Alan García: La huida final

Óscar Miranda

oscar.miranda@glr.pe el_miranda

29 Dic 2019 | 18:33 h
En muchos sentidos, fue el más grande político peruano de los últimos 50 años. Foto: Luis Enrique Saldaña.
En muchos sentidos, fue el más grande político peruano de los últimos 50 años. Foto: Luis Enrique Saldaña.

Durante toda su vida negó haber cometido ningún crimen o delito. Por décadas eludió con éxito todas las denuncias y procesos en su contra. Hasta que, en abril, las pruebas lo cercaron. Alan García prefirió matarse antes que ir a la cárcel y ver ante sus ojos la destrucción pública de su reputación.

A las 6 y 31 de la mañana del miércoles 17 de abril, Alan García colocó el cañón de su revólver Colt calibre 38 a la altura de su sien derecha y jaló el gatillo.

Fue su huida final. El último acto de escapismo de un hombre que pasó 15 de sus 69 años de vida eludiendo la persecución de jueces, fiscales y legisladores.

Lo había conseguido en 2001, cuando los jueces declararon prescritos los presuntos delitos de su primer gobierno.

Lo volvió a conseguir en 2015, cuando logró que la justicia bloquee el trabajo de la megacomisión parlamentaria.

Pero esta vez la situación era diferente. Los jueces y fiscales que lo investigaban por haber recibido dinero de la empresa Odebrecht estaban lejos del alcance de su poder e influencia.

Alan García había previsto esta tesitura. A finales del año pasado, semanas después de que el Poder Judicial le ordenara que no podía dejar el país, le entregó un sobre a su secretario personal, Ricardo Pinedo, sin ninguna instrucción particular excepto que se lo guardase.

Meses después, durante un almuerzo con amigos en una cevichería, recordó la existencia del sobre y le indicó a Pinedo que era para su familia. Él le diría cuándo había que dárselo.

El tiempo pasó. Los fiscales hicieron su trabajo. Descubrieron, por ejemplo, que Odebrecht pagó una conferencia que dio García en Sao Paulo en 2012 con dinero de la Caja 2.

Y, más importante, descubrieron que los 1.3 millones de dólares que la empresa le había depositado a Miguel Atala en una cuenta en Andorra eran, en realidad, para Luis Nava. El exsecretario de la Presidencia de García, manejador de todos sus asuntos financieros y legales. Nunca antes las pesquisas fiscales del Caso Lava Jato habían llegado tan cerca del líder aprista como hasta ese momento.

IDL Reporteros informó sobre este descubrimiento fiscal el domingo 14 de abril.

El martes 16 por la tarde, García recibió en su oficina al periodista de RPP Carlos Villarreal. Trató de mostrarse tranquilo y sonriente, y minimizó la posibilidad de que aquella fuera su última entrevista en libertad.

Por la noche dictó su cátedra sobre Teoría Política en el Instituto de Gobierno de la Universidad San Martín de Porres. Según sus alumnos, les dijo: “No sé cuándo nos volveremos a ver”.

UN HOMBRE CERCADO

El miércoles 17, a las 6 y 23 de la mañana, el fiscal Henry Amenábar, miembro del Equipo Especial Lava Jato, llamó al intercomunicador de la casa de García, en la calle Manuel Freire, en Miraflores. Le contestó una de las empleadas. Lo que ocurrió a continuación sería motivo de controversia en los días siguientes. Los apristas dicen que el fiscal no se identificó como tal. Amenábar lo hizo, pero no fue claro sobre la naturaleza del procedimiento que iba a conducir. Se limitó a decirle a la empleada que era una “diligencia fiscal”.

A las 6 y 24, el fiscal y seis policías de la DIVIAC entraron a la casa. García apareció dos minutos después. En ese lapso, uno de sus agentes de seguridad personal había subido hasta su dormitorio para decirle que, según le confesó uno de los policías, estaban allí para detenerlo.

El expresidente se detuvo en el descanso de la escalera y desde allí preguntó a los visitantes si se trataba de una detención. El fiscal se limitó a decirle que tenía que bajar. García insistió y Amenábar repitió su respuesta. Al ver que uno de los agentes se dirigía a la escalera, el dueño de casa subió a grandes trancos y se encerró en su habitación.

Sabemos que desde allí llamó por teléfono a dos personas.

A Ricardo Pinedo, para contarle que policías y fiscales ya estaban en su casa, tal como habían venido sospechando que ocurriría en las horas previas. Su secretario le dijo que estuviera tranquilo, que saldría para allá y que en el camino avisaría a los abogados y a la prensa.

Y a su mujer, Roxanne Cheesman, para decirle cuánto la amaba, según contó días después el periodista Beto Ortiz.

A las 6 y 31 de esa mañana de miércoles, García colocó el cañón de su revólver Colt calibre 38 a la altura de su sien derecha.

La policía estaba al otro lado de su puerta. Los fiscales tenían una orden de detención preliminar en su contra. Pronto habría un proceso público en el que las pruebas, una tras otra, no tardarían en aparecer.

García no tenía cómo saber que la bala de ese revólver no lo mataría instantáneamente ni que terminaría en una camilla del Hospital Casimiro Ulloa, con 27 cirujanos a su alrededor tratando de salvar su vida, hasta que, tres horas y media después, su cuerpo dejaría de luchar.

Lo que sí podía sospechar es que sus viejos cómplices Miguel Atala y Luis Nava no tardarían en hablar. Atala lo hizo solo nueve días después. Nava se demoró hasta setiembre, pero habló.

Es de suponer que confiaba en que Pinedo entregaría a sus hijos el sobre que le dio a guardar. Contenía una carta en la que se despedía de ellos y presentaba su cadáver como “gesto de desprecio” a sus enemigos.

Esa mañana, García, probablemente, sabía que había llegado al final del camino. Se había pasado 15 años huyendo de denuncias y procesos. Por los techos, en los tribunales. Esta vez no parecía haber escapatoria. Así que colocó el cañón de su revólver a la altura de su sien.

Y jaló el gatillo.

OPINIÓN

“Prefirió la muerte a la humillación”

Jorge Bruce

Psicoanalista

Muchos suicidas hacen intentos previos de quitarse la vida, pero se trata claramente de cuadros clínicos, y este no fue el caso. Creo que el suicidio de Alan García fue un acto de deshonor que tuvo otras causas. Él vio cómo su imagen pública se estaba desmoronando ante los ojos de todos. Cada vez se le tenía menos respeto. Los jóvenes se reían ya de él. Aparecían cada vez más motes, apodos, y conforme pasaba el tiempo era evidente que estaba cada vez más lejos de la popularidad que llegó a tener alguna vez. Era, claramente, su ocaso. El ocaso de una vida llena de comportamientos grandiosos y, sobre todo, de un intento reiterado de eludir el brazo de la ley. Cosa de la cual él se ufanaba.

De pronto, se dio cuenta de que todo había cambiado. Por un lado, había cambiado el funcionamiento de la justicia en el Perú que, si bien sigue siendo imperfecta, tiene un sector que es competente y que no le tenía miedo. Por otro, sus aliados empezaron a dejar de tenerle esa lealtad que emanaba de su gran poder. Cada vez tenía menos poder. Y las cosas le empezaron a salir mal. Con el frustrado asilo en la embajada de Uruguay, se dio cuenta de que se había terminado su invulnerabilidad. Creo que se dio cuenta de que había llegado al final de su huida interminable y que se había quedado sin trucos para evadir a la justicia.

No creo que Alan García tuviera miedo de ir a la cárcel. Si realmente hubiese sido un perseguido político, pudo haber ido a la cárcel con honor, como lo hizo su propio padre y otros líderes apristas, que fueron con honor porque se sabían inocentes. Él, por el contrario, muchas veces dijo frases que indicaban que se sabía culpable. Alguna vez dijo “nunca me atraparán en un acto de corrupción”, en lugar de decir “nunca he cometido un acto de corrupción”.

Por eso no creo que eligiera la muerte por miedo a la prisión. Creo que eligió la muerte a la alternativa de un juicio público en el que se demostraran cada uno de sus crímenes. Para él, esa ignominia, esa vergüenza, era intolerable. No podría decir si su condición psíquica tuvo que ver o no. Pero estoy convencido de que sí tuvo que ver el hecho de que, con la policía tocando su puerta, supo que ya no tenía salida.

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