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Convivir con el coronavirus

Domingo habló con la cuidadora de una paciente diagnosticada con COVID-19, de sus padecimientos en un hospital público para que su pariente pase una prueba de descarte, y de sus días de angustia pues supone que ella también está infectada.

Juana Gallegos
30 Mar 2020 | 12:50 h

La última comunicación de “Roxana” (37) llegó hoy viernes 24 a las 11 de la mañana. Su sobrina “Leyda” (36), que dio positivo hace unos días a la prueba de COVID-19, seguía esperando a la ambulancia del ministerio de Salud (Minsa), me dijo vía Whatsapp. El miércoles por la noche, la sintomatología de la enfermedad se agravó, a Leyda se le hacía difícil respirar y volvió a sentir dolor en las articulaciones, Roxana habló por teléfono con un representante del Minsa que le aseguró que la unidad de emergencia llegaría a su casa a las ocho de la mañana del día siguiente. Al cierre de esta edición, ambas mujeres llevaban esperando más de veinticuatro horas.

Roxana y “Marcos” (53), quienes cuidan a Leyda tienen condiciones médicas sensibles, ella sufre de valvulopatía, una enfermedad del corazón, y él, de rinitis aguda. Ambos empiezan a tener los síntomas del coronavirus. Ella presenta dolor de garganta, fatiga y diarrea, tres de los síntomas de un probable contagio según un manual básico de descarte de la Organización Mundial de la Salud.

Los protagonistas de esta historia prefieren no ser identificados con sus nombres reales porque son migrantes extranjeros, tampoco quieren ser fotografiados porque temen una reacción xenofóbica de los vecinos de su edificio, donde ocupan un minidepartamento en el distrito de La Victoria.

“Leyda” presume que se contagió mientras realizaba un servicio de depilación a dos peruanas que acababan de llegar de España, en el centro de belleza del Barrio Chino, donde laboraba como cosmetóloga. Empezó a sentirse mal a los seis días del contacto, cuando ya se habían detectado los primeros casos de infectados en el Perú.

Al 11 de marzo, eran 13 los positivos, el país aún no entraba en estado de emergencia, la epidemia no era una amenaza palpable y ni pensábamos que, a los pocos días, las calles de Lima estarían tan vacías como Wuhan, la ciudad china donde comenzó el brote. “Los primeros días, imaginamos que era un resfriado común. Presentó tos, fiebre y malestar general. La llevamos a una posta médica para que le aplicaran la vacuna contra el neumococo, pero se la negaron. Nadie del personal médico prestó atención a la tos de Leyda, volvimos a casa”, dice Roxana, al otro lado de la línea telefónica, quien, al igual que su pareja, Marcos, ejercía la enfermería en su país de origen.

El lunes 16 de marzo, cuando empezó la cuarentena, los síntomas de la enfermedad se hicieron más agresivos: “Leyda no paraba de toser, se le acortó la respiración, se le escuchaba afónica, empezó a dolerle las coyunturas y las extremidades, la fiebre no la dejaba dormir, eran fiebres que iban y venían por las noches, también empezó a tener cuadros diarréicos”.

Ella y su pareja decidieron llevarla a emergencias de EsSalud de la avenida Grau, y aquí empezó el suplicio. Se encontraron con varios baches en el camino hacia la atención médica.

Caso sospechoso

Con todo lo que empezaba a oír en los medios y leer en internet, la enfermera sospechó que su sobrina podría estar infectada. Necesitaba que le realizaran alguna prueba de descarte para tener certeza. Sin embargo, en el nosocomio, un enfermero le dijo que como no era asegurada, no se la realizarían. Sólo pasó por triaje donde le dieron un pedazo de papel con la rúbrica “sospechoso”. Con el documento se dirigieron al Hospital Dos de Mayo.

Para dar con la puerta del consultorio del área de diagnóstico de problemas respiratorios, donde Leyda sería atendida, tuvieron que deambular algunos minutos por varios ambientes del hospital. “No había un protocolo de atención rápida para los positivos sospechosos”, se queja Roxana. Hicieron fila durante una hora en plena calle junto a otros pacientes que también presentaban problemas respiratorios.

Tres horas y media después, tras sacarle una muestra de la mucosa nasal mediante el hisopado, le dieron los resultados, se confirmaba que tenía coronavirus. El médico le recetó paracetamol para la fiebre y cetirizina, un antihístamínico para la congestión. Al decirle Leyda que vivía en un espacio reducido con dos personas más, el especialista le indicó que probablemente podrían estar también contagiados. “No le habló de ningún protocolo de bioseguridad, tampoco le dijo cómo evolucionaría la enfermedad, solo le ordenó volver a casa y cumplir con la cuarentena”, refiere Roxana.

Desde hace más de una semana, la dinámica en la vivienda de estos tres migrantes ha girado en torno a cuidar de la enferma y ser muy meticulosos con el aseo de los ambientes y la ropa y la manipulación de los alimentos. Leyda cumple aislamiento en una pequeña habitación, usa mascarilla, guantes de goma y una malla en la cabeza, y tiene su propio juego de vajilla y cubiertos. Su tío es quien le lleva la comida tres veces al día. La joven dejó de tomar los fármacos que le recentaron. Roxana prefiere aliviarle los dolores de garganta y la tos dándole de beber infusiones y preparando gárgaras de vinagre y bicarbonato.

“Los tres nos hemos puesto a régimen y nos cuidamos como si los tres tuviéramos coronavirus. Usamos tapaboca y guantes cuando salimos a la calle, evitamos a las multitudes, nos aislamos”, añade Roxana, nuestra intermediaria con “Leyda”, que debido a su condición no puede hablar por teléfono.

Sistema rebasado

Este último miércoles, la condición de la joven cosmetóloga empeoró. Roxana nos llamó por teléfono refiriendo que no podía respirar bien. Se desesperó. Pidió un ambulancia que, hasta donde nos contó, no llegó. “A Leyda no le han hecho seguimiento, nadie del hospital ha llamado a preguntar cuál es su estado, no le han realizado rayos X para saber cómo están sus pulmones o si tiene neumonía”.

Ella misma se empezó a sentir mal. “Imagínate, si los tres nos enfermamos”, cuenta angustiada, mientras espera turno en una cola del Hospital Dos de Mayo hasta donde fue a realizarse la prueba de descarte. Debido a la proliferación de la epidemia y al aumento de casos de infectados en el país -la semana cerró con más de 600 y 11 fallecidos- más personas acuden a los centros de salud para ser evaluados. “Pero no todos tienen posibilidades de pasar la prueba”, dice la médico María Alessandra Nazario, especialista del área de hospitalización de una clínica.

“Estamos saturados, no hay tantos reactivos, ni tanta capacidad de descarte rápido, al menos no por ahora. Un paciente mío dio positivo y tampoco me hicieron el hisopado porque aún no presento síntomas”. Roxana tiene varias preguntas: “¿Qué hubiera pasado si Leyda vivía sola? ¿qué pasará si los tres nos enfermamos? ¿quién saldrá a comprar alimento?”.

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