La Foquita: el 10 de la calle

26 Ene 2020 | 16:48 h
Los tres Farfán: los hermanos Ray y Rey del Castillo y Jean Franco Sánchez. Fotografía: Jhonel Rodríguez.

Nos regresó a un Mundial después de 36 años con un gol que remeció al país, cuando sus rodillas ya lo habían sentenciado al retiro. La épica de Jefferson Farfán aparecerá en todos los cines desde este jueves, obra y gracia de Lfante films. A pesar de su espíritu comercial, el biopic del delantero, criado en Villa El Salvador, supera largamente la valla de proyectos similares.

El niño pobre que se hace rico gracias a lo que puede hacer con una pelota. Historias de esas abundan y abundarán. Pero, ¿cuántas merecen viajar en un libro o descifrarse en una película? He ahí la sutileza.

Desde luego, casi cuatro décadas de marginación mundialista invalidaban cualquier candidatura.

Decía Freud que es mucho el susto para aquellos que fracasan al triunfar. A alguien acostumbrado a perder le cuesta disfrutar la gloria. En el caso peruano, no nos pusimos tan reflexivos y bebimos. Bebimos mucho, pero antes temblamos.

El 15 de noviembre de 2017 un cañonazo activó una alerta de sismo.Un cañonazo lanzado por el botín derecho de un jugador del que muy pocos esperaban algo. Por sus rodillas y por esa vejez prematura que padecen los futbolistas cuando se adentran en los treinta.

Después de esa noche, Jefferson Farfán se convirtió en un mito. Aunque a los neozelandeses les encajamos un segundo gol, lo cierto es que liberamos la frustración con el primer grito. Un grito atronador con lágrima, moco y baba.

Acabada la resaca, a tres sujetos se les ocurrió que la vida de ese hombre valía la pena. Se contactaron con su representante de toda la vida, Raúl González. Le transmitieron todo lo que había que transmitirle, y aguardaron. Un año les tomó convencer a Jefferson Farfán de que su historia, seguida con la misma intensidad por los programas deportivos como los faranduleros, podía inspirar. Que no era necesario esperar hasta su retiro. Que el contexto no volvería a ser tan ideal.

Tras recibir finalmente la venia de la ‘Foquita’, Martín Casapía, Jorge Olivas y Carlos Linares, socios fundadores de Lfante films, se echaron en la búsqueda de los actores. Un casting masivo para hallar a tres Jefferson Farfán: el niño, el adolescente y el adulto.

No fue presencial sino más bien digital: cada postulante debía interpretar una escena, grabándose con su celular. Si bien el llamado tuvo acogida, la conformidad no era plena. Encima, para nuestro pesar, el universo de actores afroperuanos es reducido. Pero la convicción era firme: no cometerían la infamia del blackface.

El primer Farfán que los convenció fue el adolescente. A sus 15 años, Ray del Castillo había actuado en tres películas y montajes como Billy Elliot. Pero lo más interesante es que ya había encarnado al sobrino de ‘Cuto’ Guadalupe y la ‘Foca’ Farfán en Guerrero (2016), la película en honor al capitán de la selección peruana producida por Tondero.

Cuando Casapía, Olivas y Linares empezaban a darse de cabezazos, la mamá de Ray les ahorró la consulta médica luego de comentarles que tenía un hijo más, de apenas ocho añitos, que era desenvuelto y le encantaba el fútbol. Así llegó Rey del Castillo, el Farfán sumido en la pobreza que jugaba descalzo, robaba alfajores, y veía a su madre y a su abuela quitarse la comida de la boca para dársela a él. El hijo de Villa El Salvador, descubierto después por el Deportivo Municipal y acogido por Óscar Montalvo, su formador, pero sobre todo una especie de padre. El más presente. El único.

En cuanto al Farfán adulto, se ganó su espacio después de cometer un sacrificio: mutilarse los dreads. En realidad, fueron más. Jean Franco Sánchez, cual alma zen, debió quedarse quieto durante seis horas cada vez que le calcaban los tatuajes temporales de la ‘Foquita’. Además, subió alrededor de cinco kilos.

Con Jean Franco, Ray y Rey el guión del argentino Güido Simonetti cobraba vida. La apuesta de contar con un guionista extranjero que no había trabajado en el país se debía, en palabras del productor general Jorge Olivas, a que querían a “alguien descontaminado de la farándula peruana”, donde la figura de Farfán ha sabido despertar morbos y escándalos.

El rodaje de La Foquita: el 10 de la calle, a cargo del director Martín Casapía, duró siete semanas entre julio y agosto de 2019. Las locaciones alternaron entre Villa El Salvador, Villa María del Triunfo y La Victoria. A diferencia de Guerrero (2016) que es una ficción con instantes de verdad, este largometraje intenta plasmar fidedignamente la mayor cantidad de hechos. Para ello entrevistaron a algunos de sus exentrenadores como Jaime Duarte —quien lo hizo debutar en Alianza Lima a los 16 años— y César ‘Chalaca’ Gonzales —quien lo convocó a la selección peruana en las categorías menores—.

“No es un documental, pero nos hemos acercado mucho a la realidad”, dice Casapía, un joven veterano de 23 años que ya cuenta con tres películas en su haber.

En ese sentido, el protagonismo de los tres personajes más importantes en su vida no fue negociable: ‘Charo’ Guadalupe, su mamá (Anahí Padilla); Raúl González (Juan Carlos Rey de Castro), su agente; y Óscar Montalvo (Ramón García), su descubridor. Sin ellos, hubiera sido ‘choro’, como le confesó a Jesús Alzamora en una entrevista.

DE ESTRENO

No jugaban fútbol. Salvo Rey, el chiquitín, ni Ray ni Jean Franco eran, lo que se dice, peloteros.

Una debilidad disimulable sí, con la magia del cine, pero que requería un mínimo de destrezas. Durante cuatro meses, Ray y Rey —quienes viven en Villa María del Triunfo— salían embalados del colegio, rumbo a un entrenamiento intensivo con Rafael Farfán, exjugador profesional y tío de Jefferson, a quien por defecto lo apodaron la ‘Focaza’.

Si había que anotar un gol de cabeza o hacer una ‘bicicleta’ en alguna escena, el día anterior Ray y Rey practicaban repeticiones las veces que hicieran falta.

“A veces me preguntan por qué vivo en Villa María del Triunfo. Me siento orgulloso de dónde vengo, como Farfán”, sentencia Ray, en un potrero a quince minutos de su casa, donde los hemos traído para las fotos de rigor.

Jean Franco Sánchez, destatuado, también ha hallado semejanzas. “Mi papá falleció cuando tenía un año. Hice la película, porque mi mamá luchó tanto como la de Farfán por mí y mi hermano”, dice este bailarín y percusionista, pariente de Lalo Izquierdo, fundador de Perú Negro.

Además de la idoneidad de los actores principales, lo que más le preocupaba a los realizadores era cómo plasmar su paso por el PSV holandés, el Schalke 04 alemán y el Al-Jazira de Emiratos Árabes. Han apelado a los planos cerrados, los drones y las pantallas croma.

Este jueves será el estreno nacional de La Foquita: el 10 de la calle. Un día antes Jefferson Farfán se hará presente en el avant premiere, en un vuelo directo desde España donde está haciendo la pretemporada con el Lokomotiv de Moscú.

Hay sorpresas, prometen Casapía y Olivas. Tal vez saludos de algún crack de talla mundial con el que compartió camarín. Sea como fuere, Jefferson Farfán, el mito hecho carne, será siempre el autor del gol que nos devolvió a los mundiales.

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