Yamina Silva, Karim Kuyeng e Isabel Bernal, científicas del IGP.
Yamina Silva, Karim Kuyeng e Isabel Bernal, científicas del IGP.

Telúricas y magnéticas

El 11 de febrero se celebró el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Domingo habló con tres científicas del Instituto Geofísico del Perú que dedican sus estudios a los fenómenos climáticos, al comportamiento del suelo y al radar más grande de su tipo en el mundo. Sus historias pueden inspirar a las nuevas generaciones.

Raul Mendoza
17 Feb 2020 | 15:39 h

A Yamina Silva la ciencia le ha permitido conocer muchos países, le ha dado disciplina y le ha explicado muchos fenómenos que la sorprendían de chica. Creció en la selva de Huánuco y siempre se preguntó por qué había tantas nubes, por qué llovía tanto, por qué caían huaicos, por qué ocurrían inundaciones.

“Por qué esto, por qué lo otro”, dice ahora, en el local del Instituto Geofísico del Perú (IGP), recordando esos tiempos. Como en todo niño, su curiosidad era enorme. “Observaba dónde vivía y siempre me hacía muchas preguntas”, cuenta. Hoy es la primera meteoróloga con grado de doctora en el Perú.

Y aunque su afán de conocer era grande, su acercamiento a la carrera se dio de manera casual. Su hermano era oficial de la FAP y llevó un curso de meteorología. Ella vio ahí muchas de las cosas que se cuestionaba de niña, en relación a las lluvias, las nubes. Vio la explicación física de los fenómenos climáticos. Y decidió estudiar esa ciencia.

Logró una beca para irse a la entonces Unión Soviética y ahí se formó con estudiantes de todo el mundo. Hizo toda la carrera y el doctorado. “Había mucha ciencia, mucho arte”, recuerda. Volvió al Perú en 1998 y la recibió un fenómeno climático digno de estudio: el fenómeno El Niño de ese año.

Trabaja desde hace 22 años en el IGP. Sus trabajos de investigación se han centrado en eventos meteorológicos extremos y variabilidad climática en los Andes. Sus estudios explican por qué ocurren.

“Estudio las diferentes escalas de variación del clima en el tiempo. Durante las 24 horas las condiciones atmosféricas cambian y uno puede encontrar que hay más o menos precipitación. Y puede rastrearse escalas de tiempo más largas: años, décadas, centurias, y explicar por ejemplo el cambio climático. Investigo los ciclos del clima y por qué ocurren. Cuando se superponen diferentes escalas de variación es cuando se dan los fenómenos climáticos más extremos”, explica.

La investigación que desarrolla con su equipo se comparte a las entidades que trabajan en la gestión de riesgo de desastres. “Esa información es usada para desarrollar modelos de pronóstico que nos ayuden a prevenir”. Si, por ejemplo, se identifican los factores que originan un Niño, se mejoran los pronósticos para reducir los daños.

Como científica considera que los niños tienen una curiosidad innata y que en esa etapa pueden desarrollar una vocación por la ciencia. “Los padres deben ayudar a los niños preguntones a encontrar las respuestas”. A las niñas les dice que ninguna carrera es difícil, que si quieren llegar a la NASA e ir al espacio, piensen que sí pueden.

Cuando venga el temblor

Esta tarde, al lado de la doctora Silva, está Isabel Bernal, geofísica y jefa de la Unidad de Ingeniería Sísmica del IGP. A ella la vocación le nació en la infancia, en Arequipa, donde el paisaje, los volcanes y los sismos frecuentes desataron su imaginación.

“En las noticias escuchaba que había sismos que destruían ciudades y me preguntaba por qué pasaba eso, qué se movía en el fondo de la tierra para que eso pasara”, recuerda.

En el colegio continuó con su interés por los sismos y al final de la secundaria, averiguando qué carrera era afín al tema, decidió estudiar geofísica. Lo hizo en la Universidad San Agustín y después llevó una maestría en México. Su tesis trató de la características sísmicas de todo el territorio nacional.

“No se pueden predecir los sismos, pero se puede identificar zonas con la mayor ocurrencia de estos. Donde ha ocurrido un sismo de gran magnitud va a volver a ocurrir en 10 o 50 años”, dice como presagiando ese gran sismo que le espera a Lima.

Parte de lo que hace es evaluar los tipos de terreno desde el punto de vista sísmico. “A través de distintos tipos de registro se puede determinar si un suelo es más compacto que otro y se puede ver el periodo de respuesta del suelo. Todos los suelos responden a sus características físicas: material fino o grueso, o si hay agua, y eso responde a la llegada de la onda sísmica. De igual manera, todas las edificaciones tienen un periodo de respuesta”, explica.

Cuando ocurrió el terremoto de Pisco en 2007, estuvo ahí y pudo ver muchos de los efectos del sismo en relación al suelo. “En Tambo de Mora las casas se hundieron porque el suelo es blando. También vi como en otros sitios el suelo se había abierto y elevado como un volcán”, rememora. Eso ocurre porque en el sur del país la tierra se mueve de manera vertical durante un sismo.

“El suelo puede variar de una cuadra a otra. De ahí la importancia de saber a detalle cómo responde el suelo allí donde vas a construir tu vivienda. Las autoridades deberían conocer estos estudios para autorizar asentamientos, para hacer una adecuada planificación urbana y para gestionar riesgos”, dice. Trabaja para que lo visto en Pisco y otros lugares no se repita.

Radar en Jicamarca

Para Karim Kuyeng hacer ciencia era tratar de construir cosas y por eso estudió ingeniería electrónica. “Quería entender como funcionaban los aparatos eléctricos, los equipos”, cuenta. Cuando acabó la carrera vio un afiche que pedía practicantes para un proyecto relacionado con la NASA y se dijo: “Esta es. Astronauta ya”.

Se trataba de un proyecto que consistía en armar un instrumento que iba a ser puesto en un cohete de sondeo. Se iba a lanzar a la ionosfera y después caería. "Es para estudios. Llegan a cierta altura, comienzan a funcionar los instrumentos y caen. El proyecto estaba relacionado con el Radio Observatorio de Jicamarca, en Lima, y cuando acabó le propusieron quedarse.

Un ingeniero se había ido a estudiar al extranjero y ella lo reemplazaría. Justo estaban con la configuración del radar e iba a estar en el equipo. “Me gustó, lo hice bien. Fui profundizando en las cosas que estudiaban. Tomé interés en todo el conjunto de operación del radar y me quedé”, recuerda.

Hoy, después de realizar estudios en el extranjero, lidera el grupo de trabajo que opera y mantiene el radar más grande y potente de su tipo en el mundo. “La atmósfera está dividida en varias capas y una de ellas es la ionósfera, donde ocurren casi todas las telecomunicaciones. Los radioaficionados la usan. Nosotros estudiamos esa capa. Recogemos distintos tipos de datos y los compartimos con una comunidad. Usuarios del mundo también nos piden usar el radar porque está ubicado en la línea ecuatorial del campo magnético”, explica.

Su trabajo en el Perú le ha permitido participar en la implementación de otros radares, como el de Svalbard, en Noruega. En sus viajes ha visto auroras boreales y el famoso “sol de medianoche”. Su carrera le ha dado satisfacciones y conocimientos. “Pero hay 70% de investigadores y solo 30% de mujeres científicas”, precisa. Las tres historias contadas aquí, de mujeres esforzadas, exitosas, dicen que eso puede cambiar.

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