Fermento femenino

Poder femenino en la destilería de pisco más antigua del país.

En estos tiempos en los que la mayoría de empresas está en deuda con la paridad, la destilería La Caravedo, una de las más grandes productoras de pisco del país, no solo emplea a un 50% de personal femenino, sino que el 70% de su staff está compuesto por mujeres.

Maritza Espinoza
Maritza Espinoza
16 Mar 2020 | 13:58 h

Detrás del gigantesco portón que da nombre a su marca de pisco más emblemática, la Hacienda La Caravedo, la destilería más antigua del Perú, bulle en voces femeninas.

A 32 grados y en medio de viñedos, alambiques, botijas de barro y tanques rebosantes del peruanísimo aguardiente, un grupo de mujeres se apresura a organizar todas las etapas de producción, desde la cosecha de la uva hasta la cata final.

Y no es casual: siete de cada diez cargos de jefatura están en manos femeninas (y la mitad del personal en general), algo que no previó Johnny Schuller, el conocido promotor de pisco que refundó La Caravedo hace una década, cuando comenzó a contratar personal para producir lo que llama “el pisco mejor destilado del mundo”.

“Yo solo buscaba al mejor en cada campo”, cuenta Schuller sobre esta curiosa disparidad de género a la inversa. Y buscando a la mejor, contrató a Carmen Gonzales, de 47 años, ingeniera química con casi dos décadas de experiencia en el sector del pisco y que ahora es jefa de producción de toda la destilería.

Ella es la mandamás de toda la cadena productiva y le parece natural el predominio femenino de La Caravedo: “Las mujeres somos especiales en este negocio, porque el buen pisco es el resultado de un proceso como de incubación, algo así como traer algo al mundo”, señala.

La segunda de Carmen es Delia Valdivia, también ingeniera química, cuyo papel es fundamental, porque es quien trabaja la estandarización de calidad del mosto de uva, controlando la temperatura de los tanques e ingresando la información en el sistema.

También está Samantha Alfaro, la jefa de administración a cargo de la seguridad, salubridad y cuidado del medio ambiente, así como Yanina López, coordinadora de turismo y actividades de recreación; Ynés Huamán, encargada de la marcha económica de la empresa y la más antigua del grupo; y Paola Gonzales, directora de Márketing y jefa de ventas para Perú y América Latina.

Casi todas son iqueñas y proceden de familias históricamente dedicadas a la producción pisquera, por lo que, en cierta forma, llevan el pisco en el ADN.

“En la parte sensorial, este negocio gana con la presencia de la mujer y, también, porque ellas tienen mayor compromiso e identificación con la empresa”, manifiesta Johnny Schuller, quien reconoce la mano femenina incluso en labores más básicas, como el recojo de la uva.

“En el campo usamos más mujeres que varones, porque ellas tienen más cuidado al tratar la uva. En cambio el hombre puede dejar los racimos al sol, con lo que el proceso de fermentación comienza prematuramente y nosotros queremos que ese proceso se dé en tiempos precisos”, puntualiza.

Pero no todo es color de rosa. La presencia de tantas mujeres en cargos ejecutivos ha causado resquemores entre algunos trabajadores. “Teníamos obreros de la sierra que se resistían a obedecernos”, cuenta Carmen al respecto”.

Para la jefa de producción, las mujeres no tienen límites: “Cualquier trabajo de la cadena de la producción del pisco puede hacerlo una mujer, incluso cargar las javas de veinte kilos... pero entre dos”, dice mientras posa, copa de pisco en mano, enfundada en su uniforme de camisa color caqui y pantalón negro.

Tal vez es cierto que la producción del pisco se parece mucho al acto de concebir, gestar y traer un hijo al mundo. Eso es lo que hacen estas mujeres en un pequeño oasis de verdes viñedos en medio del desierto iqueño: traer al mundo un destilado puro y aromático que luego se convierte en una botella de pisco que sale a recorrer el mundo. Como un hijo.

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