus atributos. Son profundamente autoritarios. El uso de la violencia y el desprecio al prójimo está inscrito en mucha de la arquitectura de la ideología y la práctica revolucionaria, también en la contrarrevolucionaria y en la derecha.

¿Esta frase que te he leído estaba dedicada a tu padre?

Sí, hacía él y su gente. Al revolucionario. Porque se construyeron así, asumieron una identidad con misión.

Tus padres, como es público, pertenecieron a Sendero Luminoso. Lo que no sé es si los dos tenían el mismo grado de compromiso con el movimiento. Entiendo que tu madre, antes de morir, ya tenía dudas sobre si continuar o no en Sendero.

Yo creo que, como en todo, fueron procesos. No podría hablar con tanta certeza, pero de lo que yo pude ver, se movieron en el tiempo. Los recuerdo en una etapa inicial muy entusiasmados, no solo con Sendero sino con el paradigma de cambio social y uso de la violencia.

¿A ambos?

A los dos, sí. Luego sí tuvieron ocasión de relacionarse de manera distinta con Sendero. Era una organización muy rígida. Y creo que ninguno de los dos encajó en el perfil típico de Sendero: dogmático per se. Fue un proceso de ida y vuelta, una tensión. Su ánimo fue fluctuando. Ya para el 92, en mi madre eso había fluctuado muchas veces, su decepción era profunda.

Pero no dio el paso siguiente.

No abandonó, pero entiendo que ya no cumplía funciones importantes. Ya había tenido unas confrontaciones con Sendero, porque tenía ideas diferentes.

¿Tú confrontaste alguna vez a Sendero?

No, como organización no, era imposible. A los compañeros de mis padres sí, pero eso es normal, son gente que conozco.

Has dicho que tal vez la reconciliación no sea el camino para el país. ¿Qué significa eso?

Hay maneras de usar los conceptos. Reconciliación es una palabra y depende de quién la usa. Acuérdate que Kuczynski, para darle el indulto a Fujimori, se amparó en el lenguaje de los derechos humanos. Y en el lenguaje más altruista de los derechos humanos, aquel que no solo persigue justicia y reparación, sino que tiene como horizonte el reencuentro.

Usó la reconciliación como coartada.

Para conseguir exactamente lo contrario: perpetuar relaciones de poder injustas.

¿Por qué se llama huayruro tu canal de YouTube? ¿Tiene algo que ver con tu madre?

Sí, ella siempre llevaba un huayruro en su cartera, para la buena suerte y contra el mal de ojo. Yo hago lo mismo, pero no está funcionando (sonríe).