Escucha para el desconsuelo

Walberto Pomatay (69), su casa quedó inhabitable. No puede cocinar los víveres que recibió en donación.

Villa El Salvador aún es zona cero. La soledad e incertidumbre habitan los días de los sobrevivientes del incendio del 23 enero. Domingo acompañó a la unidad de psicólogos brigadistas del Minsa que intenta aliviar la quebrada salud mental de un barrio entero. Los buscan, los escuchan, les dan soporte emocional

Juana Gallegos
09 Feb 2020 | 10:30 h

La avenida Villa del Mar (Villa El Salvador) ha sido reabierta hace unos días. Los autos y mototaxis vuelven a ser parte del paisaje. Algunas familias de las casas colindantes pintan sus fachadas. La peluquería Rosita abre sus puertas. Parece que el barrio retoma la vida. Sin embargo, basta caminar unas cuadras para ver que el desconcierto aún habita en los sobrevivientes del 23 de enero. Las señales del incendio provocado por la fuga de cantidades letales de gas licuado de petróleo, del camión cisterna de la empresa Transgas, se ven por todos lados. Dejan constancia de la magnitud del desastre.

Hay viviendas cuyas paredes alcanzadas por el fuego permanecen ennegrecidas. Las del cruce con la avenida Mariano Pastor Revilla son solo estructuras de muros calcinados. Hay automóviles en la calle totalmente quemados y fierros retorcidos que una vez fueron un mototaxi. Dos pequeños altares de flores se han levantado en una vereda, en honor a la niña Nataly Gomero (7) y a la señora Gloria Espíritu (60), ambas fallecidas. Solo las dos primeras cuadras de Villa del Mar han perdido a una veintena de sus vecinos, entre ancianos, adultos y niños. Al cierre de esta edición habían muerto 26 en las seis manzanas afectadas, y aún hay heridos con quemaduras graves internados en los hospitales. Mientras tanto, los sobrevivientes lloran las pérdidas y muestran un deterioro significativo de su salud mental.

Algunos dicen que no pueden dormir, que tienen pesadillas o recuerdos reiterativos de sus vecinos huyendo para no ser devorados por el fuego. Otros han perdido el apetito o se han aislado en sus casas. La incertidumbre martilla las cabezas de quienes perdieron sus enseres. Hay quienes lloran sin razón aparente.

Al pie de la tragedia

El psicólogo Alfredo Briones tiene amplia experiencia encarando situaciones límite. Forma parte de una brigada especializada en salud mental del Ministerio de Salud (Minsa) que se activa cada vez que ocurre una emergencia. Su trabajo consiste en dar contención emocional a los familiares o allegados de las víctimas. La escucha en momento de crisis puede ser un paliativo para el desconsuelo. Briones actuó como psicólogo socorrista en la caída de un bus en el serpentín de Pasamayo, en 2018; también viajó a San José de Ushua (Ayacucho) cuando varias personas se intoxicaron y murieron al ingerir alimentos mezclados con insecticidas; fue uno de los primeros en acudir al Hospital de Emergencias de VES para acompañar a los familiares de las personas quemadas.

-Nuestra principal función fue luchar contra el rumor y hacer lo posible para que las personas recibieran la información correcta sobre el estado de sus familiares […]. Si alguien moría, ahí estábamos los psicólogos para preparar al deudo, darles la noticia y acompañarlos. La Organización Mundial de la Salud recomienda que la intervención psicológica tras una desgracia debe realizarse en las primeras horas para prevenir el desarrollo de trastornos mentales.

-Después de una situación traumática la gente tiende a reprimirse, pero, a los pocos días, el sufrimiento se manifestará de diferentes formas ya sea con dolores corporales o cuadros de insomnio, ansiedad, depresión o agresividad, dice el psicólogo. La próxima semana se cumplirán veinte días de la mañana trágica en Villa del Mar, y Briones junto a un grupo de brigadistas y voluntarios del Colegio de Psicólogos del Perú continúa con su trabajo de socorro.

Todos los días, desde las 9 de la mañana, peinan la zona y van de casa en casa buscando a los afectados. Se ganan su confianza, los escuchan, permanecen el tiempo que lo requieran. Han atendido a más de 2 mil vecinos hasta hoy. Pero esas son estadísticas, veamos qué dice la gente:

-Hay noches en que mis hijas no pueden dormir porque tienen miedo de que al despertar vuelva la candela –dice Irma Paz (42), madre de dos niñas–. Yo trato de ser fuerte, mis hijas no me pueden ver llorar. Un poquito no más me da pena cada vez que otro vecino se muere. Frente a ella hay tres psicólogos de la brigada que la escuchan casi sin interrumpirla. El voluntario Alfredo Ballenas dirá después sobre su estado:

-Ella dice que necesita ser fuerte frente a sus hijas, pero sentir debilidad, frustración o impotencia después de lo ocurrido, no está mal, somos seres humanos, y debemos aprender a expresar libremente lo que nos aqueja, y para eso estamos nosotros, para escuchar. Si bien la familia nuclear de Irma no está partida, ha perdido a un tío abuelo y un primo en la tragedia. Gigantografías con sus rostros cuelgan en el portón de la que fue su vivienda, ubicada a pocos metros donde se detuvo el camión de gas.

Protegerse del dolor

El hijo de Sara Huamán (59) no reacciona. La mujer recibe a los psicólogos en la puerta de su casa, y dice, preocupada, que no ha visto llorar a Jean Franco (20) ni una sola vez.

-No sé si es insensible mi hijo... él lo vio todo, desde el momento que el camión soltó el gas hasta que el vecino prendió su carro y comenzó el fuego. -Mi mamá siempre se pone sentimental, yo la respeto y acompaño [...]. Me han dicho que no siento dolor ajeno. Y no me hago el fuerte. En verdad estoy tranquilo –responde el veinteañero, primo de Jean Francis Álvarez (13), el niño que falleció al rescatar a su perro de las llamas. -Todos reaccionamos de manera diferente –dirá sobre Jean Franco, el psicólogo Marco Antonio Funes–, él está en la fase de negación y ha formado una coraza, pero la reacción podrá brotar en cualquier momento. Su mente actúa como una computadora. Está cargada de tanta información, que le tomará un tiempo procesarla.

Frente a la casa de la familia Huamán, la sala de la vivienda de Walberto Pomatay (69) luce inhabitable. Las paredes están oscurecidas producto del hollín, los sockets de los focos cuelgan derretidos del techo, los víveres que recibió como donativos los ha guardado en sacos porque no tiene dónde cocinarlos. Pasa el día solo en casa porque sus hijos –los que salieron ilesos– han vuelto a sus trabajos. Perdió dos nietos en la tragedia, y aún tiene a una hija y otra nieta hospitalizadas.

-No puedo dormir, estoy traumado, me siento impaciente y desesperado, me vienen a la cabeza muchas preocupaciones –dice a los psicólogos quienes le recuerdan que si tiene alguna crisis puede visitar los módulos de atención psicológica que ha instalado el Estado en el parque más cercano. El anciano asiente con la cabeza. A su luto se suma la incertidumbre, pues no sabe quién será el responsable de la refacción de su casa. VES aún permanece en estado de emergencia, aún hay militares en el barrio de Villa del Mar, y sus vecinos viven en estado de alerta y sobresalto. Dicen los psicólogos que el equipo de salud mental será el último representante del Estado que se retirará de la zona. ¿Qué vendrá luego?

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